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viernes, 20 de febrero de 2015

Te empujo el sol


No creas que es casualidad que el sol se vea así a través de la rueda.

Estuve un rato colocándolo para poder hacerte esa foto.
Ya sabes que por ti haría cualquier cosa.
Hay hombres que prometen bajar la luna a sus amadas.
Yo no sé hacer eso.

Ni siquiera sé si te amo o sabré amarte.
Pero estuve empujando el sol hasta que lo metí en esa rueda.
Costó trabajo, 
las manos quemaban y el tonto se rodaba para todos lados.
No se quería quedar quieto.

Después hice la foto
Es para ti
¿Te gusta?


AUTORA: Isabel Salas

lunes, 2 de febrero de 2015

Que coño dicen las ballenas


Yo sé que estás ahí.
Entre todas las caras
de todas las cabezas,
de toda la gente,
de todas las calles,
de todas las ciudades del mundo.

Sé que estás. 
Lo sé. 
Como sé que la luz va muy rápida. 
Lo sé como sé que el ruido de las ballenas significa algo.
Lo sé como sé que la placa madre, 
se llama así aunque nunca ha parido un puto chip.

Acepto todo eso.
Yo acepto lo de la luz, aunque no lo entiendo.
Acepto lo de las ballenas,
aunque no las comprenda.
Acepto todo lo que no entiendo, 
cuando gente más lista que yo, lo explica.
Ya sabes...
lo de aceptar pulpo como animal de compañía 
y aceptar besos comprados
y aceptar lo que me echen. 

Pero no entiendo y no acepto
que tu no vengas,
sabiendo que estoy aquí,
así como yo sé que tú estás ahí.
Entre todas las caras, de todas las cabezas
de todas las calles, de todas las ciudades 
de este puto mundo,
dónde nadie sabe que coño
dicen las ballenas.


AUTORA: Isabel Salas.

jueves, 29 de enero de 2015

El niño robado


Años y años con el pensamiento amarrado a la misma pregunta habían desgastado su cerebro y lo habían incapacitado para pensar correctamente. Ella lo sabía.

Sus habilidades intelectuales habían ido menguando conforme el tiempo pasaba y nada se resolvía. No llegaban noticias.
El mundo siguió su curso indiferente a su angustia y a su pena y ella en respuesta también se volvió indiferente al mundo.
Ni vivo ni muerto.
Ni si.ni no..
Robado, llevado. Desaparecido...arrancado de cuajo.

Desde el día que se lo llevaron se había ido muriendo un poquito cada día roída por los sentimientos mas malos que puede albergar el corazón de un ser humano, miedo, angustia, dolor y duda. Por separado habrían sido terribles, pero juntos se entrelazaron en un nudo que le fue apretando las venas, la garganta, los ojos...el alma entera hasta que se quedó prisionera y ya no se pudo salir de aquella espiral de tormento.
Su niño.
Su luz, su cielo.
Se lo llevaron.

Alguien cuyo rostro ella no conseguía imaginar, hombre, mujer, monstruo...se llevó a su hijo de 6 años, y ahora casi cuarenta años después, con sus sesenta y ocho cumplidos, ella se sentó en su butaca a terminar de morirse. Se acomodó tranquilamente a esperar el ultimo aliento mientras se llenaba de una serenidad inédita después de tantos años de sufrimiento extremo.
Por su cabeza dañada que ya no sabía pensar en otra cosa, por un momento pasó el resumen de su vida.

Tuvo lucidez para reconocer en esas imágenes, las famosas diapositivas que había escuchado que el cerebro dispara unos minutos antes de apagarse para que te vayas bien consciente de tu vida. Bien jodido.
Le hizo gracia pues siempre imaginó que esa historia de las diapositivas era una soberana estupidez, como lo del ángel de la guarda o el ratoncito Pérez.

Se vio niña, jugando con sus hermanos en el patio del almacén de su padre. Mocita, esperando a su primer novio para darse unos besos escondidos de todos. Enamorada y casada con sus diecisiete y después pariendo.
Sus tres partos, tres dolores diferentes que le trajeron sus tres hijos igualmente amados, primero su niña, la mayor, la mujer que al hacerse grande le dio el apoyo necesario para no desplomarse camino de su locura interior.
Ella le dio nietos, le dio besos, le dio el amor de hija buena y la comprensión de su pena.
Pena en cierto modo compartida, pues quien robó su hijito también le había robado el hermano adorado a aquella nena dulce que tardó años y años en volver a sonreír.

Seguido de la niña nació el primer hijo hombre, que fiesta en la familia, que orgullo para el padre, que momento feliz. Ese niño dulce que con los años se hizo policía y que había dedicado su vida a perseguir pederastas y otros hijos de puta.
No se quiso casar y siempre evitó tener hijos.
Sólo de pensar que alguien se llevaba a su hijo como se habían llevado a su hermano hacía que se le llenara la boca de sangre.

Y por fin el Keko, el peor de los tres partos, el que más le costó echar al mundo. Su niño chico que venía a completar la alegría de todos, la de la hermana que lo veía como un muñeco vivo y fue quien le cambió el nombre por aquel apodo. La del hermano, que desde el primer día le metía carritos en la cuna, bolas y lagartijas para acelerarle el crecimiento y que pronto pudiese jugar con él.
La del padre, que lo miraba y no podía esconder una sonrisa al ver en el bebé una copia del abuelo al que tanto había querido y que ya no estaba allí para disfrutar de aquel biznieto de venía con su cara.
La de ella, que lo quiso desde el momento de la primera falta y que al tenerlo en brazos por primera vez lo llenó de besos de bienvenida casi avergonzada de aquel amor excesivo por el bebé que acababa de llegar.

La siguiente diapositiva ella saliendo de los veintidós y 
entrando en los veintitrés con sus tres hijos y una vida por delante para verlos crecer y hacerse hombres. El marido a ratos bueno, a ratos regular , pero un hombre que no dejaba faltar nada en casa y que por encima de todo compartía con ella la pasión por los tres hijos y el afán por sus cuidados.

Todo iba a bien hasta que un día cuando fue a llamar a los niños para que entrasen a merendar, entraron los dos mayores y el chico no.
Salieron a buscarlo y no estaba
Al principio sin pánico, pensando que se hubiera escondido para jugar... que se hubiera dormido..que se hubiera ido a casa del primo..que se hubiera ido con el padre.. y así fueron descartando hipótesis hasta que comprendieron que alguien se lo había llevado.

Llevarse un niño es llevarse la vida de una familia entera.
Es un acto tan vil que lo modifica todo de una manera tan intensa que nunca más las personas se recuperan de ese dolor.
Ella se fue transformando en otra persona, perdió la fe en todo, la esperanza, la caridad, perdió las ganas de reír, las ganas de comer, las de dormir y las de vivir. 
Todas las ganas de todo.

Su concepción del bien y del mal había ido cambiando conforme ella se volvía de esponja por dentro. Había llegado a sentir envidia de las madres a las que se le moría un hijo por enfermedad o por accidente pues por muy duro que fuera llorar esa perdida, al menos ellas tenían un cuerpo muerto al que enterrar. Podían escoger una caja, meterlo dentro, velarlo, llorarlo, blasfemar, insultar al destino y después llorar su tristeza el resto de la vida.

Una tristeza bonita en cierto modo porque al lado del dolor por la perdida estaba la seguridad de saber que el sufrimiento del ser amado había cesado.
En su caso no fue así.
No sabía que destino había corrido su hijo, que crueldades podrían haberle infligido, que manos lo agarraron y con que fin.

Ya no había más diapositivas, o todas era igualmente negras.
Una noche perpetua de dolor eterno.
Estaba sentada en paz, sintiendo el alivio adelantado que sería para ella la liberación de la muerte. 
Por un segundo imaginó si sería verdad que había otra vida después de la muerte, y fue en ese momento que le volvió la Fe de pronto y rezó con mas fervor que nunca pidiendo una única gracia.

Pidió compasión a aquel Dios sádico que había permitido que alguien se llevase a su hijo y le pidió por favor que no la dejase vivir una vida eterna en aquel tormento.

Ella quería apagarse para siempre y dejar de sufrir.
Un descanso perpetuo de verdad, sin conciencia y sin recuerdos.
Con esa esperanza soltó su ultimo aire y dejó de respirar.


AUTORA: Isabel Salas.

viernes, 9 de enero de 2015

La gotita




Que sensación tan rara entrar acompañada por tu amante en una tienda de material de construcción a comprar unas piezas para el grifo que gotea, y en uno de los pasillos, encontrarte de frente a un ex amante.

Saludarlo con tu cara más neutra, como si jamás de los jamases hubiera estado desnudo entre tus piernas y pretender pasar rápido por su lado, antes que alguno de esos dioses que condenan las actividades sexuales, se de cuenta de que eres una mujer inmoral que se ha estado acostando con gente. 

Mirar hacia el techo de reojo, por si se abre una ventana mágica divina y algún ojo incrustado en un polígono cualquiera , detecta con sus super poderes que en este momento estás en un pasillo rodeada por dos hombres con los que previamente has compartido la alcoba, a menos de setenta centímetros, cada uno por un lado, y ninguno es tu marido.

Después, asustarte pensando que se puede mosquear y tal vez te mande un ángel con una trompeta para que te toque el jazz de las putas a todo volumen en medio de toda aquella gente, o un rayo vengador, o un diluvio o algo peor.

A pesar de todo, intentar ser cordialmente eficaz, y sin entusiasmos ni desprecios, saludar correctamente al ex. Enseguida, sin desmayarte, ver que se dan la mano y hablan como si se conociesen. Con la boca seca, constatar que sí, que se conocen y que se ponen a charlar como dos imbéciles hasta que el actual mira tu cara y lee la realidad en tus ojos.

Es hora de demostrar que tienes aplomo, y decides sonreír con todos los dientes y decir con una voz muy rara venga vamos, que el grifo está goteando.

Entrar en pánico al comprender que los dos llevan lo del grifo goteando por otro lado, no como una simple enunciación de un hecho real, del que al menos uno de esos dos infelices tiene constancia absoluta, sino como una metáfora.

Mujeres goteando son mucho más atractivas que grifos goteando, de toda la vida se sabe eso y esos dos saben muy bien como funcionan tus cañerías.

Y entonces, dejarlos a los dos parados como dos estatuas mientras te alejas caminando con la risa del pecado iluminando cada paso que das.

Cada diente y cada gotita.

Digo yo que debe ser horrible una situación así
No que a mí me haya pasado.
Jamás.
Ni parecido.
Los grifos de mi casa están perfectos.


AUTORA: Isabel Salas


lunes, 5 de enero de 2015

Calibres Exactos



Se me ha metido en la memoria la imagen de tu boca,
con el calibre exacto del grueso de tus labios.
Eso me impide pensar en otras cosas.

Apareció de pronto, 
de la nada.
Venida desde el fondo del cerebro,
pegada a una neurona tonta,
sin noción de quien eres.

Una neurona joven,
que patinó en la esquina de los besos
y entró en el rinconcito
donde guardo los recuerdos de labios,
de abrazos a tu almohada,
y calibres exactos de partes de tu cuerpo.

Estoy callada,
esperando que se borre esa boca
que lo tapa todo.
Estoy mirando al frente haciéndome la tonta. 

Y si cierro los ojos es peor, 
el dibujo se mueve.


AUTORA: Isabel Salas

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Siempre el primero



Lola miró hacia la puerta con una cierta preocupación. Ya eran casi las seis de la tarde y el viejo no había aparecido. Todos los viernes, desde que ella trabajaba en la cafetería ese hombre aparecía y se sentaba a tomarse un cola-cao cuando hacía frío y una horchata cuando hacía calor. Un viejo simpático, educado, que bebía despacio, intercambiaba un par de frases con ella o con el otro camarero y después decía buenas tardes y se iba. Así había sido desde hacía once años y hoy por primera vez estaba atrasado.


Él no sabía que había sido su primer cliente cuando aquel viernes se incorporó a su puesto de camarera sin haber sido nunca camarera. Tomás nunca supo la vergüenza con que ella le preguntó que deseaba tomar, sólo notó los temblores internos que a duras penas conseguía controlar mientras le servía el cola-cao. A Lola tan acostumbrada a servir a los hijos en casa, se le escapó un "no quema" y al decirlo, una risa nerviosa que casi se le escapó, se terminó transformando en sonrisa de Monalisa.

Él no encontró nada raro en aquella sonrisa y también sonrió, pensando que la chica era un encanto, le dio las gracias y ella se sintió muy profesional a pesar del desliz maternal. Nunca comentaron como había sido un bálsamo para sus nervios de principiante aquel gracias y jamás, en todos los años que siguieron, hablaron de nada personal.

En esos once años muchas cosas habían cambiado. Ella misma era otra mujer. Once años sin palizas en casa, sin peleas. Sus hijos habían crecido y especialmente el menor parecía no tener muchos recuerdos de aquella fase de malos tratos y gritos. El mayor no, el mayor lo recordaba casi todo, pero haciendo un gran esfuerzo habían logrado convencerlo para que aceptase la ayuda de una psicóloga y por lo visto se había perdonado a sí mismo no haber sido tan buen chico como para merecer que su padre tratase bien a su madre solo por verlo feliz.

Felipe aprendió que la mente humana es un mundo lleno de miedos y culpas sin sentido y que para algunos hombres, herir a su mujer vale mucho más que no herir al hijo, independientemente de como sea el hijo, pues el problema no está en los niños y sí en esos cabrones llenos de odio que necesitan alguien a quien maltratar.

Cuando lo asimiló dejó las drogas, buscó un trabajo y le dio a su madre la mayor alegría de su vida por verlo en el buen camino.

Todo lo que su hijo había aprendido en la terapia, ella lo aprendió en la barra del bar, escuchando a los borrachos contar sus penas, a los novios pelearse o a las madres con las hijas comiendo churros como locas por las mañanas mientras elaboraban planes de fuga. 

Lola había comprendido con tanto drama alrededor, que el suyo era uno más y poco a poco se fue curando lo mejor que pudo.

El viejo Tomás ni sospechaba que para ella durante mucho tiempo el desafío era contar semanas sin llorar ni derrumbarse, semanas de conquistas personales que empezaban cada viernes con su llegada al bar. Imposible que él imaginase que para Lola, él era la encarnación del principio de las mudanzas. El símbolo del tiempo transcurrido desde que comenzó su vida nueva. El primer gracias. La primera sonrisa.

El primer cola-cao, en muchos años, que ella no tendría que soplar ni cambiar de vaso repetidas veces para que no quemase. 

Él se admiraría si supiese como su demora en el médico podría angustiar a nadie. El pobre médico no sabía como explicarle que su estado de salud deplorable tenía ya muy poco arreglo y por no querer ser insensible y contárselo a la bulla, lo había dejado para el final.
Un chico simpático, educado, el doctor Rafael, que con las palabras más profesionales lo había informado cuidadosamente del fatal resultado que arrojaban sus últimos exámenes.

Profesional y amable, intentó ser correcto y al mismo tiempo humano, pero se le notaba tanto el mal rato que estaba pasando que al final fue Tomás quien tuvo que consolarlo a él.

El viejo sonreía por la calle recordando la cara del doctor. Por lo visto, él era el primer paciente que se le moría y los dos terminaron riéndose cuando Tomás le dijo que no se preocupase, que le había comunicado con mucha habilidad su simpática sentencia de muerte, que no era culpa suya y que todos teníamos hora marcada con la muerte.

En la hora precisamente iba pensando mientras se alejaba de la clínica. Se había hecho tarde pero no quería dejar de ir al bar donde siempre entraba a tomarse algo desde aquel viernes hacía once años, cuando al volver del cementerio de enterrar a su mujer, pensó que sería muy difícil pasar su primera noche solo en casa.

Él había tenido muchas novias antes de conocer a Mercedes, pero para ella él fue el primer novio, el único. Se amaron como se aman las parejas que se aman y el día que la enterró estaba tan triste que pensó que tal vez nunca más sería capaz de volver a sonreír. 

Le fallaban las piernas al andar y por eso entró en aquel bar al que nunca había entrado.

La chica que lo atendió tenía la mirada triste y temblaba mientras le servía el pedido. Parecía preocupada y tenía ojos de haber llorado. Cuando ella le sonrió después de haberle soltado un inesperado "no quema", le devolvió la sonrisa tan fácilmente que él mismo se sorprendió.

Mercedes y él no habían tenido hijos y la chica tenía edad de haber podido ser una de sus hijas si hubiesen sido padres. Tomás salió del bar con las piernas más firmes, mucho más gracias a la sonrisa que a la bebida caliente y desde aquel viernes todos los viernes acudió como una cita a ver a la camarera.

Con los años descubrió que se llamaba Lola, que tenía dos hijos y que descansaba los martes. Fue al bar algunos martes solo para sacarle informaciones al otro camarero y así se enteró de lo del ex, que le pegaba, de lo del hijo mayor tan complicado, de las dificultades y las conquistas de su querida Lola con quien nunca intercambió mas de ocho frases.

Acompañó año a año sus preocupaciones y aprendió a leer en su carita si las cosas estaban bien o más o menos, le vio las noches sin dormir cuando el hijo se metió con drogas y se las arregló para que el dueño del bar le hablase de una psicóloga estupenda que precisamente estaba especializada en temas de adolescentes con drogas y que no cobraría nada porque estaba haciendo un estudio para un libro que le habían encargado de una universidad americana.

Lo de la universidad se lo inventó Tomás y Lola se lo creyó porque estaba cansada de leer siempre por aquí y por allí la cantidad de asuntos sobre los que se investiga en esas universidades. Una vez, en el dentista, había visto las fotos de unas mujeres oliendo axilas de hombres para que el estudio demostrase que a las mujeres les gusta como huelen los hombres, así que le pareció normal que otro estudio estuviese interesado en adolescentes problemáticos de Soria, que fue el nombre improvisado con el que Tomás, que jamás le había puesto título a nada, bautizó al cable que le echó a Lola.

El chico mejoró para alegría de todos, especialmente del viejo, que pagaba el tratamiento discretamente sin que nadie lo sospechase, y él empeoró de todas sus enfermedades sin que nadie lo supiera mientras elaboraba otro plan rocambolesco al que había titulado Cásate con Lola y déjaselo todo.

Él no tenía familia, pero tenía dos casas, la de Soria y la de la playa, un dinerito guardado y la paga que le quedaría a Lola si aceptaba casarse con él. Aunque el plan tenía cinco años, él había preferido esperar a estar seguro de que se iba a morir pronto para no enredar a Lola en más problemas de los que ya había enfrentado. La conversación de hoy con el médico le había hecho ver la urgencia de acelerar la boda y quería dejarlo todo resuelto cuanto antes.

Cuando entró en el bar, cansado y con frío estaba un poco preocupado con la manera de abordar el asunto. Lola estaba en ese momento terminando de pasar un paño en una de las mesas del fondo, y cuando lo vio parado en el quicio de la puerta, dejó su frialdad profesional para salir apresurada a su encuentro, quería decirle que había estado preocupada, preguntarle porqué se había atrasado, incluso regañarle.

Cualquiera de esas frases era tan inapropiada que cuando llegó delante de él se le atascaron todas. Parados los dos frente a frente cada uno con tantas cosas que decir y sin saber como hacerlo fue ella la que lo arregló todo con un gesto mucho mas inadecuado que cualquier frase.
Se acercó a él y lo abrazó como se abrazan las personas que se quieren. Él aceptó su abrazo con naturalidad, hacía años que no era abrazado así y los dos se fundieron uno en el otro con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Ajenos a todo lo que no fuera ellos.

Los pocos clientes que quedaban, el otro camarero y el dueño del bar miraban en silencio y todos escucharon cuando Tomás abrazado a Lola, dijo bajito.

- Cásate conmigo

Y ella respondió

- Nunca me he casado.

Él apretó el abrazo y con dulzura le pasó por primera vez la mano por el pelo mientras susurraba para que sólo ella lo escuchase:

- Déjame ser el primero.


AUTORA: Isabel Salas