viernes, 24 de abril de 2015

Reflexiones antepóstumas

Reflexiones ante póstumas del tercer y verdadero padre de Leopold Bloom sobre: el amor; la locura; la pérdida; la soledad; el olvido; el arrepentimiento; la redención a través de la muerte; el mercado laboral; la política penitenciaria y el esnobismo, más concretamente dentro de éste, de cómo un espléndido y ostentoso sofá granate, pasó del escaparate de Roche Bobois al salón de estar de una humilde higienista dental.


Llevo demasiado tiempo frente a este espejo buscando respuestas. Al menos una, que suponga la llave para un relato factible de hechos concatenados, que me ayude a identificar los hitos y las causalidades, a comprender. Una sola, no importa que sea pequeña, inverosímil, peregrina o incluso falsa, pero que sea, tan solo necesito que sea. Ya solo ansío despejar la incógnita, resolver el enigma, cerrar el círculo.

Demasiada arena, desiertos enteros pasando por el lánguido, fino y estrecho paso de los conos enfrentados. ¡Sí! ese ruido constante y mortificador, al parecer, inapreciable para los oídos de los demás y, sin embargo, ensordecedor para los míos. Lo oigo, el tiempo suena, el minúsculo y alineado grano, grano a grano, el roce con sus semejantes, deslizante fricción; empujones a través de la cristalina estrechez que amplifica la estridencia; la pelea por ser el primero en dar la razón a Newton, la gravedad del tiempo que, pese al coeficiente de rozamiento de los deseos, anhelos desacelerantes, aún así, provoca invariablemente su caída en el nunca y vuelta a empezar. Sísifo enfundado en un roído bluyín, con el torso desnudo, los brazos entumecidos, los talones hundidos en la arena húmeda por el perpetuo sudor, subiendo grano a grano a grano a grano, a grano.

Ya no distingo si el tiempo discurre en el sentido que debiera o, si por el contrario, lo hace en sentido inverso al natural de su marcha; intento infructuosamente crear una nueva realidad al revisitar un tiempo y un espacio ya muertos, como espectador privilegiado, sentado en lo más alto del graderío, donde apenas se distingue a los protagonistas del decorado, imposibilitado del todo para la actuación sobre los hechos acaecidos, para la rectificación, por tanto, negada toda redención. No puedo fiarme de la realidad que me intenta imponer mis sentidos, sentidos que se alimentan de recuerdos, información guardada en un disco duro dañado ¿Qué es real o lo fue en su momento? ¿Qué interpretación? ¿Qué anhelo de ser? Erráticos informes de un exterior que ya no es, que no pueden desembocar en otra cosa que no sea una realidad fallida, ilusoria y nebulosa. Memoria. Recuerdo. Falacia.

Esta arena sonora, hueca, gruesa, áspera, se mezcla con palabras apenas susurradas, afloran de nuestras bocas en un idioma ininteligible y cifrado, conversaciones enteras:   -Aflajasme la vestimenta quo vasu gri dus fatis- te oigo decir con ira mientras yo te contesto con condescendencia -Ni se me gasta por fa dolmeta-. Tras un rato de calma, no mucho, un nuevo exabrupto tuyo me pone en guardia –Al menos jiorava el soporbufo de la gimanta- a esa ni te contesto, me giro y sigo a lo mío, con mi nariz entre los pechos de Molly mientras Leopold encuentra por fin su patata. Así horas interminables, desentendiendo lo aprendido y desasiendo lo aprehendido, desmontando el paraíso con una sutil y silenciosa excavadora armada con una inmensa pala blanca tatuada con jeroglíficos negros. Luego, después del triunfo del hastío y el hartazgo, todo termina súbita e irremediablemente con un grito, un desdoblamiento del yo en el que apenas te reconozco, un arañazo sostenido en el aire húmedo con el que pones punto final a la discusión: -¡Herkadia xi das la vuelta enfrastizado!-. En este mismo instante me queda claro que esta noche no toca amalar el noema, no habrá abrazo, caricia ni beso, siquiera dormir juntos cada uno en su parcela registrada del lecho, dando la espalda al nuevo extraño; extraditado de la alcoba, como únicos compañeros el fin de emisión, una charla con Jean Valjean acerca de las singularidades femeninas y el zumbido, el puto zumbido.

En mi nocturno destierro continúo lamiéndome las heridas producto de la batalla perdida, me invade el desaliento y una sensación de inexplicable extravío; mi cuerpo se amolda como una mano a un guante, la práctica casi cotidiana ayuda al reconocimiento mutuo, al sofá granate que compramos en aquella bonita tienda. ¿Recuerdas? A diario nos deteníamos unos minutos delante de su escaparate, parada obligada antes de llegar a la clínica donde acababas de renovar tu contrato en prácticas de un año, que orgullosa estabas de tu título de higienista dental. Solíamos ir, de cuando en cuando, a soñar con el lujo y la opulencia, probando sillones inaccesibles hasta que el estúpidamente estirado y seco dependiente nos llamaba la atención; jugábamos a tomar café en mesas de otras alturas, no la nuestra, a las que solo pudimos acceder en tiempos de liquidación: “Liquidación y cierre por inminente extinción de Nuevos Ricos, descuentos del 80%”.   -¡Que se jodan!- gritamos al salir de la tienda con nuestro sofá  de diseño italiano.

Tras dos desiertos y medio el granate asiento mutó de mueble a metáfora, de lujosa imagen de estatus ficticio, parecer ser no siendo, a prueba irrefutable del deterioro; de las seis robustas patas de antaño, ahora cojeaban dos, nosotros; se nos fueron descosiendo las costuras hasta brotar el relleno deshilachado; se nos quebró la piel, deshidratada, otrora turgente y ligante, aplacadora de la fuerza centrífuga, freno a la expansión y dispersión del Big Bang de nuestro Nosotros. ¡No lo entiendo! No se si fue un proceso erosivo, silente, de esos de los que no te percatas hasta que se te caen los pantalones en público y adviertes, solo entonces, que la inanición voluntaria y programada ha llegado demasiado lejos. La esencia con los accidentes por los tobillos, con el culo al aire, desnuda y desprovista de significantes, llaves perdidas de puertas cerradas, de escapatorias a mundos de conejos parlantes con relojes de pulsera. ¿Sin accidentes dejamos de ser esencia? ¿Esencia y accidente en el mismo plano? ¿Qué somos como individuo único si no accidentes? Ser dentro parte del Todo nunca lo he considerado ser. Para mí ser siempre es fuera, solo, individual y distinto. No se si uno se puede desligar de los demás o precisamente ese afán, imposible de conseguir, es el que te persigue como una polla gigante llena de chinchetas dándote por el culo aún con el orto sellado con plomo. ¡Desprecio esa mierda! ¡Yo me considero accidente!

O por el contrario un instante, conglomerado de azares  que confluyen en un único punto donde se concentran y desvelan las bifurcaciones del destino multiplicando exponencialmente las posibilidades de errar, de perderse tras la puerta que aparece tras la puerta que esta situada tras la puerta. Abrirla y… escuadrón de la muerte, emboscada guerrillera, pero… pero… pero… ¿Qué instante? ¿Qué sucedió? ¿En mí? ¿En ti? Busco respuesta en el reflejo de estas ojeras perennes, oscuras huellas de noches eternas, repletas de espejismos voraces que no llegan a ser nunca sueños profundos por culpa del maldito insomnio, en las que oigo llover incluso cuando no lo hace. También la lluvia parece hablarme entre dientes, entre gotas, mascullando esquirlas líquidas que me atraviesan. ¡Este susurro me va a volver loco! Entorno los ojos hasta casi cerrarlos, distorsiono la imagen que me devuelve el espejo, y es entonces cuando parece intentar comunicarme algo. Por ahora es ilegible. Soy incapaz de atisbar, siquiera de adivinar a sorteo entre las más cotidianas o comunes, una explicación a este desastre. A esta vida en muerte, mi vida, tu muerte. Rebobino nuestra película con la tecla del play pulsada y no aparecen villanos ni traiciones ni sospechas ni alarmas ni signos ni señales ni indicios, mucho menos pistas o premoniciones. De esta especie de trailer surrealista y acelerado saltan fogonazos que me hacen estremecer. Tus rizos insumisos, rútilos ficticios premeditadamente desajustados; tu altura inagotable, los ojos sonoros y descalzos; el andar azul de tus piernas llenas de juvenil músculo. Las primeras caricias, abruptas, inexpertas; la impericia de mis manos, el dolor y la risa; una risa desconocida hasta entonces, líquida y caliente, risa que se fue convirtiendo en carcajada cuando este inexperto se transformó en habilidoso profesional. Los dos aprendimos al unísono. No solo nos descubrimos el uno al otro, nos descubrimos a nosotros mismos a través del Otro. Esa parte del Uno imposible de ser revelada en soledad; la lección consistía en sucumbir a la pulsión  primaria de deshacerse en el Otro como un azucarillo en café recién hecho, que cambiara de sabor, que al sorberlo y paladearlo supiera oliera sonara a algo distinto a cada uno por separado, a Unidad.

Ahora soy incapaz de recordar e identificar la última carcajada, ubicarla en el tiempo y en el espacio; entre los dedos de mi memoria apenas queda un puñado de ellas, el resto resbalaron gélidas en dirección a los codos y, de ahí, caída libre al agujero negro de la nada. Esa estentórea y mil veces repetida carcajada, desgastada, entibiecida, en algún momento se transformó en anodina sonrisa funcionaria. Roída por algún ratoncillo perdió brillo, cuerpo, presencia, decencia. ¡Ahora solo queda esta incipiente y galopante demencia! ¡Me niego! No puede ser suficiente. Tal vez tus celos, ridículos y extravagantes, de Molly, de Teresa, sobre todo de la Maga, cuanto la odiabas; la incomprensión mutua ensanchada por interminables silencios, el desembarco de la tristeza y los delirios en el antiguo paraíso, ¿fueron ellas las que te desplazaron o tu la que se distanció?

2,10 de ancho por 3,05 de largo. Inmenso espacio diáfano henchido de desasosiego, que feliz sería el portugués aquí; campo de juego permanente de la vaguedad y la locura, tenaza sensorial labrada a conciencia por mi permanente estado de consciencia, el espacio como un personaje más en este Circo, y tu ausencia… nunca una ausencia había ocupado tanto, una Nada ocupándolo Todo. Un estante fijado con ahínco a la pared como mesa, un ascético catre y sanitarios de pulcro y pulido acero inoxidable. En esta puta celda acolchada no me dejan tener nada que sirva para dar fin a este fin infinito, cíclico y recurrente, a esta decadencia y podredumbre cotidiana, apestar a cadáver estando vivo. En la mesa, mirándome descaradamente a los ojos, casi retándome, el papel recién profanado con estas amontonadas letras; a mi izquierda, más papel con más mierda: Bloomsday, mi última bosta pretenciosa, y Sentencia firme, mini disección de mi debacle, las dos aplastadas por la inmensidad de la más reciente edición de En busca del tiempo perdido, preparada para su, casi con total seguridad si todo va según lo planeado, inconclusa tercera lectura; un bote de tinta comestible y varias plumas de ganso. No entiendo este insano e irracional afán de impedir mi muerte; el incordio de mi cuidado, el gasto a cargo del erario público de las instalaciones y la manutención, surrealismo elevado a la enésima potencia. Impedirme la fuga de mi cuerpo. ¡Malditos seáis todos mil veces! Solo deseo que cese este zumbido, ¿es mucho pedir?

-La mató por que estaba loco- les oía murmurar en la sala. Que sabrán de nosotros esos estúpidos. -Fue por los libros- decían otros. Burdas especulaciones, todo por mi alucinógena confesión de la noche de autos: -No podía concentrarme- balbuceé   -Ella quería que le dedicara tiempo- repetía -Ahora podré releerlos- sentencié. El Tribunal también sentenció, “Artículo 139: Será castigado con la pena de prisión de quince a veinte años, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes: 1ª (…) 2ª (…) 3ª Con ensañamiento, aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido”.

Y aquí estamos, a las puertas de mi propio Auto de fe, página quinientos cincuenta y cinco, la biblioteca ardiendo y yo sin petróleo, Peter Kien en su escalera y yo en la mía, improvisada, preparada para el último salto, esta vez sin números escritos con tiza en el suelo… ni Cielo. Ya falta poco para volver a vernos mi amor, todo está preparado. En un principio tenía dudas sobre la manera de ir a tu encuentro, pero creo que la decisión, por fin es la acertada. El plan A consistía en arrancarme en sueños la lengua de un mordisco y morir de asfixia al tragarla, total y definitivamente descartado por falta de la valentía necesaria e imposibilidad de ensayo previo. El plan B era separar los ojos de sus cuencas con mis propias manos para, en primer lugar, no volver a verte en mí al mirar este diabólico espejo de pulpa blanca, empeñado en devolverme tu cara llena de sonrisa como método de tortura penitenciaria y, en segundo lugar, si acompañaba la suerte, morir desangrado; igualmente desechado, en esta ocasión, por manifestar una dificultad extrema en la ejecución y, por otro lado, los riesgos de quedar vivo e impedido para proceder a la consecución del objetivo final eran evidentes. Por tanto, solo quedaba una salida, el plan C: la paciencia. Mucha paciencia hay que tener para ahorcarse con hilo dental; dejar de limpiarme los dientes durante meses no, durante años, diez ya; guardar escondidos los rollos de hilo dental, estirarlos, trenzarlos, unir unos con otros hasta formar una cuerda que soporte mi peso, que permita ahorcarme o, mejor, que me corte el cuello en la primera sacudida. ¡Sí! Que me corte el cuello sería lo justo. Ya estoy imaginando las cabeceras de los diarios y los artículos sobre el caso, a toda página: “La redención poética del asesino de la higienista dental”, espléndido titular. La sangre de mi yugular salpicando al enfermizo Proust, mientras, aún caliente, resbala hasta llegar a mis manos todavía manchadas con tu sangre. Heroico.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

jueves, 23 de abril de 2015

Extrañas formas


Extrañas formas surgen de la oscuridad, difusas como el humo, terribles. Se acercan, un miedo primitivo me hiela las entrañas que se encogen con dolor. Llegan, están sobre mi; están en mí. Mi cuerpo se convulsiona, los músculos se contraen espasmódicamente, la mandíbula gira sobre sí misma, los ojos se hinchan, mis facciones cambian. Hay dolor, pero es superado por el miedo. Horror de la mente ante el caos. Todo escapa al raciocinio. Las leyes naturales, el orden que da poder y paz al hombre, no existen. La barrera entre lo real y lo irreal ha desaparecido. La lógica ha derivado en absurdo: la gravedad es aleatoria, el tiempo variable. La habitación donde me encuentro cambia a cada parpadeo de mis ojos. Grito con pavor, la voz se distorsiona, como si el aire sobre el que se propaga no fuese homogéneo. Gira y vuelve a mí, pero ahora es una carcajada que intenta entrar en mi garganta. ¡No!. 

Un trueno, la habitación se ilumina un segundo y vuelve la oscuridad. Otro trueno. Sudo, la sábana se pega a mi cuerpo. Estoy sobre la cama; he tenido un sueño. Busco con la mano a María, no la encuentro. Otro relámpago y veo su lado vacío. ¿Dónde está? Oigo voces en el comedor, alguien habla. ¿Es María? no, no es nadie, sólo la Tele. ¿Qué hora es?, no puedo ver el despertador pero no enciendo la luz, no tengo ganas de mover el brazo. Prefiero quedarme tumbado, pensando. Vuelve a tronar, la tormenta se aleja y María está tumbada en el sofá, sola, viendo la televisión. 

Un escalofrío recorre mi espalda, siento miedo. De María. No, es el sueño, todavía lo recuerdo. Veo el pomo de la puerta girar; viene María. El pomo ha girado pero no abre la puerta, está detrás, ¿esperando? Todavía oigo la televisión, otra vez un escalofrío, estoy muy sudado y vuelvo a tener miedo: alguien viene a matarme, ya ha matado a María y ahora viene a por mí. O quizás es María que ha enloquecido. Tonterías. Aún debo estar soñando. ¿Pero por qué tiene el pomo girado y no abre la puerta? Al fin se abre, es María. Su silueta se recorta ante el fluctuante vaivén luminoso que provoca el televisor desde el comedor. Puedo ver el contorno de su cuerpo bajo el camisón. En su mano sujeta algo brillante. ¡Dios mío!, es un cuchillo; quiere matarme. La cabeza ha empezado a palpitarme, no puedo pensar. Un hormigueo baja por mis piernas, quiero moverlas pero no puedo. María levanta el cuchillo por encima de su cabeza. Quisiera gritar, pero tampoco puedo. Lo coge con ambas manos. Continua quieta bajo el marco de la puerta. De pronto baja el cuchillo con fuerza y lo hunde en su pecho; le atraviesa el corazón. Lo saca y vuelve a hundirlo otra vez, otra vez, otra vez ... Sus piernas se doblan y cae. Al fin consigo gritar algo, el grito sale roto de mi garganta, y se parece a un nombre: María. 

Hay sangre por todas partes, en la puerta, en la pared, en el suelo. Yo sigo en la cama, y María muerta. ¿Estoy soñando?, no. Es cierto, ha sucedido; mi María está muerta. Me siento aliviado por estar vivo, porque María descargara sus golpes contra su pecho en lugar del mío. Y me odio por sentir eso; yo la quiero, la quería. ¿Por qué? Tengo que llamar a alguien. ¿A quién? a la policía. El teléfono está en el comedor y para llegar a él he de pasar por encima de María, pero no quiero. Salgo a la terraza y entro al comedor por el balcón, en verano siempre tenemos abierto el balcón. Cojo el teléfono y marco 091. Una voz responde al otro lado, me hace preguntas; yo las respondo todas. Le digo mi nombre, la dirección. "Mi mujer se ha matado". 

Vienen hacia aquí. Cuelgo y me siento en la silla a esperar. El televisor está encendido, lo apago. El silencio y la oscuridad lo llenan todo, la tormenta ya ha desaparecido. Busco el interruptor de la luz a ciegas, tropiezo. Al fin lo encuentro y el comedor queda iluminado. Miro el reloj de la pared que marca las doce y media. Recuerdo que cuando me fui a la cama y dejé a María viendo la televisión marcaba las doce y cuarto. Dios mío, sólo ha pasado un cuarto de hora. Vuelvo a sentarme en la silla. Dejo mi mente en blanco mientras espero que llegue la policía. 

No llega. El reloj marca las doce y treinta y un minutos. Los segundos se convierten en horas, la policía no viene y María está muerta en la habitación. De pronto percibo un olor agrio, olor a sangre. Cierro los ojos y vuelvo a ver a María atravesándose el pecho una y otra vez con el cuchillo. Creerán que lo hice yo. La policía creerá que yo la he matado. Pero no, no puede ser, no están mis huellas en el cuchillo, ni estoy lleno de sangre. Además. ¿Por qué iba a hacerlo? Esperaré. 

Han pasado muchos minutos y sigo aquí sentado con los ojos fijo en el reloj, veo moverse la aguja de los minutos, el movimiento es muy lento, pero perceptible. 

El aire se ha vuelto más pesado, un fuerte hedor lo Impregna todo. Suena el timbre; ya están aquí. 

Abro la puerta y encuentro en el pasillo a dos hombres. Son policías nacionales, uno de ellos es de mediana estatura, unos noventa kilos y cuarenta y tantos años. Lleva bigote: "soy el sargento Vázquez". su voz es fuerte, resuelta. Tiene las cejas muy pobladas, y el bigote espeso. Me da miedo. 

Los policías entran, cruzamos el pasillo hasta la habitación y llegamos hasta María, que yace muerta frente a la puerta. No nos podemos acercar a ella sin pisar el charco de sangre, ahora casi negra, que rodea su cuerpo. 

El otro policía, un joven alto y delgado con granos de acné en la cara, se queda allí. El sargento y yo nos vamos de nuevo al comedor. Me mira con odio y pregunta por el teléfono. Está donde siempre: sobre la mesita rinconera. Lo descuelga y hace una llamada: habla de "proceder al levantamiento del cadáver", cuelga. y se dirige a mí con una mirada de muerte; "siéntate, cabrón". Obedezco inmediatamente. El corazón vuelve a palpitarme con furia, la sangre golpea con fuerza mi cabeza y no me deja pensar con claridad. 

"Debes haber disfrutado mucho, verdad. ¿Cuántas puñaladas le has dado, cinco o seis?". Ha acercado tanto su cara a la mía que puedo sentir el fuerte olor de su aliento y ver una fibra amarilla colgada de su colmillo derecho. 

"Yo no he sido, se lo ha hecho ella". Explico mientras aparto mi cabeza hacia atrás. De repente me coge por la camisa y me levanta en peso de un sillón: "Hijo de puta, sabes lo que me gustaría hacer ahora", y me lanza al otro lado de la habitación. "Venga, lárgate, ¡vete ya!", grita mientras desenfunda su pistola. Estoy petrificado, quiere matarme; está loco. 

"¡Qué sucede!". El policía joven ha aparecido gritando en el comedor, atraído por el ruido. Nos mira a ambos y parece comprender la situación, "¡Tú vuelve a lo tuyo!", grita el sargento. "Ayúdeme, quiere matarme", le suplico yo. El joven duda, se acerca a su superior; "Vamos sargento, cálmese, irá a la cárcel, no se complique ... " Tengo que huir ¡Es ahora o nunca! Con todos mis músculos en tensión salto hacia el pasillo interior, justo de donde ha salido el policía, así este se halla entre la pistola del sargento y yo. Me golpeo contra el suelo y giro, se oyen voces, un disparo, sigo girando hasta que tropiezo con algo húmedo. Enmascarado con el fétido olor percibo el perfume de María ¡Dios! Estoy lleno de sangre pegajosa. Miro hacia la entrada del pasillo, no hay nadie. Tengo que huir, en cualquier momento aparecerá el sargento disparando su arma contra mi cabeza. ¿Por qué no viene? Recuerdo como antes pasé de la terraza al comedor, me pongo en pie pero resbalo cayendo otra vez sobre María, tiemblo, miro hacia atrás y todavía no hay nadie. Me encaramo a la ventana, salto a la terraza y caigo en el suelo arrastrándome hasta la base del balcón. Tras el cristal veo al sargento, agachado frente a su compañero que yace sobre un charco de sangre. ¡Le ha disparado! El sargento le ha disparado, está loco. Me duele la cabeza, no sé qué hacer. La pistola del sargento está en el suelo junto a sus pies. Me levanto, abro la puerta del balcón y corro con todas mis fuerzas hacia él. Tropiezo con una silla, con la mesa, sigo corriendo, él se gira, coge su pistola y dispara. 

Dejo de correr y espero que la sangre y el dolor empiecen a brotar en mi pecho. Pero no siento nada, pasan unos segundos, nos miramos. ¡Ha fallado! a dos metros de distancia y ha fallado. ¡Tengo que reaccionar antes que él! Salto sobre su mano y suena otro disparo, sigo sujetando su mano y él continua disparando, gritando, retorciéndose. Oigo silbar las balas por todas partes. En la puerta de entrada también alguien grita y golpea. No puedo sujetarlo más. Los que golpean van a tirar la puerta. El sargento cae de rodillas, suelta el arma, se lleva las manos al estómago y se las mira ensangrentadas; se ha disparado el mismo. Han roto la puerta. "¡Policía!". El sargento todavía está arrodillado y lentamente se derrumba sobre su cabeza quedando en una extraña posición. Entran varios policías, yo tiemblo totalmente cubierto por la fría sangre de María. Saltan sobre mí, me tiran al suelo y un pie aplasta mi cabeza contra el suelo desde donde puedo ver a un gordo vestido de paisano que mira con asco a su alrededor, me mira y dice: "Cárgate ya a ese cabrón". Oigo un disparo, siento calor en la cabeza, no puedo pensar bien y todo se oscurece poco a poco. 

Quizás sólo sea un sueño del que vaya despertar en la cama junto a María dormida a mi lado, o quizás sea sólo la oscuridad de donde extrañas formas surgen y se acercan a mí… 

1993.



AUTOR: Rafael Ogalla

miércoles, 22 de abril de 2015

Marineros sin puerto


¿Tanto te costaba?
Pagaría por darte los abrazos 
que de noche le daba, en tu ausencia,
a mi almohada.
¿Tanto te pedía?
Tantas conversaciones carentes de sentido,
esperando recibir los consejos 
que realmente me habrían servido.

¿O es que se perdieron en el mar
todos los “te quieros” que pronunciaste
algún día?

Crecí sintiendo tu lejanía. 
Dime papá… ¿Qué más querías?

Fui todo en lo que soñaste
que me convertiría, 
pero nada cambiaba tu semblante,
ni salía de tu boca un:
-Me siento orgulloso de ser tu padre-.

Y a pesar de la tristeza 
con la que me envuelven tus recuerdos,
sigo anhelando ser tu hijo pequeño.
Ese que lucha por hacerse un hueco
en el mundo y cumplir sus sueños.
Y éste es uno de ellos:
Crear un futuro en el que estés presente.

Porque no quiero disfrazar de sonrisas 
las lágrimas que derramé ayer.

Ni descubrir que podemos navegar 
por las heridas de cada nuevo amanecer.

No quiero que seamos marineros sin puerto,
escuchando a sirenas sin voz.

Sé que no supiste hacerlo mejor.

Pero en mi barco, viejo,
sigue habiendo sitio 
para los dos.


AUTORA: Jessica Losada Carrera

martes, 21 de abril de 2015

El informe



Acababa de acostarme a hacer la siesta pero no podía conciliar el sueño, no antes de leer el informe psiquiátrico que la compañía donde trabajo ha pedido para establecer si soy merecedor de un ascenso. El sector de la Bioquímica está sobrevalorado, tanto en cuanto nos obligan a pasar por estos incómodos estudios, dedicados a apilarse en el departamento de Recursos Humanos, o Dios sabe dónde.



“Según su extrovertida manera de ver la vida, se podría deducir que no habiendo sufrido problemas de gran calado aun, la exposición a ellos está falta de experiencia. La edad es otro hándicap que puede tener consecuencias en el futuro mando de un equipo”



Que va a decir un psicólogo de un joven de veintiún años aficionado al surf, entre otras muchísimas cosas. Pero no fue eso lo que me hizo comenzar a estar nervioso. Una pequeña nota al final dejaba caer, a todas luces, que era una persona que podría matar si se diera el caso. Me acordé entonces cuando le conté al loquero una anécdota ocurrida con mi amigo Mario, donde, en una acampada de montaña: allá donde San Judas perdió las cadenas de las ruedas, tuvimos que matar una cabra poco menos que con las manos. En pleno invierno, sitiados por la nieve. “Sobrevivir” se llama lo que hicimos, ni más ni menos.


Es por eso que me he echado a la calle. Tenía la imperativa necesidad de dar mi paseo diario, aunque no era la hora habitual, pero no podía dormir. Franco lo ha agradecido y tira de mí con su inmutable y alegre caminar. 

Para mí, otra cuestión inalterable es el recorrido. Un paseo que se digne de serlo, tiene que pasar por el puente Milou. Sus artísticas farolas renacentistas le confieren una calma firmemente necesitada, aunque Franco intenta lo contrario, tirando de mí hacia la zona ajardinada de Le´pletoun. No me importa, mientras no decore con su orina las farolas, le perdono casi cualquier cosa. Pero antes de abandonar el puente, siento sobre mi hombro la presión de una mano y su inquietante calor. Me llevé un buen susto, me cogió de improviso, y me giré tan rápido como fui capaz. El susto inicial no fue nada cuando al girar mi rostro allí no había nadie. “el Milou es también conocido por el puente de los amantes, el ochenta por ciento de las personas que lo visitan lo hacen de rodillas, y en aquel momento habría como cuatro peticiones de mano, pero ninguna cerca de mi”.

Franco tampoco reaccionó, indiferente, seguía con su ruta hacia los parterres de tierra batida, entre seto y seto. Que susto, hubiera jurado ante la Biblia que alguien había puesto su mano sobre mi hombro. Con las palpitaciones dignas de una arritmia sacudiendo mi garganta, seguí al pobre animalito que ya comenzaba a aruñar las baldosas del puente.

Después de otros diez metros de frenético recorrido, ocurrió exactamente lo mismo. En esta ocasión giré lentamente, pero sin que la cautela pudiera dejar escapar, otra vez, a quien se suponía volvía a poner su mano sobre mí. Aquello ya no era normal, y temblando me agaché para sujetar a Franco cerca de mí. Su cabeza quedo a un palmo de mi cara, y aunque lógicamente no era la primera vez que eso sucedía, noté algo extraño en su mirada. Como humanamente cercano, y sin pedírselo colocó su pata encima de mi rodilla. En ese momento pude escuchar perfectamente como desde su dentada boca salían las palabras “Levántate, están llamando a la puerta, estúpido”.

El knock, knock, insistía persistente hasta que logré abrirla medio adormilado todavía, estaba temblando, no podía dejar de pensar en la extraña voz que había salido del perro. El cartero tenía cara de cabreo y ni siquiera saludó. -¿El Sr. Dupont?- - Sí – contesté. – un Certificado. Firme aquí, aquí y aquí- Cuando cayó en mi mano, mi cerebro terminó de despertarse. ¡EL INFORME!. Tardé cinco segundos todavía en descubrir que había estado soñando. Destroce el sobre buscando aquella nota tan inquisitiva. Y la encontré.

“Para su corta edad, es una persona culta y refinada, requisitos, si no indispensables, muy importantes a la hora de formar equipo y su posterior liderazgo. Solo una observación; a la par que inteligente, es una persona dada a fantasear, cuestión que a priori no vierte ningún elemento negativo para poder ejercer un trabajo superior”.

-¿No se lo han creído?, ¡Hijos de p…..!  No sé qué me cabreó más: que creyeran que soy Antoñita "La Fantástica” o el susto que me ha dado Franco.


AUTOR: Sergio Suárez.

lunes, 20 de abril de 2015

Resistencia


Todos los de mi generación (o sea, los ahora cincuentones, por muy mal que nos suene) hemos tenido una relación….cómo decirlo…de odio-amor, de cierta antipatía, de resistencia, con el ordenador. Yo tuve mi primer encuentro con él cuando tenía treinta años y dos hijos. Del mamotreto inicial fui conociendo diferentes modelos hasta llegar al portátil que uso hoy (heredado de mi marido, o sea, último modelo no es). Recuerdo mis primeras frases. Frases de resistencia expresada en voz alta y clara. “Pues si he estudiado una carrera sin ordenador, bien podré seguir así otros años. La técnica acabará con las letras, con el papel y la tinta. Que no, que no, que yo no lo necesito”

Esa fue mi resistencia inicial. Inútil. Pasaron los años y esas frases (que había dicho con absoluto convencimiento) empezaron a sonarme estúpidas. “Qué bien esto de escribir y poder corregir, guardar, copiar y pegar. Fíjate, hasta puedo saber las pelis del cine, con su argumento y todo. Artículos de cualquier tema aquí, a mano. Coger el diccionario para consultar un significado… una pérdida de tiempo”.

Con el teléfono móvil más o menos lo mismo. Resistencia inicial y adoración final (igual que a la cerveza). Creo que incluso más amor que los jóvenes porque ellos no saben lo que es ir a una biblioteca, sacar un libro, señalar las páginas, ir a una fotocopiadora, pagar, devolver el libro y, ¡por fin!, poder leer un artículo. O pasar horas esperando a tu novio porque no podía avisarte de que el tren llegaba con retraso. 

He aprendido a apreciar lo que la técnica me ofrece. Con mucho trabajo, eso sí, porque mi habilidad es casi nula. Me he esforzado. Pero he aprendido dos cosas. Una, que nadie sabe casi nada de este muevo mundo que tan pronto cambia y avanza. Dos, que todo es cuestión de sentarte y teclear; al final (y muchas veces por casualidad) encuentras lo que buscas.

¿Cómo pudimos quedar con nuestros amigos, viajar al extranjero, estudiar en la universidad sin Internet o sin móvil? Un misterio, sí señor, todo un misterio.



AUTORA. Victoria Monera.

viernes, 17 de abril de 2015

Yo te pregunto


Si por mi piel me desprecias, yo te pregunto…

¿No has visto acaso el hermoso color 
de una negra noche llena de estrellas?

¿O el brillo amarillo de un nuevo amanecer?

¿Y lo deslumbrante de un campo de rosas rojas?

¿O la palidez de esa luna llena sobre tu cabeza y que hace soñar a tanto poeta?

La belleza del hombre viene desde el fondo de su ser, 
sus ojos sólo son bellos si reflejan lo bello de su alma.

Si por mi origen humilde no soy digno de ti, yo te pregunto…

¿No has tocado con tus manos la seda 
elaborada por un pequeño gusano?

¿Acaso no has visto los blancos campos nevados 
que iniciaron simples copos de nieve?

¿No conoces la ostra tan pequeña que te da 
tan grandiosa perla para tu magnífico collar?

¿Has olvidado el origen humilde del hombre 
que murió amando a los hombres, 
que de cruel manera le arrebataron la vida?

El verdadero valor del hombre se encuentra en su corazón 
y no en los bienes materiales que posee.

Si por mi fe te mofas y me ofendes, yo te pregunto…

¿Acaso las aves del cielo no tienen un Dios que les da su alimento diario?

¿No ha de caer del cielo el rocío que a las flores la vida da?

¿Quién cuida de las criaturas de los campos y los bosques?

¿Quién hace crecer las cosechas? 

¿Quién pone orden en este mundo en desorden?

Las estrellas y el infinito 
nos demuestran que no estamos solos, 
hay alguien que nos cuida.

¡Eres a imagen de Dios igual que cualquiera en la faz de la tierra!
¡Y tan distinto que no hay nadie más bello que tú mismo!

No estropees esa imagen que te fue dada 
en el afán de solo apreciar lo que a ti te parece 
bello, valioso o correcto. 

Mira a los demás como a ti mismo, 
porque somos todos iguales y tan distintos a la vez 
que en la medida que tú denigres a tu hermano, 
más te denigras a ti mismo…¡nunca lo olvides!



AUTOR: Carlos A. Suárez G.

jueves, 16 de abril de 2015

A la vergüenza de la barbarie y a la heroína que lo derrota


El vientre sembrado con
la semilla del tirano

El miedo no consigue
doblegarla
Apenas satura sus ojos
de una especie de espesas lágrimas
incapaces de recorrer las mejillas

Aprovecha la diástole del verdugo y
el recuerdo del último golpe para
alimentar el ansia

Harta de ejercer como yunque
del patético e infame Vulcano viste
las alas prestadas de Ícaro
sin miedo al sol ni a la
intemperie

El juramento es claro y rotundo
ya
tan solo permitirá
los dulces golpes de la simiente


AUTOR: Juanje Frayfregona