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miércoles, 6 de mayo de 2015

El asesino del parque


Mataró estaba convulsionado. Todo había comenzado dos semanas atrás, cuando el cadáver de un niño de ocho años apareció degollado, al pie de uno de los grandes cedros del Parc Central. La noticia causó desconcierto en toda la ciudad, se hablaba de violencia juvenil, malos tratos, drogas, violacio­nes... De hecho cada ciudadano tenía su propia teoría sobre el caso, los medios de difusión locales trataron el tema ampliamente, e incluso se habló de ello en Antena 3, en una especie de "Reality Show" macabro. Pero cuatro días después, se encontró el cuerpo sin vida de Carla, una niña de siete años, en el césped del parque de Cerdanyola, (oficialmente parque Puig i Cadafalch), debajo de uno de los nuevos puentes de madera. 

El asunto tomó un cariz diferente; podía tratarse de un asesino en serie. El miedo se adueñó de la ciudad, alguien se dedicaba a asesinar a niños. Creo que fue el Punt Diari el primero en utilizar el calificativo de "El asesino del Parque". Todos los noticiarios nacionales se hicieron eco del crimen, y el jefe de la comisaría de Mataró tuvo que dar explicaciones públicas sobre la marcha de las pesquisas. 

No habían pasado ni cuarenta y ocho horas desde que se descubriera el segundo cadáver, cuando apareció el tercero. Otro niño y otro parque; esta vez fue en la Plaza Catalunya, medio hundido en el estanque de la fuente central. 

Mataró estaba convulsionado; era el centro de atención de la prensa europea, el presidente del gobierno asistió al último funeral, que se convirtió en una celebración multitudinaria donde toda la ciudad presentó su repulsa por los crímenes. Pero nada de ello servía para tranquilizar a los padres que temían por la vida de sus hijos. 

Las calles se llenaron de policías y periodistas, y se vaciaron de niños. El asesino del parque había cambiado a la ciudad. 

A mí, también me había afectado, naturalmente, aunque tenía más rabia que miedo. Yo no temía por mi vida, vivía solo, sin familia cerca. Mi única compañía por entonces era mi perro Chyli, al que sacaba cada tarde a pasear después de volver del trabajo. Fue precisamente en uno de esos paseos cuando sucedió. 

Habían pasado dos semanas desde el primer crimen. Era un jueves por la tarde, una de esas tardes frías de otoño en que la oscuridad cae lentamente envolviendo en sombras a la ciudad. Crucé el Camí del Mig y fui a buscar la Avenida Lluís Companys, Chyli saltaba de alegría a mi alrededor, exhalando un vapor húmedo de su gran bocaza. Alegría que contrastaba con la tristeza de la ciudad. "Qué suerte", pensé "poder ignorar lo que ocurre a tu alrededor". Pasé a la acera del polígono, para poder andar por el mullido césped de ese lado. En el campo de fútbol del Pla d'en Boet los infantiles acababan su entrenamiento, dos policías guardaban la entrada y todos los padres esperaban a sus retoños. Seguí bajando hasta el Clos Arqueológic, en la esquina del monstruo de hormigón me encontré con dos guardias civiles: "Buenas tardes", nos saludamos.

Crucé al otro lado, a la Pollancreda, y me acerqué a la fuente para que Chyli pudiese beber. El parque estaba desierto. Aunque aún no había oscurecido, no era imposible distinguir nada bajo la sombra de los árboles. Por un momento no pasó ningún vehículo por el cruce de carreteras y el silencio me hizo estremecer. En la parada de autobuses, al otro lado de donde yo estaba, vi caminar a un anciano con una niña de la mano. Chyli corrió detrás de una urraca que lo ignoró hasta el último momento, echando a volar con un graznido para internarse en la oscuridad del parque. El anciano me miró, y me saludó con la cabeza; entonces lo reconocí, era mi vecino, un viejo solitario y refunfuñón, a la raya de los ochenta, con el que discutía a menudo por la costumbre que tenía de tirar porquerías al otro lado del muro de su patio, es decir, justo en el mío. El viejo siguió su camino, con la niña en una mano y el bastón en la otra. A paso lento, se dirigió hacia la misma oscuridad que había camuflado a la urraca. No recordaba que el anciano tuviese ningún nieto, en realidad nunca había visto que lo visitase nadie. Una extraña aprensión se apoderó de mí. No podía ser, un débil anciano medio inválido. Empecé a angustiarme, las figuras del viejo y la niña se adentraban en el parque. ¿Qué hacer? ¿Avisaba a los guardias que había visto antes? Era ridículo. Mejor ir a hablar directamente con él. ¿Qué le iba a decir? Al final disipé mis dudas, y sin saber muy bien qué iba a hacer, corrí hacia las sombras. Me detuve a dos pasos del viejo, las palabras surgieron solas. 

- ¿Qué hace con esa niña? 

El viejo no respondió. Sin soltar a la pequeña, (debía tener unos cinco años), dio dos pasos hacia mí y antes de poder darme cuenta me asestó un fuerte golpe con su bastón. Todo dio vueltas a mi alrededor, perdí el conocimiento, me pareció que por unos segundos, aunque debió ser bastante más, pues lo siguiente que recuerdo es la lengua de Chyli lamiéndome la cara y el peso de un pequeño cuerpo sin vida sobre mis piernas. La pareja de guardias civiles corrió hacia nosotros, yo me incorporé y cogí a la niñita, muerta, en mis brazos. No había ni rastro de mi vecino. 

No me percaté de la gravedad de mi situación hasta varios días después, cuando la policía encontró en mi patio unos zapatos y una pulserita pertenecientes a las víctimas anteriores. Nadie creyó mi versión, nadie había visto a mi vecino, además, ¿Cómo pretendía culpar a un indefenso ancianito de mis crímenes? 

La ciudad durmió tranquila, aunque yo gritaba, a las sordas paredes de mi celda, que el asesino continuaba en libertad. Mi esperanza era que él volviese a actuar. Pero, a los pocos días de cumplirse la sentencia, hasta esa desesperada opción desapareció. El diario local publicó una noticia que me llamó la atención: 

"LA ÚLTIMA VÍCTIMA DEL ASESINO DEL PARQUE. El asesino del Parque se ha cobrado su última víctima desde la cárcel: Hoya muerto el anciano de setenta y nueve años, vecino del criminal, que había sido acusado reiteradamente por este de los atroces crímenes. El forense ha dictaminado que la muerte se ha debido a un ataque cardíaco. Sin duda, el agitado proceso judicial al que fue injustamente sometido hizo mella en su viejo y delicado corazón ... "


AUTOR: Rafael Ogalla 

lunes, 4 de mayo de 2015

Nicolasín



Las historias que explicaba el tío Anselmo sobre la guerra eran escalofriantes. Nadie podía imaginarse que aquel sesentón de barriga prominente, faz bobalicona y sonrisa perenne, hubiese sido capaz de hacer la mitad de las cosas que explicaba. La verdad es que a menudo nos preguntábamos si no sería todo inventado, y aquel hombre simplemente nos estaba tomando el pelo. Aunque, mirándole a la cara, era difícil creer que alguien tan memo fuese capaz de discurrir aquellas atrocidades. Siempre me viene a la memoria la historia de Nicolasín cuando hablo de ello, aunque no es la más bárbara de sus aventuras juveniles, tiene algo sórdido que golpea la imaginación del oyente, al menos la mía. El tío Anselmo la explicaba, más o menos, así: 

Por aquel entonces, cuando la guerra, la mayoría de los chavales del pueblo nos apuntamos al Movimiento. Así obteníamos alimentos sin problemas, y además te convertías en persona importante. Es que, en el aquel tiempo, no había guardia civiles, ni alcalde, ni ninguna autoridad en el pueblo más que el Movimiento, y si llevabas la insignia en la camiseta, podías hacer lo que te diera la gana. Bueno, algunos más que otros, quien se llevaba la palma era Nicolasín. 

Nicolasín, antes de la guerra había sido un don nadie; aún peor, era un desgraciado que no tenía donde caerse muerto. ¡Menudo cambio dio el tío! Dicen que fue él quien pasó por las armas al alcalde. Él, era el jefe del Movimiento en nuestro pueblo; lo que él decía iba a misa, y eso que no me llevaba más de un año, ¡vaya con el mocoso! 

Un día, mientras íbamos de patrulla por el pueblo, se le metió en la cabeza ir a casa del Genaro. El tío Genaro era un poco rojo, pero todos le respetábamos, porque, hasta hacía poco, había sido el maestro del pueblo y todos habíamos pasado por su mano. Sobre todo Nicolasín, ¡Menudas hostias le había dado! Como ese día, Nicolasín, estaba de muy mala leche, nadie discutió sus órdenes. 

La casa del maestro estaba un poco a las afueras del pueblo, subiendo por el cerro de la verneda. Como era temprano todavía estaban todos en casa; el tío Genaro, su mujer y la única hija de estos, la Puri. 

"¡Rojo de mierda!, te vamos a quemar la casa" gritaba Nicolasín mientras se acercaba, los demás no decíamos nada, todavía estábamos un poco fríos. "¿Qué queréis?" preguntó el tío Genero a la puerta de la casa. "Vamos a registrar la casa en nombre del Movimiento", Nicolasín le golpeó con la culata del fusil y lo tiró al suelo. Dentro, madre e hija se abrazaban asustadas. Comenzamos a remover todo lo que hallábamos a nuestro paso; los registros era lo que más nos gustaba hacer, siempre encontrábamos algo de valor. Cayeron sillas, vasos, vasijas ... Todo al suelo ¡Cris! ¡Cras! Cuanto más ruido más nos divertíamos. Nicolasín descubrió la pequeña biblioteca del maestro. "¡Venga, vamos a quemar todo esto!", comenzó a tirar libros al suelo. Entonces el tío Genaro corrió hacia él con un palo en la mano, suerte que lo vi a tiempo y pude derribarlo de una buena patada. Nicolasín se giró hacia él, tenía la mirada ida, "Así que te resistes al Movimiento, ahora te vas a enterar, cabrón". Cogió el palo que llevaba el otro y la emprendió a golpes, izas! iZas! lo estaba moliendo a palos. La cosa empezaba a calentarse. "¡Dale fuerte a ese "joputa"!", comenzamos a gritar los demás. Ya no se le veía la cara de tanta sangre que le salía. "¡Mirad como por dentro es un rojo!", dijo Nicolasín, todos reímos. La madre y la hija corrieron para ayudar al tío Genaro, pero nosotros las detuvimos, yo agarré a la Puri, directamente de las tetas, ¡qué buena estaba la tía! "¡Ahora se van a enterar esas putas! ¡Sujétala!" Me dijo Nicolasín, mientras se desabrochaba los pantalones. Todos le animamos a gritos, ¡Uha, uha! Tuvimos que sujetar a la Puri entre dos, ¡Como gritaba la condenada! Para mí que era virgen, vete a saber ¡con quince años! 

Nicolasín tardó poco en despacharla, "¡sujetadme a la otra que voy "pa" ya!" Y tal como salió de la hija, entró en la madre. "¡A que esperáis! ¿O es que sois maricas?" Nos dijo. Oye, una orden es una orden, así que sin esperar más me trabajé a la Puri, conmigo no luchó tanto, ya sabía yo que me tenía echado el ojo. Pues nada, que así pasamos los siete u ocho del grupo; de la madre a la hija, y de la hija a la madre. Yo con quien repetí más veces fue con la Puri, ¡es que le tenía unas ganas! De aquella se quedaron preñadas las dos, ¡Vete a saber quién sería el padre! ¡Vaya par de guarras! 

Cuando acabamos, Nicolasín dijo que no se tenían que dejar cabos sueltos, así que se acercó al apaleado. "¿Qué? ¿Te has quedado con las ganas de que te diéramos por culo, eh? Pues no te preocupes. ¡Bajadle los pantalones!" Nos sorprendimos un poco, pero obedecimos sin rechistar. El tío Genaro no ofreció resistencia, y se lo dejamos a punto. Nicolasín cogió su fusil y dijo al otro: 

"Mira lo que tengo para ti, maricón" y en un tris tras se lo clavó por detrás y enseguida ¡bang! le reventó las tripas. 

Después, el "Gafotas" redactó el informe diciendo que al registrar la casa del maestro, este había ofrecido resistencia y había fallecido en el tiroteo. Nicolasín nos hizo firmar a todos como testigos de los hechos. Y nunca nadie preguntó por el tío Genaro, ni quien preñó a sus mujeres. ¡Menudo tipo el Nicolasín, ja, ja, ja..!


AUTOR: Rafael Ogalla


jueves, 23 de abril de 2015

Extrañas formas


Extrañas formas surgen de la oscuridad, difusas como el humo, terribles. Se acercan, un miedo primitivo me hiela las entrañas que se encogen con dolor. Llegan, están sobre mi; están en mí. Mi cuerpo se convulsiona, los músculos se contraen espasmódicamente, la mandíbula gira sobre sí misma, los ojos se hinchan, mis facciones cambian. Hay dolor, pero es superado por el miedo. Horror de la mente ante el caos. Todo escapa al raciocinio. Las leyes naturales, el orden que da poder y paz al hombre, no existen. La barrera entre lo real y lo irreal ha desaparecido. La lógica ha derivado en absurdo: la gravedad es aleatoria, el tiempo variable. La habitación donde me encuentro cambia a cada parpadeo de mis ojos. Grito con pavor, la voz se distorsiona, como si el aire sobre el que se propaga no fuese homogéneo. Gira y vuelve a mí, pero ahora es una carcajada que intenta entrar en mi garganta. ¡No!. 

Un trueno, la habitación se ilumina un segundo y vuelve la oscuridad. Otro trueno. Sudo, la sábana se pega a mi cuerpo. Estoy sobre la cama; he tenido un sueño. Busco con la mano a María, no la encuentro. Otro relámpago y veo su lado vacío. ¿Dónde está? Oigo voces en el comedor, alguien habla. ¿Es María? no, no es nadie, sólo la Tele. ¿Qué hora es?, no puedo ver el despertador pero no enciendo la luz, no tengo ganas de mover el brazo. Prefiero quedarme tumbado, pensando. Vuelve a tronar, la tormenta se aleja y María está tumbada en el sofá, sola, viendo la televisión. 

Un escalofrío recorre mi espalda, siento miedo. De María. No, es el sueño, todavía lo recuerdo. Veo el pomo de la puerta girar; viene María. El pomo ha girado pero no abre la puerta, está detrás, ¿esperando? Todavía oigo la televisión, otra vez un escalofrío, estoy muy sudado y vuelvo a tener miedo: alguien viene a matarme, ya ha matado a María y ahora viene a por mí. O quizás es María que ha enloquecido. Tonterías. Aún debo estar soñando. ¿Pero por qué tiene el pomo girado y no abre la puerta? Al fin se abre, es María. Su silueta se recorta ante el fluctuante vaivén luminoso que provoca el televisor desde el comedor. Puedo ver el contorno de su cuerpo bajo el camisón. En su mano sujeta algo brillante. ¡Dios mío!, es un cuchillo; quiere matarme. La cabeza ha empezado a palpitarme, no puedo pensar. Un hormigueo baja por mis piernas, quiero moverlas pero no puedo. María levanta el cuchillo por encima de su cabeza. Quisiera gritar, pero tampoco puedo. Lo coge con ambas manos. Continua quieta bajo el marco de la puerta. De pronto baja el cuchillo con fuerza y lo hunde en su pecho; le atraviesa el corazón. Lo saca y vuelve a hundirlo otra vez, otra vez, otra vez ... Sus piernas se doblan y cae. Al fin consigo gritar algo, el grito sale roto de mi garganta, y se parece a un nombre: María. 

Hay sangre por todas partes, en la puerta, en la pared, en el suelo. Yo sigo en la cama, y María muerta. ¿Estoy soñando?, no. Es cierto, ha sucedido; mi María está muerta. Me siento aliviado por estar vivo, porque María descargara sus golpes contra su pecho en lugar del mío. Y me odio por sentir eso; yo la quiero, la quería. ¿Por qué? Tengo que llamar a alguien. ¿A quién? a la policía. El teléfono está en el comedor y para llegar a él he de pasar por encima de María, pero no quiero. Salgo a la terraza y entro al comedor por el balcón, en verano siempre tenemos abierto el balcón. Cojo el teléfono y marco 091. Una voz responde al otro lado, me hace preguntas; yo las respondo todas. Le digo mi nombre, la dirección. "Mi mujer se ha matado". 

Vienen hacia aquí. Cuelgo y me siento en la silla a esperar. El televisor está encendido, lo apago. El silencio y la oscuridad lo llenan todo, la tormenta ya ha desaparecido. Busco el interruptor de la luz a ciegas, tropiezo. Al fin lo encuentro y el comedor queda iluminado. Miro el reloj de la pared que marca las doce y media. Recuerdo que cuando me fui a la cama y dejé a María viendo la televisión marcaba las doce y cuarto. Dios mío, sólo ha pasado un cuarto de hora. Vuelvo a sentarme en la silla. Dejo mi mente en blanco mientras espero que llegue la policía. 

No llega. El reloj marca las doce y treinta y un minutos. Los segundos se convierten en horas, la policía no viene y María está muerta en la habitación. De pronto percibo un olor agrio, olor a sangre. Cierro los ojos y vuelvo a ver a María atravesándose el pecho una y otra vez con el cuchillo. Creerán que lo hice yo. La policía creerá que yo la he matado. Pero no, no puede ser, no están mis huellas en el cuchillo, ni estoy lleno de sangre. Además. ¿Por qué iba a hacerlo? Esperaré. 

Han pasado muchos minutos y sigo aquí sentado con los ojos fijo en el reloj, veo moverse la aguja de los minutos, el movimiento es muy lento, pero perceptible. 

El aire se ha vuelto más pesado, un fuerte hedor lo Impregna todo. Suena el timbre; ya están aquí. 

Abro la puerta y encuentro en el pasillo a dos hombres. Son policías nacionales, uno de ellos es de mediana estatura, unos noventa kilos y cuarenta y tantos años. Lleva bigote: "soy el sargento Vázquez". su voz es fuerte, resuelta. Tiene las cejas muy pobladas, y el bigote espeso. Me da miedo. 

Los policías entran, cruzamos el pasillo hasta la habitación y llegamos hasta María, que yace muerta frente a la puerta. No nos podemos acercar a ella sin pisar el charco de sangre, ahora casi negra, que rodea su cuerpo. 

El otro policía, un joven alto y delgado con granos de acné en la cara, se queda allí. El sargento y yo nos vamos de nuevo al comedor. Me mira con odio y pregunta por el teléfono. Está donde siempre: sobre la mesita rinconera. Lo descuelga y hace una llamada: habla de "proceder al levantamiento del cadáver", cuelga. y se dirige a mí con una mirada de muerte; "siéntate, cabrón". Obedezco inmediatamente. El corazón vuelve a palpitarme con furia, la sangre golpea con fuerza mi cabeza y no me deja pensar con claridad. 

"Debes haber disfrutado mucho, verdad. ¿Cuántas puñaladas le has dado, cinco o seis?". Ha acercado tanto su cara a la mía que puedo sentir el fuerte olor de su aliento y ver una fibra amarilla colgada de su colmillo derecho. 

"Yo no he sido, se lo ha hecho ella". Explico mientras aparto mi cabeza hacia atrás. De repente me coge por la camisa y me levanta en peso de un sillón: "Hijo de puta, sabes lo que me gustaría hacer ahora", y me lanza al otro lado de la habitación. "Venga, lárgate, ¡vete ya!", grita mientras desenfunda su pistola. Estoy petrificado, quiere matarme; está loco. 

"¡Qué sucede!". El policía joven ha aparecido gritando en el comedor, atraído por el ruido. Nos mira a ambos y parece comprender la situación, "¡Tú vuelve a lo tuyo!", grita el sargento. "Ayúdeme, quiere matarme", le suplico yo. El joven duda, se acerca a su superior; "Vamos sargento, cálmese, irá a la cárcel, no se complique ... " Tengo que huir ¡Es ahora o nunca! Con todos mis músculos en tensión salto hacia el pasillo interior, justo de donde ha salido el policía, así este se halla entre la pistola del sargento y yo. Me golpeo contra el suelo y giro, se oyen voces, un disparo, sigo girando hasta que tropiezo con algo húmedo. Enmascarado con el fétido olor percibo el perfume de María ¡Dios! Estoy lleno de sangre pegajosa. Miro hacia la entrada del pasillo, no hay nadie. Tengo que huir, en cualquier momento aparecerá el sargento disparando su arma contra mi cabeza. ¿Por qué no viene? Recuerdo como antes pasé de la terraza al comedor, me pongo en pie pero resbalo cayendo otra vez sobre María, tiemblo, miro hacia atrás y todavía no hay nadie. Me encaramo a la ventana, salto a la terraza y caigo en el suelo arrastrándome hasta la base del balcón. Tras el cristal veo al sargento, agachado frente a su compañero que yace sobre un charco de sangre. ¡Le ha disparado! El sargento le ha disparado, está loco. Me duele la cabeza, no sé qué hacer. La pistola del sargento está en el suelo junto a sus pies. Me levanto, abro la puerta del balcón y corro con todas mis fuerzas hacia él. Tropiezo con una silla, con la mesa, sigo corriendo, él se gira, coge su pistola y dispara. 

Dejo de correr y espero que la sangre y el dolor empiecen a brotar en mi pecho. Pero no siento nada, pasan unos segundos, nos miramos. ¡Ha fallado! a dos metros de distancia y ha fallado. ¡Tengo que reaccionar antes que él! Salto sobre su mano y suena otro disparo, sigo sujetando su mano y él continua disparando, gritando, retorciéndose. Oigo silbar las balas por todas partes. En la puerta de entrada también alguien grita y golpea. No puedo sujetarlo más. Los que golpean van a tirar la puerta. El sargento cae de rodillas, suelta el arma, se lleva las manos al estómago y se las mira ensangrentadas; se ha disparado el mismo. Han roto la puerta. "¡Policía!". El sargento todavía está arrodillado y lentamente se derrumba sobre su cabeza quedando en una extraña posición. Entran varios policías, yo tiemblo totalmente cubierto por la fría sangre de María. Saltan sobre mí, me tiran al suelo y un pie aplasta mi cabeza contra el suelo desde donde puedo ver a un gordo vestido de paisano que mira con asco a su alrededor, me mira y dice: "Cárgate ya a ese cabrón". Oigo un disparo, siento calor en la cabeza, no puedo pensar bien y todo se oscurece poco a poco. 

Quizás sólo sea un sueño del que vaya despertar en la cama junto a María dormida a mi lado, o quizás sea sólo la oscuridad de donde extrañas formas surgen y se acercan a mí… 

1993.



AUTOR: Rafael Ogalla

miércoles, 8 de abril de 2015

El verdugo itinerante



Eusebio González Suquia, era verdugo itinerante de la provincia de Segovia, al servicio de su Majestad la Reina de España. 

Acompañado del guarda y del carcelero, custodiaba al reo, Alonso Segura, hasta el patíbulo. El reo era un furtivo; se le habían encontrado dos venados y tres puercos salvajes en su cabaña. El Marqués, el Excelentísimo Don José­-Ignacio Sánchez-Terán, había sido tajante en su sentencia: "Hay que dar un castigo ejemplar a estos desalmados, para acabar de una vez por todas con la delictiva práctica del furtivismo en nuestras tierras". Eusebio estaba totalmente de acuerdo. ¿Por qué no podían buscarse todos aquellos maleantes una ocupación digna y decente, como el mismo había hecho? Eusebio González, recordaba su infancia y juventud con cierta tristeza y melancolía. Había sufrido muchas fatalidades, pero nunca se había desviado del camino recto. 

De pequeño se deleitaba torturando insectos y otros animalejos, cosas de críos, hasta que el padre Fabián le reprendió: "Eso que haces es pecado, pues todas esas criaturas son criaturas de Dios". Eusebio no entendía que mal podía haber en sacarle los ojos a un gato viejo, o arrancar todas las patitas a una hormiguilla, pero por nada del mundo quería ser un pecador, así que a partir de aquel día dejó en paz a las criaturas de Dios. 

Cuando fue mozuelo, fascinado por las heroicas historias que venían del frente carlista, se alistó en la milicia y fue a luchar contra los traidores. No tardó en darse cuenta de que había cometido un grave error: allí pasó más penalidades de las que nunca había sufrido en su mísera vida, echaba de menos las gachas de su madre y la protección de un techo, aunque fuese con goteras, como el de su casa en Maderuelo. 

Las pocas veces que entró en combate había disparado bajo el estruendo de la batalla sin saber muy bien contra qué. En una ocasión libraron un combate cuerpo a cuerpo; tenía tal miedo metido dentro, que, años después, sólo recordaba haber dado golpes a diestro y siniestro con la bayoneta contra todo lo que se le acercaba a más de dos pasos. 

En una ocasión, poco antes de caer enfermo, el Capitán Sánchez le ordenó repasar un campo después de una cruenta batalla. A las orillas del río Arga habían caído más de cien carlistas, desparramados por los campos de la vega. 

La mayoría de ellos heridos, pues las armas de la época raramente conseguían efectos mortales. Eusebio, siguiendo las órdenes del Capitán, agarró su daga y repasó todo el campo. 

Fue entonces cuando descubrió su verdadera vocación. Se acercó al primer cuerpo, parecía muerto, pero para cerciorarse clavó la daga a la altura del corazón; la clavó con fuerza, cogiéndola con ambas manos, sintiendo como el metal buscaba su camino por las partes blandas entre las costillas; acertó de lleno, un caño de líquido rojo brotó del pecho del caído y la pierna izquierda comenzó a temblar con un espasmo. Un agradable cosquilleo le recorrió la espalda. Se dirigió hacia el segundo cuerpo. Se sentía fuerte, ahora él dominaba la situación, no odiaba a aquellos hombres; no los conocía de nada, así que sus golpes no llevaban rabia ni rencor. Le cogió de los pelos girándole la cabeza, el individuo todavía respiraba, abrió un ojo, "¡Piedad! ¡Piedad!" Eusebio clavó su daga en el cuello justo debajo de la nuez, la voz del hombre se quebró con un sonido acuoso, la sangre cayó cálida por el dorso de la mano de Eusebio, el hombre le miraba con unos ojos como platos mientras la vida se le iba por segundos. Eusebio tuvo una erección, no tenía nada que ver con el sexo; era mucho mejor. 

Para su deleite descubrió que la mayoría de los cuerpos todavía conservaban vida. Saltó de uno a otro, algunos los despachaba de prisa, con un golpe preciso en algún punto vital, con otros se entretenía más; les sacaba los ojos, les cortaba las orejas y los dejaba para volver al cabo de un rato para rematarlos. A más de cien hombres ajustició aquella tarde a orillas del Arga; fue una de las tardes más placentera de su vida. 

Poco después cayó enfermo, lo enviaron a casa con unas fiebres terminales, de las que se salvó milagrosamente, quedando como única secuela una leve cojera que se acentuaría con la edad. Cuando vino a visitarlo el padre Fabián, temió recibir una nueva reprimenda, pues estaba seguro que, de alguna forma, el párroco se había enterado de sus acciones en aquella vega del norte. Pero, para su sorpresa, fue todo lo contrario, el padre Fabián le felicitó por su heroica actitud en el frente, donde había demostrado coraje y valor. 

Con los papeles de su buen servicio como soldado de España, se fue a solicitar la vacante para verdugo en la provincia de Segovia. Era una plaza como verdugo itinerante, eso le gustaba, así conocería diferentes cárceles y mazmorras. Así que allí estaba, con cientos de servicios en su haber, camino del patíbulo de Pedraza, para ajusticiar a un villano. 

Mientras lo conducía al garrote vil, el villano, Alonso Segura, caminaba cabizbajo y callado. Sin duda se sentía culpable por su crimen, pensaba Eusebio, sobre él iba a caer el peso de la justicia de los hombres, y, lo que era peor, la justicia divina, porque su camino hacia el infierno estaba ya trazado. Ató al reo en la silla, le vendó los ojos, se situó detrás y acarició el palo, la vida de un hombre volvía a estar en sus manos, sintió un atisbo de erección, como en otras ocasiones, y finalmente giró el garrote hasta romper el cuello del villano. Ya estaba; había matado a otro hombre, pero no se sentía culpable, contaba con el beneplácito de la sociedad, y con el perdón seguro de Dios; podía dormir con la conciencia bien tranquila.


AUTOR: Rafael Ogalla.