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jueves, 9 de abril de 2015

Mi rutinario Dejavú: comienza el juego


Mi recorrido mañanero hasta el trabajo se ha convertido en un juego. Un pasatiempo. “Mi rutinario Dejavú” lo llamo.



La hora es muy importante. Si me paso diez minutos más en aparcar, los personajes cambian… Y la puntuación no es la misma.

Sobre las 7:10 comienza. Móvil en mano, me interno en las callejuelas del viejo casco de la ciudad. Sus empedradas calles me dirigen a mi primera gran prueba: la iglesia de Santo Tadeo. El sonido de sus somnolientos rezos matutinos, te cubre como el olor a pan recién horneado, incrustándose en tu oído interno: hasta el martillo. Y entre sus feligreses, una bandada de palomas, limpian las escaleras de acceso, y alguna profana incluso el Templo descaradamente. No puedo imaginar a los que viven en los alrededores de esta iglesia que sean ateos.


Todavía resuenan los “Ave María” en el aire, cuando me someto a la calle más monótona y aburrida de mi recorrido. No antes de insertar 100 puntos en mi Blog de Notas. 

Antes, cuando sus aceras eran mínimas, casi para anoréxicos, y los coches podían aparcar, sobre la acera, incluso, había más gente que ahora. Aunque para sortearlos tuvieras que bajar de la minúscula parte libre que quedaba para los transeúntes, el hecho de ser de libre estacionamiento, la inundaba de vida. Ahora, sus enormes orillas la han desertizado. Bueno, lo importante para el juego es el pedigüeño que dormita en la entrada de uno de los garajes anexos. No creo que haya un lugar peor para pedir limosna en toda la ciudad. Por eso que si está y extiende su mano a mi paso, son otros ciento puntitos.

Al doblar la esquina al final de su cuesta, giro hasta llegar a la pequeña, pero coqueta, panadería donde compro mi desayuno. Sólo caben cuatro personas en fila. Mi llegada coincide con la monja de la mala hostia, la rubia del Croissant y el niño de los chicles. Por ese orden, inmutable la fila. ¿Por qué la llamo la monja de la mala hostia? Por sus respuestas “-¿Quiere bolsa? ¡Ves que llevo alguna! Y son sólo las 7:20. No quiero imaginar su carácter cuando llega la noche. La chica del Croissant: obvio. Sólo, seco, pero bien tostado, eso sí. Y luego el mejor de todos: el niño de los chicles. Él no sabe de sabores, su magnífica memoria solo retiene el color y el dibujo de sus envoltorios: el que tiene las bolitas violetas. ¿El de uva?, no sé, el que es plateado por los bordes. Así puede estar, mientras pregunta si aún le sobra dinero, hasta que se lo gasta todo. Y a veces devuelve alguno añadiendo su gran comentario. ¡te equivocaste! A la que añade su cara de infante cabroncete..Esos son otros 300 puntos más para mi marcador. 

Con mi bocadillo de pan integral con pavo, XXL: estoy a dieta pero tengo hambre, voy hacia mi parte favorita: la chica de las sonrisas. Es la calle más estrecha de todas. Coincidimos, casi al unísono, doblando las esquinas opuestas. Es pequeña pero muy guapa, bien vestida: seguro que trabaja en alguno de los numerosos Bufetes de abogados de la zona. Nunca me mira, siempre va con sus ojos hundidos en las baldosas del suelo. Oyendo su Ipac, imagino que algún programa matinal de humor: de ahí sus recurrentes sonrisas. Pienso que al pasar a su lado me sigue con todos sus sentidos, como yo a ella, menos con el de la vista, claro. A ella le doy siempre 200 puntos ¡se los merece!. ¿Y si sus ojos fueran verdes?, cien más.

Pensado en que algún día se dignará mirarme, salgo de esa callejuela para encontrarme con el niño que intenta educar a su enorme perro. Lo maneja como la barita de una mayoret, pero el perro va a su bola: a sus necesidades, vamos. De pie sería el doble de tamaño que el niño (creo que es un Dogo), pero tiene mucho aguante El quiere correr, pero el niño lo retiene y retiene a su paso, emulando a un adiestrador profesional. Creo que estoy en disposición de contarles, dentro de unos años, si lo ha conseguido. 150 puntos más (cincuenta por el crío)

Tras él llega la jauría, como yo les llamo. Un grupo de estudiantes de uniforme que ríen mucho. Sus divagadas conversaciones siempre derivan en los programas estrellas del momento; en este caso “Acapulco Shore! “las chicas este año están más locas que los Gueys, jajaja” ¡sí, sí!, jajaja, “son unas pinches pendejas, jajaja”. La infantil inocencia de su levedad. Pero me hacen sonreír a mí también. Otros 100 puntos por el grupo.

Ya llego, ya veo la puerta verde de mi oficina. Ahora haré recuento. Acerco la llave a la cerradura y… ¿tienes un cigarrito? ¡Dios! Me olvidaba de él. El vagabundo alcohólico que duerme en los bancos de la plaza de este edificio. Vuelvo a sacar la caja de tabaco y le muestro uno. ¡joder, no querrá que encima se lo acerque hasta allí!. Ni se inmuta. ¡que huevos tiene”, pienso, aunque con este frío y lo duro de la madera de ese banco, creo que esas piernas están más dormidas que él mismo. Bueno, 100 puntos más. 

No ha sido mi mejor puntuación, me han fallado el cura y el señor del caniche: los que sólo hablan del tiempo que hace, si no hay partido de Champion por medio, el agente que juguetea con el móvil y lleva gafas de sol a esas tempranas horas, la señora que tira de los niños como si fueran cometas, el "técnico" de limpieza viaria que obliga a marchar al vagabundo para poder regar las palmeras, incluso después de llover, el anciano que "emula" hacer footing llevando ropa de calle, etc...

1.050 puntos, ¡no esta mal! para un martes. Cierro el móvil. Game Over.


AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Se marchitó la Rosa





¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que más feliz no se puede ser?, pues yo si. Pero me equivoqué.

Yo tenía por aquel entonces treinta y cinco años, casado y con un buen sueldo. Para que quejarse, era lo que muy pocos en esta vida podían conseguir.

Tres perros, una buena casa, un coche deportivo.... la vida me sonreía.

Pero como todo en esta vida, todo tiene un principio y un final.

Por aquel entonces, ya le había comentado a mi bella esposa, mi rara enfermedad. Un caso entre cien mil.

Ella siempre se sonreía y me llamaba exagerado. No tenía idea.

Todo sucedió una tarde, dormidos en el sofá. Uno frente al otro, como siempre en la siesta. Un apretón y el maloliente hedor salió de mi trasero.

¡Dios! Juro que no fue mi intención.

Los tres perros salieron despavoridos hacia fuera. Juraría que con lágrimas en los ojos. Se les oía ladrar y aullar.

Rosa, que así se llamaba mi mujer, empezó a gesticular y hacer gestos con la cara. De repente empezó a ponerse amarilla y con nauseas. La entendí perfectamente.

Salió despedida al baño. Me imagino que vomitaría, más que nada por los ruidos que hacía.

Yo asustado, le preguntaba si estaba bien. He incluso me permití restarle importancia, comentándole que se lo había advertido.

Era demasiado tarde. Su cara lo decía todo.

Bajamos a ver que les había pasado a los perros. Dos de ellos se encontraban asomados a la ventana y el otro estaba tirado en el suelo.

Rosa cogió al perro y sin mediar palabra, empezó a agitarlo. No obteniendo respuesta, cogió las llaves del coche y se dirigió al garaje. Yo la seguí si decir nada. Su rostro era de asombro.

Salimos hacia el veterinario. Todo el trayecto mudos. Solo gestos de incredulidad por parte de mi esposa.

Llegamos a la consulta. No se comentó nada delante de mí. Rosa se encargó de todo.

Cinco minutos después, oí ladrar a mi perro y pude respirar tranquilo.

Rosa y coco, que así se llamaba, salieron con el veterinario. Un breve saludo de manos y cada uno a lo suyo. Pagamos la factura y nos fuimos.

Ya en el coche, un silencio incómodo, hasta que mi mujer me grita ¡un peo*! ¡un peo!
Y llorando me dice....casi matas a nuestro perro.

En fin, se preguntaran porque mi vida cambió.

Mi mujer no aguantaba más. Se llevó a los perros, la casa, el coche....todo. El juez le dio la razón. Y ¿por qué?... En el juicio se me aflojó el estómago.


AUTORA: Carmen Palencia

* acepción canaria (pedo)

lunes, 10 de noviembre de 2014

El cementerio de los "BUENOS" y de los "MALOS"


Son las cinco de la madrugada, un frío de los que... ¡hasta los muertos lo notan!
-¿Cargamos ya el coche? -me comenta el ayudante.
-No, espera a que llegue la familia, son puntuales, -le respondo, no tardan en llegar.
A las cinco y treinta minutos aparecen cinco vehículos de diversas marcas cargados de gente...
Se aproximan al depósito en completo silencio, sólo se escuchan los tacones de algunas de las mujeres que acompañan a los familiares, al pisar aquellas baldosas de las escaleras, baldosas mojadas  por la escarcha del rocío de la noche.
Llegados a la puerta del depósito, guardan silencio hasta la llegada del Sacerdote y del monaguillo para rezar el responso correspondiente.
Terminado el acto religioso, los familiares cargan el féretro hasta el coche fúnebre, lo depositan con todo el cuidado sobre el raíl de guía y es introducido lentamente dentro del arcón de cristal.
Se introducen dentro del coche fúnebre cuatro coronas, dos a cada lado, y una cruz de claveles blancos sobre el féretro.
Damos a los familiares las instrucciones a seguir a partir de que el coche fúnebre abandone el recinto y comience el recorrido hasta el cementerio de la localidad de destino.
El camino es largo, por lo que se comunica que la velocidad será moderada,  con dos paradas técnicas obligatorias: la primera, a cien kilómetros  desde la salida, (breve descanso y repostar el vehículo), y la segunda, antes de la entrada al pueblo, para colocar las coronas por fuera del coche y hacer el paso lento como suele ser costumbre, para que los amigos y familiares acompañen al coche fúnebre andando, por las calles del pueblo.
Se acuerda que los familiares hagan dicho recorrido a su aire, es decir, si quieren ir detrás del fúnebre o adelantarse al pueblo y preparar la llegada.
Es muy emotiva la escena de los familiares al dirigirse a sus coches; pasan signándose ante el fúnebre y dando besos volados!!!
Puestos en marcha a velocidad lenta, salimos del recinto en el más absoluto silencio de los presentes, sólo se escucha el ronroneo del motor y las ruedas pisando la gravilla del camino.
Nos acompañan los familiares en sus coches, detrás del fúnebre hasta la salida de la ciudad y ya en autovía, algunos se adelantan y sólo dos vehículos de los familiares más allegados al difunto, nos acompañarán durante todo el recorrido previsto.
Llegados a la primera parada establecida, (repostar combustible y tomar un tentempié), siendo ya las ocho de la mañana, descansamos unos minutos y emprendemos la marcha...
Es impresionante la reacción de las gentes de los pueblos por los que tenemos que pasar; al ver el cortejo fúnebre pasar ante ellos, unos se arrodillan, otros hacen la señal de la cruz, otros agachan la cabeza en señal de respeto. ¡¡ Impresionante !!
Llegando casi al destino, a unos quinientos metros antes de la entrada en el pueblo, a nuestra derecha vemos  una explanada cerca de la carretera, hacemos la parada para colocar las coronas por fuera del coche fúnebre y retomando la carretera, ya llegando al pueblo, es curioso ver la cantidad de gente que nos esperaban; todos en silencio, con flores blancas y velas blancas en las manos y haciendo un pasillo por el cual hemos de pasar.
Aminoramos la marcha para que los amigos y familiares llegados a ese punto, todo el pueblo,  al paso del fúnebre entre ellos, vayan signándose y lanzando las flores sobre el cristal del arcón...
Es impresionante, difícil de explicar, emotivo, muy emotivo ver a esas personas arropando a la familia del difunto en esos duros momentos que están pasando y más aún porque el  difunto es un niño de dos añitos que ha muerto a consecuencia de una larga enfermedad en el Hospital.
Llegados al cementerio, el coche fúnebre queda parado en la puerta; los familiares llevan el pequeño féretro blanco hasta el nicho donde recibirá cristiana sepultura.
Antes de la salida del cementerio, nos percatamos de un pasillo de nichos de adultos; es curioso el pasillo,  pues hay más nichos a la "izquierda" que a la "derecha"...
Preguntamos al sepulturero del cementerio el por qué de ese pasillo, y la respuesta fue:
 Aquí enterramos a los "malos" a la izquierda y a los "buenos" a la derecha; de ahí que haya más nichos a la "izquierda" que a la "derecha"!

Como es de "prudencia y respeto al Santo lugar", omitimos el nombre de la población, no sea que se enteren del relato y llegado nuestro "momento" no entierren en el lado "izquierdo".  FIN.

AUTOR: Javier María Martí Martínez

viernes, 31 de octubre de 2014

Día de muertos


Una tarde de entierro, en un pueblo de la Provincia de Sevilla, estaba la familia del difunto junto al féretro recibiendo el pésame de la gente del pueblo.



Primero pasaron los "hombres" y luego las "mujeres"... (tradiciones de pueblos)...


Casi al terminar ya de pasar las mujeres, sale de un callejón a toda prisa una mujer y en vez de acercarse a los familiares del difunto, cosa normal si así hubiera sido, se dirige hacia donde yo estoy. 

Viene casi corriendo y exclamando... ¡pobre mío, con lo que yo le quería!, ¡qué buena persona que era!..

Y sin más, delante de todo el mundo, me da un abrazo de esos que rompe la espalda y me besa en las dos mejillas con un beso de esos que suena y "marca" el beso; y no digamos el fuerte olor a perfume que llevaba puesto!!!...

Yo, todo serio y sin moverme del sitio le digo a la buena Señora...

- Señora, con todos mis respetos, se ha confundido Ud. de familiar...

La Señora me suelta, se separa unos pasos y mirando el entorno me dice...

- No es Ud. de la familia...

- No Señora, para nada, se ha confundido...

- ¿Y eso por qué?, me pregunta la Señora...

- Porque yo soy el Chofer de la Funeraria y la familia está enfrente de Ud.

Me dejó el cuello con dos labios pintados y oliendo a perfume de mujer...

Mi compañero me dice riéndose... 

- Tú sabrás que decirle, que le explicas a tu mujer... que vienes de un entierro con ese olor a perfume!!!


Autor: Javier María Martí Martínez

miércoles, 29 de octubre de 2014

Día de partido



Sentado en la parada del Autobús, pienso en lo que me espera éste día, y tengo miedo.


Hoy debo presentar el proyecto que determinará mi continuidad, o no, en la empresa. Los datos, tan ordenados en el Dossier que llevo en mi reluciente carpeta personalizada y de color vino, ahora comienzan la tercera melé en mi cabeza, y sólo son las ocho de la mañana. Batallando entre las estadísticas, informes técnicos y estimaciones de posibles futuras ganancias, los que parecen contrincantes rabiosos en el último partido de temporada, aunque pertenezcan al mismo equipo, comienzan a enervar al público, que en este caso soy yo. No lo puedo evitar, nunca he podido controlar mis nervios. Quizás mi carácter convergiera mejor con los operarios que veo en la acera de enfrente, riendo y bromeando ya de buena mañana.


Parecen tan relajados, que se diría que quisieran restregarme su buen rollo en toda la cara. Y tras los cuatro silbidos que intentan llamar la atención de la chica que se sienta a mi lado, pienso en cuánto cobrarán para estar tan contentos y motivados, para soltar esas enormes carcajadas producidas por la indiferencia ofrecida por mi nueva compañera de banco.


La verdad es que, por lo menos, tienen buen gusto. Con ella ha llegado un suave olor a perfume, que ha tenido la virtud de parar por unos segundos el partido de rugby que se está produciendo en mi cabeza. No reconozco el aroma, pero añade un toque alegre a su enigmático rostro. Los de enfrente siguen intentándolo, pero ella hace oídos sordos, y dedica un segundo para mirarme y levantar las cejas en un gesto de hastío. “Demasiados intensivos” recurro a mis dotes de Jefe de Proyecto para estimar que con un poco menos de intensidad podrían conseguir mejores resultados. Pero quién se lo dice, seguro que el buen rollo se convertiría en… bueno, me estoy perdiendo… y tengo que seguir concentrado, hoy es el gran día.

Cuánto tarda el Autobús. Esos sí que tienen un trabajo relajado, aunque deben de tener un estricto horario que seguir, en los últimos seis meses he tenido que coger más taxis de los que me puedo permitir. Hoy no me harán perder dinero. Tengo quince minutos de margen, que he repartido entre el trayecto en la línea regular, los saludos con el personal de recepción y el lento ascensor del edificio de mi empresa.

Debe de tener prisa también, porque no ha dejado de mirar su minúsculo reloj desde que se ha sentado. Mmmm… Creo que llamarle minúsculo, le queda demasiado grande. Ahora no sé si tiene prisa o es que no puede ver bien esas microscópicas manecillas. Sigo calculando cosas para mantener mi cabeza ocupada, o será que el partido está en descanso.

Ya veo el autobús acercarse, -Ya era hora- pronuncio, un treinta por ciento más alto de lo que hubiera querido. Lo achaco a la euforia tras ver aparecer mi anhelado transporte.

-Las 9 y quince- dice mi vecina de banco, tras volver a mirar el maldito reloj.

- Perdón- le digo, sin comprender qué me quería decir.

-Que son las 9 y quince-

De repente, todos los jugadores volvieron a saltar al campo, maldiciendo, gritando y señalándome que mirase la pantalla del marcador, donde se reseñaba “CAMBIO DE HORA, a las 2 serán las 3”

Las caras de los operarios y de la enigmática chica, del casi invisible reloj, expresaron la misma contrariedad cuando me vieron saltar a la carretera, gritando una vez más ¡TAXIIII, TAXIIII”!


Sergio Suárez Hernández