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jueves, 21 de mayo de 2015

Hombre enterrando a esposa dos años después de enterrar a hija


Adelántate

El asombro ya no es parte de mí
lo maté hace dos años cuando
ella se reunió con tantos otros

El verde dejó de oírse por esta orilla y
los días abiertos de Abril se
difuminan y empastan para
mantenerme inmóvil

Adelántate

Y por favor diles que para mí
la luz sea celeste
que no soporto el blanco ni el
síndrome de la bata

Yo todavía tardaré un rato en
poner un pie detrás del otro
Siempre fui el más lento…
incluso para morir

Ahora son las hojas las que
ordenan al viento ¿Las ves?
Inquietantes
cubriendo su último castillo de arena
la pala roja
el minúsculo rastrillo amarillo

Adelántate

Juntad las manos
las caras
compartid el soplo
La promesa se hincha y lo ocupa todo

La promesa:
Fue
Fuiste
Soy

Seremos.


AUTOR: Juanje Frayfregona

lunes, 18 de mayo de 2015

Al puto agujero en el estómago cuando no estás



La escultura de
tu ropa ovillada
al pie de una cama
deshecha de impaciencia

El salto al vacío a través
de un colchón con aires
de neurótica incontinencia

Pinceladas dispares con
trazos conspicuos en
febriles bajorrelieves

El lienzo
tu espalda

La victoria
tu espalda

El crimen
el amanecer

La víctima
mis ganas

Hoy como ayer deseo que los días sean negros como la noche que atraviesa el tiempo que tardas en volver a describir la órbita elíptica que permite la destrucción creadora de nuestro colapso tras el choque. La serpiente de todos los principios lo dijo:

-Dile hola y cierra los ojos-.


AUTOR: Juanje Frayfregona

miércoles, 13 de mayo de 2015

Del placebo de la solitaria sonrisa interior y la morfina del surrealismo



"(...) Y el aplauso surgió de dentro."
(Observación anónima, externa, de un Otro cualquiera consultado al azar).

La práctica del autobombo carece de
estudios serios recogidos en
publicaciones serias

Las muestras extraídas
por su naturaleza manual y
metodología abstracta
heterogéneas y
heterodoxas

Algunas
producto de manos ahuecadas con
tendencia al eco grave y repetitivo

Otras
tímidas
llegan con un casi inaudible
batimiento de las segundas y
terceras falanges de ambas
manos

La mayoría
palmas estiradas con
inusitado esfuerzo intentando
vanamente abarcar toda su
amplitud y registro sonoro

Así
las conclusiones resultan a
su vez dispares 
a saber

A menudo la confusión anima a
catalogar las primeras como el
intento patético de una dulce
hipnosis colectiva mediante
cantos gnawa dirigidos desde
un Yo a los Yo de los Otros

Las segundas
circunscritas siempre a las 
áreas independientes entre sí
semejantes a pequeños rediles
que se encuentran en el interior del
círculo y el exterior del
polígono cíclico a modo
de suave autosugestión

Las terceras
siempre
repito
siempre
subsumidas dentro de la poderosa
brisa que eleva la carpa de un circo
lleno de enanos malabaristas e
inocentes ornitorrincos empujados
por sus altas y atrevidas miras

Y es así
como
a través de hercúleos sueños y
sus brumas
consigo
apenas
no dejar de sobrevivir.



AUTOR: Juanje Frayfregona

viernes, 8 de mayo de 2015

Por si acaso la palme hoy, que quede constancia



Intuyo el absurdo
con su anchura
infranqueable
sobrevolando en
paralelo una laguna
de agua amarga
de color indefinido e
indefinible
ni casi ni ocre
ni casi ni azul
donde se incuba la
imperfección de una
causalidad llena de
excepciones

Lo aleatorio
como ley
es la confirmación del 
sentido circular del
viento

impar y negro

asentada en la
costumbre del
hombre
mudo ante el abismo
del despropósito
elevado a la categoría
de mandamiento
grabado en La Piedra

A ratos
pocos
el desprendimiento
momentáneo del
fardo
lo consigue el 
primer sol de la
primavera
tenue pero
caliente
o el gateo torpe y
valiente de una
sobrina tras las
sombras de los
pasos de animales
parlantes
o quizás tú
pero no depende de mí
ni casi de ti
los planetas se
alinean en muy
raras ocasiones.


AUTOR: Juanje Frayfregona

viernes, 24 de abril de 2015

Reflexiones antepóstumas

Reflexiones ante póstumas del tercer y verdadero padre de Leopold Bloom sobre: el amor; la locura; la pérdida; la soledad; el olvido; el arrepentimiento; la redención a través de la muerte; el mercado laboral; la política penitenciaria y el esnobismo, más concretamente dentro de éste, de cómo un espléndido y ostentoso sofá granate, pasó del escaparate de Roche Bobois al salón de estar de una humilde higienista dental.


Llevo demasiado tiempo frente a este espejo buscando respuestas. Al menos una, que suponga la llave para un relato factible de hechos concatenados, que me ayude a identificar los hitos y las causalidades, a comprender. Una sola, no importa que sea pequeña, inverosímil, peregrina o incluso falsa, pero que sea, tan solo necesito que sea. Ya solo ansío despejar la incógnita, resolver el enigma, cerrar el círculo.

Demasiada arena, desiertos enteros pasando por el lánguido, fino y estrecho paso de los conos enfrentados. ¡Sí! ese ruido constante y mortificador, al parecer, inapreciable para los oídos de los demás y, sin embargo, ensordecedor para los míos. Lo oigo, el tiempo suena, el minúsculo y alineado grano, grano a grano, el roce con sus semejantes, deslizante fricción; empujones a través de la cristalina estrechez que amplifica la estridencia; la pelea por ser el primero en dar la razón a Newton, la gravedad del tiempo que, pese al coeficiente de rozamiento de los deseos, anhelos desacelerantes, aún así, provoca invariablemente su caída en el nunca y vuelta a empezar. Sísifo enfundado en un roído bluyín, con el torso desnudo, los brazos entumecidos, los talones hundidos en la arena húmeda por el perpetuo sudor, subiendo grano a grano a grano a grano, a grano.

Ya no distingo si el tiempo discurre en el sentido que debiera o, si por el contrario, lo hace en sentido inverso al natural de su marcha; intento infructuosamente crear una nueva realidad al revisitar un tiempo y un espacio ya muertos, como espectador privilegiado, sentado en lo más alto del graderío, donde apenas se distingue a los protagonistas del decorado, imposibilitado del todo para la actuación sobre los hechos acaecidos, para la rectificación, por tanto, negada toda redención. No puedo fiarme de la realidad que me intenta imponer mis sentidos, sentidos que se alimentan de recuerdos, información guardada en un disco duro dañado ¿Qué es real o lo fue en su momento? ¿Qué interpretación? ¿Qué anhelo de ser? Erráticos informes de un exterior que ya no es, que no pueden desembocar en otra cosa que no sea una realidad fallida, ilusoria y nebulosa. Memoria. Recuerdo. Falacia.

Esta arena sonora, hueca, gruesa, áspera, se mezcla con palabras apenas susurradas, afloran de nuestras bocas en un idioma ininteligible y cifrado, conversaciones enteras:   -Aflajasme la vestimenta quo vasu gri dus fatis- te oigo decir con ira mientras yo te contesto con condescendencia -Ni se me gasta por fa dolmeta-. Tras un rato de calma, no mucho, un nuevo exabrupto tuyo me pone en guardia –Al menos jiorava el soporbufo de la gimanta- a esa ni te contesto, me giro y sigo a lo mío, con mi nariz entre los pechos de Molly mientras Leopold encuentra por fin su patata. Así horas interminables, desentendiendo lo aprendido y desasiendo lo aprehendido, desmontando el paraíso con una sutil y silenciosa excavadora armada con una inmensa pala blanca tatuada con jeroglíficos negros. Luego, después del triunfo del hastío y el hartazgo, todo termina súbita e irremediablemente con un grito, un desdoblamiento del yo en el que apenas te reconozco, un arañazo sostenido en el aire húmedo con el que pones punto final a la discusión: -¡Herkadia xi das la vuelta enfrastizado!-. En este mismo instante me queda claro que esta noche no toca amalar el noema, no habrá abrazo, caricia ni beso, siquiera dormir juntos cada uno en su parcela registrada del lecho, dando la espalda al nuevo extraño; extraditado de la alcoba, como únicos compañeros el fin de emisión, una charla con Jean Valjean acerca de las singularidades femeninas y el zumbido, el puto zumbido.

En mi nocturno destierro continúo lamiéndome las heridas producto de la batalla perdida, me invade el desaliento y una sensación de inexplicable extravío; mi cuerpo se amolda como una mano a un guante, la práctica casi cotidiana ayuda al reconocimiento mutuo, al sofá granate que compramos en aquella bonita tienda. ¿Recuerdas? A diario nos deteníamos unos minutos delante de su escaparate, parada obligada antes de llegar a la clínica donde acababas de renovar tu contrato en prácticas de un año, que orgullosa estabas de tu título de higienista dental. Solíamos ir, de cuando en cuando, a soñar con el lujo y la opulencia, probando sillones inaccesibles hasta que el estúpidamente estirado y seco dependiente nos llamaba la atención; jugábamos a tomar café en mesas de otras alturas, no la nuestra, a las que solo pudimos acceder en tiempos de liquidación: “Liquidación y cierre por inminente extinción de Nuevos Ricos, descuentos del 80%”.   -¡Que se jodan!- gritamos al salir de la tienda con nuestro sofá  de diseño italiano.

Tras dos desiertos y medio el granate asiento mutó de mueble a metáfora, de lujosa imagen de estatus ficticio, parecer ser no siendo, a prueba irrefutable del deterioro; de las seis robustas patas de antaño, ahora cojeaban dos, nosotros; se nos fueron descosiendo las costuras hasta brotar el relleno deshilachado; se nos quebró la piel, deshidratada, otrora turgente y ligante, aplacadora de la fuerza centrífuga, freno a la expansión y dispersión del Big Bang de nuestro Nosotros. ¡No lo entiendo! No se si fue un proceso erosivo, silente, de esos de los que no te percatas hasta que se te caen los pantalones en público y adviertes, solo entonces, que la inanición voluntaria y programada ha llegado demasiado lejos. La esencia con los accidentes por los tobillos, con el culo al aire, desnuda y desprovista de significantes, llaves perdidas de puertas cerradas, de escapatorias a mundos de conejos parlantes con relojes de pulsera. ¿Sin accidentes dejamos de ser esencia? ¿Esencia y accidente en el mismo plano? ¿Qué somos como individuo único si no accidentes? Ser dentro parte del Todo nunca lo he considerado ser. Para mí ser siempre es fuera, solo, individual y distinto. No se si uno se puede desligar de los demás o precisamente ese afán, imposible de conseguir, es el que te persigue como una polla gigante llena de chinchetas dándote por el culo aún con el orto sellado con plomo. ¡Desprecio esa mierda! ¡Yo me considero accidente!

O por el contrario un instante, conglomerado de azares  que confluyen en un único punto donde se concentran y desvelan las bifurcaciones del destino multiplicando exponencialmente las posibilidades de errar, de perderse tras la puerta que aparece tras la puerta que esta situada tras la puerta. Abrirla y… escuadrón de la muerte, emboscada guerrillera, pero… pero… pero… ¿Qué instante? ¿Qué sucedió? ¿En mí? ¿En ti? Busco respuesta en el reflejo de estas ojeras perennes, oscuras huellas de noches eternas, repletas de espejismos voraces que no llegan a ser nunca sueños profundos por culpa del maldito insomnio, en las que oigo llover incluso cuando no lo hace. También la lluvia parece hablarme entre dientes, entre gotas, mascullando esquirlas líquidas que me atraviesan. ¡Este susurro me va a volver loco! Entorno los ojos hasta casi cerrarlos, distorsiono la imagen que me devuelve el espejo, y es entonces cuando parece intentar comunicarme algo. Por ahora es ilegible. Soy incapaz de atisbar, siquiera de adivinar a sorteo entre las más cotidianas o comunes, una explicación a este desastre. A esta vida en muerte, mi vida, tu muerte. Rebobino nuestra película con la tecla del play pulsada y no aparecen villanos ni traiciones ni sospechas ni alarmas ni signos ni señales ni indicios, mucho menos pistas o premoniciones. De esta especie de trailer surrealista y acelerado saltan fogonazos que me hacen estremecer. Tus rizos insumisos, rútilos ficticios premeditadamente desajustados; tu altura inagotable, los ojos sonoros y descalzos; el andar azul de tus piernas llenas de juvenil músculo. Las primeras caricias, abruptas, inexpertas; la impericia de mis manos, el dolor y la risa; una risa desconocida hasta entonces, líquida y caliente, risa que se fue convirtiendo en carcajada cuando este inexperto se transformó en habilidoso profesional. Los dos aprendimos al unísono. No solo nos descubrimos el uno al otro, nos descubrimos a nosotros mismos a través del Otro. Esa parte del Uno imposible de ser revelada en soledad; la lección consistía en sucumbir a la pulsión  primaria de deshacerse en el Otro como un azucarillo en café recién hecho, que cambiara de sabor, que al sorberlo y paladearlo supiera oliera sonara a algo distinto a cada uno por separado, a Unidad.

Ahora soy incapaz de recordar e identificar la última carcajada, ubicarla en el tiempo y en el espacio; entre los dedos de mi memoria apenas queda un puñado de ellas, el resto resbalaron gélidas en dirección a los codos y, de ahí, caída libre al agujero negro de la nada. Esa estentórea y mil veces repetida carcajada, desgastada, entibiecida, en algún momento se transformó en anodina sonrisa funcionaria. Roída por algún ratoncillo perdió brillo, cuerpo, presencia, decencia. ¡Ahora solo queda esta incipiente y galopante demencia! ¡Me niego! No puede ser suficiente. Tal vez tus celos, ridículos y extravagantes, de Molly, de Teresa, sobre todo de la Maga, cuanto la odiabas; la incomprensión mutua ensanchada por interminables silencios, el desembarco de la tristeza y los delirios en el antiguo paraíso, ¿fueron ellas las que te desplazaron o tu la que se distanció?

2,10 de ancho por 3,05 de largo. Inmenso espacio diáfano henchido de desasosiego, que feliz sería el portugués aquí; campo de juego permanente de la vaguedad y la locura, tenaza sensorial labrada a conciencia por mi permanente estado de consciencia, el espacio como un personaje más en este Circo, y tu ausencia… nunca una ausencia había ocupado tanto, una Nada ocupándolo Todo. Un estante fijado con ahínco a la pared como mesa, un ascético catre y sanitarios de pulcro y pulido acero inoxidable. En esta puta celda acolchada no me dejan tener nada que sirva para dar fin a este fin infinito, cíclico y recurrente, a esta decadencia y podredumbre cotidiana, apestar a cadáver estando vivo. En la mesa, mirándome descaradamente a los ojos, casi retándome, el papel recién profanado con estas amontonadas letras; a mi izquierda, más papel con más mierda: Bloomsday, mi última bosta pretenciosa, y Sentencia firme, mini disección de mi debacle, las dos aplastadas por la inmensidad de la más reciente edición de En busca del tiempo perdido, preparada para su, casi con total seguridad si todo va según lo planeado, inconclusa tercera lectura; un bote de tinta comestible y varias plumas de ganso. No entiendo este insano e irracional afán de impedir mi muerte; el incordio de mi cuidado, el gasto a cargo del erario público de las instalaciones y la manutención, surrealismo elevado a la enésima potencia. Impedirme la fuga de mi cuerpo. ¡Malditos seáis todos mil veces! Solo deseo que cese este zumbido, ¿es mucho pedir?

-La mató por que estaba loco- les oía murmurar en la sala. Que sabrán de nosotros esos estúpidos. -Fue por los libros- decían otros. Burdas especulaciones, todo por mi alucinógena confesión de la noche de autos: -No podía concentrarme- balbuceé   -Ella quería que le dedicara tiempo- repetía -Ahora podré releerlos- sentencié. El Tribunal también sentenció, “Artículo 139: Será castigado con la pena de prisión de quince a veinte años, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes: 1ª (…) 2ª (…) 3ª Con ensañamiento, aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido”.

Y aquí estamos, a las puertas de mi propio Auto de fe, página quinientos cincuenta y cinco, la biblioteca ardiendo y yo sin petróleo, Peter Kien en su escalera y yo en la mía, improvisada, preparada para el último salto, esta vez sin números escritos con tiza en el suelo… ni Cielo. Ya falta poco para volver a vernos mi amor, todo está preparado. En un principio tenía dudas sobre la manera de ir a tu encuentro, pero creo que la decisión, por fin es la acertada. El plan A consistía en arrancarme en sueños la lengua de un mordisco y morir de asfixia al tragarla, total y definitivamente descartado por falta de la valentía necesaria e imposibilidad de ensayo previo. El plan B era separar los ojos de sus cuencas con mis propias manos para, en primer lugar, no volver a verte en mí al mirar este diabólico espejo de pulpa blanca, empeñado en devolverme tu cara llena de sonrisa como método de tortura penitenciaria y, en segundo lugar, si acompañaba la suerte, morir desangrado; igualmente desechado, en esta ocasión, por manifestar una dificultad extrema en la ejecución y, por otro lado, los riesgos de quedar vivo e impedido para proceder a la consecución del objetivo final eran evidentes. Por tanto, solo quedaba una salida, el plan C: la paciencia. Mucha paciencia hay que tener para ahorcarse con hilo dental; dejar de limpiarme los dientes durante meses no, durante años, diez ya; guardar escondidos los rollos de hilo dental, estirarlos, trenzarlos, unir unos con otros hasta formar una cuerda que soporte mi peso, que permita ahorcarme o, mejor, que me corte el cuello en la primera sacudida. ¡Sí! Que me corte el cuello sería lo justo. Ya estoy imaginando las cabeceras de los diarios y los artículos sobre el caso, a toda página: “La redención poética del asesino de la higienista dental”, espléndido titular. La sangre de mi yugular salpicando al enfermizo Proust, mientras, aún caliente, resbala hasta llegar a mis manos todavía manchadas con tu sangre. Heroico.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

jueves, 16 de abril de 2015

A la vergüenza de la barbarie y a la heroína que lo derrota


El vientre sembrado con
la semilla del tirano

El miedo no consigue
doblegarla
Apenas satura sus ojos
de una especie de espesas lágrimas
incapaces de recorrer las mejillas

Aprovecha la diástole del verdugo y
el recuerdo del último golpe para
alimentar el ansia

Harta de ejercer como yunque
del patético e infame Vulcano viste
las alas prestadas de Ícaro
sin miedo al sol ni a la
intemperie

El juramento es claro y rotundo
ya
tan solo permitirá
los dulces golpes de la simiente


AUTOR: Juanje Frayfregona

martes, 31 de marzo de 2015

La maldición filosófica



Estoy cansado
que conste
estoy
no me siento
de sentir me refiero
sentado estoy
por que se está sentado
no se siente sentado
perdón
sí se siente sentado de sentir
como se siente estando de pie
pero ya sería usar dos verbos confusos y 
ahora mismo pelear con uno me basta

Así que me levanto y
permaneceré de pie hasta
llegar a alguna conclusión
satisfactoria al respecto del
asunto que ahora me concierne

Al meollo

Hace varias semanas que mi
mujer insiste en que soy otro
el mismo pero otro
el mismo pero distinto y 
no se refería a la persona
mi persona física
mi carne 
mi cuerpo
ni a la forma de comportarme
o de hablar ni mi actitud
para con ella o los demás
dice que mis silencios también
son los mismos de antes y que
los coloco en los mismos lugares
al comienzo y al final de las
frases sean éstas subordinadas o no
antes y después de las comas como
anunciándolas y luego recreándome
sobrevolando los puntos suspensivos
todo eso 

al parecer

continúa invariable

Se refería 
dijo 
a la Esencia
con E mayúscula
pero no es nombre propio
ni tampoco propia de nadie
al parecer
dijo
propia de si misma
me cuesta entenderlo

Al principio no le di importancia
-cosas de ella- pensé
pero con el paso de los días 
su pertinaz insistencia y 
el ver que en ella yo también
empezaba a percibir cambios
indefinibles e incuantificables
me fue haciendo mella la
necesidad del hallazgo de
algún tipo de respuesta

¿Esencia? ¿Eso qué coño es? 
-¿Y no tiene nada que ver 
con un perfume, seguro?-

Me dispuse a bucear en el océano
donde se hallan absolutamente
todas y cada una de las respuestas
a las preguntas que osa formular 
cualquier ser humano erguido
desde el patronaje de un disfraz de ogro
hasta el alargador de pene más inocuo 
Google
que se pronuncia gúguel 


Lo primero que me encuentro 
es la palabra Essentia y no
entiendo como se pronuncia
la doble s por que si se pronuncia 
igual ¿para qué poner dos?

Luego viene Esse
otra doble s y llegamos 
por fin a lo que parecía iba a ser
el final de mis investigaciones
pronto vi que no 

Ens 
que tan solo tiene una s pero me 
deja igual de perplejo y extraviado
Ens significa Ente
que se traduce como
ser que existe
¡Coño! ¡No me jodas!

Esto en la primera página no
¡en el primer puto párrafo!
Enlaces y más enlaces a nombres
impronunciables desde
la más antigua antigüedad
un tal Platón encerrado en una caverna
jugando a sacar conejos de las
chisteras con sombras chinescas
otro viviendo en un barril
griegos por docenas hasta llegar
al uso ordinario de las corbatas
donde a un Superchachi se le ocurre
matar a un dios inventado por según
a quién preguntes ¡coño!
ni en eso se ponen de acuerdo
uno que el poder para subyugar
otro que los subyugados contra el poder
pónganse de acuerdo que me están liando

Ya a estas alturas me empiezan
a invadir los nervios y el atisbo 
de la ¿realidad? que supone mi 
más que supina ignorancia
-No comprendo una puta mierda-

Continúo leyendo hasta llegar a una
si no final explicación sí por lo
menos punto de partida
un tal Hugo S. Santa Lucia:
“La búsqueda incesante de la Verdad 
con la certeza total y absoluta de su
imposible hallazgo”
Todo adornado con palabras que
no había leído nunca y otras de las
que creyendo conocer su significado
se combinaban hasta convertirse
en inasibles dialectos
Discurso
para discurso el del rey
Naturaleza de las cosas
será del león o del cabrito
Propiedades
fincas y pisos y apartamentos

Todas estas inconsistencias inferidas
desde la descarnada e incongruente
idiomática modernista empiezan
a inflarme las pelotas y siembran
en mí la semilla de un seguro futuro
sopor recalcitrante compuesto
por medio ignoto
un cuarto de epicentro y
otro cuarto de chabacano

Un sentimiento nuevo de difícil
definición me embarga y a punto
de ser estigmatizado desde la
mismísima periferia de la onticidad
acudo al diccionario de la RAE como
último recurso y esta vez en
versión estrictamente en papel: 
Confuso
Inquieto
Ambiguo
Desencajado
Ansioso
Estupefacto
Escudriñado
Posmoderno
Desasistido
y treinta más que empiezan por x

Ninguna termina de definir satisfactoriamente
y por completo mi estado
siquiera la combinación de unas con otras
o su completa sumatoria se acercan

Solo dos palabras consiguen encender
dos pequeñas lucecitas apenas
perceptibles desde este rincón del
Universo: Finitud y Transitorio

La certeza de mi finitud como
componente aleatorio de la totalidad
o como diferencia individual externa
a la misma me hace confiar con esa
misma certeza a la hora de inferir
lo transitorio de mi estado actual o
cualquier otro por el que me quede
por pasar hasta penetrar en la Nada

Ya me lo advirtió mi madre cuando se
enteró que me casaba con una 
licenciada en filosofía
-Guapa es, pero como abra la boca…
… estás perdido-.


AUTOR: Juanje Frayfregona

viernes, 27 de marzo de 2015

Un día de furia



La inalterabilidad de las cosas a pesar de mis actuaciones me lleva, a partir de este momento y sin posibilidad de vuelta atrás, a declinar cualquier invitación al respecto. Los últimos resultados de mi empeño, a partir de hoy antiguo, en alterar, en cambiar el rumbo de los acontecimientos, han sido, no solo desalentadores, si no un completo fracaso. Ruego a los Otros en general, y en particular al Otro que a diario se cruza en mi camino con un folleto lleno de miseria o con un catálogo casi infinito de desdichas numeradas y ordenadas alfabéticamente, se abstengan de llamamientos, peticiones colaborativas e invitaciones a cambiar el mundo o la esquina más próxima. A partir de hoy me da igual lo que suceda en la polvareda de Sudán, en los suburbios de París, en las trincheras de Siria o en el mercado de abastos de Huesca capital. El tiempo perdido en asociacionismos baldíos e interesados me está empezando a producir un dolor en el bajo vientre solo comparable al de la negra y corrosiva gangrena, asociándose por momentos a unas irrefrenables ganas de cagar, de cagarme en todo, sobre todas las cosas, en todos, blancos, negros, amarillos y morados. 

Siempre hay una madre desvalida, un niño enfermo, un anciano necesitado, un torpe inútil o un inútil torpe. Diríase que se reproducen como virus sin cura. Me he llegado incluso a tropezar con provocadores de su propia desdicha, adictos a la mala fortuna, que huían de la salvación delante de mis propias narices, volviendo a ocupar el terreno de la vulnerabilidad a propósito, para disfrutar otra vez, y una vez más, del control sobre el salvador, subyugado por el miserable voluntario y cuasi profesional, ¡no!, profesional de la mendicidad. Por otro lado, ¿cuál es el objetivo, el fin de tanta ayuda humanitaria? ¿Qué se consigue realmente arriesgando, en muchas ocasiones, la propia vida alimentando al niño hambriento en un poblacho de mierda en una mierda de país? Me temo que únicamente prolongar su agonía. Que muera más tarde presa del mismo hambre o de un hambre distinta, que lo mate un kalashnicov en manos de otro niño apenas, solo apenas, un poco mejor alimentado, lo justo para elevar la mira de la muerte hasta la altura correcta, y, que ocurra justo a cinco metros del final de su peregrinaje kilométrico en busca de agua contaminada, eso es el colmo de la puta poética del absurdo. O que una mina en el camino lo deje sin piernas (qué bien, ahora podremos pedir para unas miles de prótesis, para que un fulano, que factura millones en patas de palo, mantenga un chalet y un yate y un jet y una rubia como madre de sus hijos rubios, y otra rubia, cuando no dos o tres o cuatro de plástico, para alternarlas según el ánimo de los días, quizás alguna latina o alguna asiática, hay que cumplir con el cupo, con la globalización). O el SIDA o una simple diarrea o la puta mosca de Disney, la misma que debió picar a la bella durmiente. 

Hordas de seres cuyo único fin en este patético mundo abocado al exterminio pareciera ser dar sentido a las vidas de gente con chapitas en la solapa, alimentar a esa otra horda de, más patéticos si cabe, seres, amantes enfermizos del bienestar ajeno. ¿Bienestar ajeno? ¡De la conciencia limpia! ¡Basura religiosa! ¡Basura panteista! Mercantilismo del buenismo, empresas internacionales dedicadas a vender la necesidad del ejercicio de la caridad enlatada, otra manera de hacerse rico, comisiones a base de misiones. Como empleados, colaboradores necesarios e imprescindibles, un ejercito de chicas sin sujetador y chicos deportista (hippys de pega a tiempo parcial) ¡Marketing! ¿Se han tropezado con algún feo pidiendo para alguna ong? ¿Harán entrevistas y preselección? Y cuando no, te asaltan las maduras acomplejadas, las que creen que le deben algo al mundo por que sus maridos ganan pasta, vaya usted a saber explotando a quién, mientras chicas con el sueldo mínimo interprofesional y las horas extras gratis les mantienen las boutiques abiertas hasta los domingos. ¡Me encanta! Fabricar componentes de ordenadores o smartphones en China o la India, utilizando como lubricante de maquinaria la sangre de impúberes, hay estudios que demuestran su idoneidad y avalan sus propiedades y densidad perfecta. Con parte de las ganancias construir pozos en aldeas perdidas y abandonadas por el Dios muerto para asegurar las siguientes generaciones de lubricantes y que te den el Nobel de la paz. Prefiero a las chicas sin sujetador, las otras me dan asco, verlas de lejos, esa sonrisa cínica y la chapita en la mano, se me ponen los pelos de punta y me invaden unas ganas increíbles de darles una patada en la cara. Ejercito de voluntarios armados con el discurso del cambio del mundo: -Si quieres… puedes-La solución está en tu mano-Ellos te necesitan-Juntos podemos- ¿De verdad no se dan cuenta de que son un engranaje más, por otro lado imprescindible, del afán inmovilista del poder? No tienen ni idea. Anestésico necesario. Esperanza adormecedora. Cantos de sirena. Freno a la auténtica revolución que supondría el asalto de las masas de hambrientos y desposeídos a palo y piedra. -¡No queremos limosna!-¡Lo queremos todo!- 

La dignidad, si existe, me parece todo lo contrario a la miga de pan y al harapo de cuarta mano. Lo contrario a la sonrisa estupefaciente. Lo contrario a la caricia del perro sobre el hombro de la madre con un hijo muerto en sus brazos. Lo contrario a lo que somos. Pero para esa marea de tarados lo importante es la consecución del fin, no importa que sea imposible, lo importante es participar. ¡Hay que joderse! Gente que abandona a su madre necesitada, harta de trabajar toda la puta vida para criar a unos zánganos, alimentarlos y darles estudios limpiando escaleras con el espinazo machacado, y en vez de liberarla de su tortura cotidiana, se van al quinto infierno a salvar no sé qué o no sé a quién o quiénes, en busca de la salvación de la ballena jorobaza o el pelícano de dos picos, creerán que su salvación los apeará de la rueda de las reencarnaciones. Directos al Nirvana. ¡Gilipollas! Un mundo enfilado a su, más temprano que tarde, total destrucción. Una plaga que se retroalimenta, que lo absorbe e invade todo. La aniquilación sistemática del resto de seres vivos. La apropiación, el uso y el término de la vida de los Otros por pura diversión. La insostenibilidad evidente de un sistema caduco y suicida. El exponente final de la irrefutable inexistencia de Dios, única explicación plausible a su no aparición segando cabezas a millones, sembrando de terror entre los aterradores profesionales con dedicación a jornada completa, aniquilando países enteros cual purga imprescindible. La población humana, como marabunta que arrasa a su paso hasta las mismísimas eternas piedras, deglutiendo sin criterio, poseídos inconscientemente por el Afán de adelantar el Apocalipsis. Ese es el culpable, el protagonista, el Afán. Empeño en destruir, diligencia en la destrucción, el anhelo vehemente y la prisa en la consecución del Fin, el aparente deseo de que Todo sea Nada, ya. Nausea, vómito.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

martes, 17 de marzo de 2015

Sesenta y siete metros



Saúl, hoy al pie del imponente Roque Nublo, semitumbado sobre las rocas, acomodó la cabeza donde le permitiera ser, una vez más, el primer testigo del amanecer. No hacía tanto tiempo, apenas tres años, desde que, recibir el primer rayo de sol cada día, allí donde estuviera, se había convertido en una obsesión, un ineludible deber diario; era el soplo de aire que le permitía llegar al amanecer siguiente, sin ese alimento en forma de hálito balsámico, hubiera muerto mucho antes.

Tampoco importaba qué estuviera haciendo en el preciso instante en el que le sorprendiera el perfecto reloj biológico que había desarrollado con el paso de los amaneceres, uno detrás de otro, seguido de otro, todos, sin excepción. Al principio ponía dos despertadores, el del móvil y el de la mesita de noche, justo treinta minutos antes de la hora que la AEMET tenía marcada como el orto para ese día, el asomar de la cabeza del sol. Ese era el tiempo que necesitaba para levantarse de la cama, pasar por el baño procurando no pisar al gato y vestirse adecuadamente, mientras hervía el agua y la tostadora hacía su trabajo, siempre recibía la primera luz del nuevo día con una taza de té en una mano y medio pan tostado en la otra; pero nunca antes de colocar a su lado la foto de los tres mosqueteros y visualizar, una vez más, el día en que formaron el inseparable trío. Siempre le había resultado mágico el momento en el que Jon, amigo de siempre, los había presentado en mitad del nacimiento de un nuevo día, de ahí la recurrente broma, repetida mil veces desde entonces: -Aquí está, al alba… Alba-. En los últimos años en soledad su horario se había vuelto totalmente anárquico, el amanecer lo podía sorprender tanto durmiendo como trabajando, no había orden y del desorden… nació el juego. Sonaba el despertador y entonces, si estaba trabajando en su estudio, ya fuera en una pieza nueva o simplemente bocetando, dejaba caer sin vacilar lo que fuera, lo que tuviera en las manos. Le resultaba cómico estar días, cuando no semanas, ocupando la mente en diseñar, bocetar y luego dejar caer la pieza de cerámica al suelo; a veces parecía que utilizaba como coartada el aviso horario para perpetrar un homicidio cerámico disfrazado de accidente, extrañamente le solía pasar con las piezas con las que estaba menos satisfecho. Nunca le pasó con sus preferidas, con aquellas que, desde un principio, sabía que iban a llegar a buen término, las que demostraban por si solas personalidad, ansias de vivir, respetaba, sobre todas las cosas, esas ansias en lo que fuera. Sabía que hacía trampa y, aún así, siempre simulaba cierta sorpresa y falsa contrariedad. Hacía mucho tiempo que no necesitaba de ayuda para saber el momento del diario amanecer, su cuerpo lo sentía. El amanecer y la fatalidad, dos caras de la misma moneda, la moneda que llevaba siempre en el bolsillo. 

Había conseguido acostumbrarse desde que tenía memoria a su estrecha relación con la fatalidad, la conocía muy bien, llevaban toda la vida siendo íntimos. Huérfano de hijos únicos desde la edad de once años, por culpa de un accidente de tráfico, aprendió muy pronto a vivir con la pérdida. El mismo día que sus padres fallecían lo hacía junto a ellos María, su hermana pequeña, él tuvo la suerte de tener varicela, eso impidió que viajaran todos juntos aquel día. Los que se hicieron cargo de él, sus segundos padres, abuelos por parte materna, también lo abandonaron pronto, tan solo diez años después y con uno de diferencia entre los dos, esta vez por imperativos vitales. Ya cuando se hicieron cargo de él llevaban en este mundo más de ciento cuarenta años entre los dos, setenta y dos años Antonio y setenta Teresa. El juego de las edades venía de lejos, se prometieron y dedicaron desde muy pronto exclusividad en el amor. Ninguno conoció románticamente a persona distinta. El haber vivido prácticamente toda la vida juntos les confería la certeza de una doble vida en común, así, cuando alguien les preguntaba la edad siempre respondían sumando la de los dos, luego, invariablemente, seguían a la perplejidad, las sonrisas tras la explicación. 

Jon y Alba se habían conocido en la primera de las dos expediciones a los Alpes a las que Saúl no pudo asistir. Doña fatalidad y él habían tenido un baile del que salió muy mal parado, rotura de la rodilla derecha y todo lo que ella contenía, no se salvó ni un solo ligamento ni hueso ni cartílago que andara por los alrededores. Tras las consultas a numerosos especialistas, tres operaciones e incontables sesiones de rehabilitación pudo volver a ver la luz, casi dos años después. Dos años llenos de dudas e incertidumbre que, sin embargo, dieron el empujón necesario a su carrera artística, menciones en revistas especializadas, reconocimiento del mundo del arte y algún que otro premio. Ese tiempo de convalecencia le trajo justo lo que a él más le desagradaba, la relación con la gente. Después de este periodo se juró no conocer a nadie más en toda su vida, no quería roces ni voces, las caras y los nombres pasaban por su base de datos sin hacer nido. Se lo tomó como el precio obligado a pagar para su posterior libertad e independencia. Y así fue, tras la recuperación, vuelta a la montaña. Lo profesional al marchante a través de su representante y por mensajería. Pronto abjuró de la pretensión del no conocimiento de otros, más bien de otra, aquel: -Aquí está, al alba… Alba- lo desarmó. Justo en la primera expedición, después de dos años en el dique seco, Jon le presentó a Alba. 

Saúl no concebía la vida sin la montaña. Cuando pensaba en ello no acertaba exactamente a explicar la o las razones de su obsesión, de esa querencia inaudita, tantas veces maldecidas por Antonio y Teresa, por las alturas. No era capaz de verbalizar lo que sentía, nunca tuvo el don de la palabra. Pudiera estar relacionada con que, todavía niño, sus padres, Juan y Ana, lo llevaron frecuentemente de excursión. Siendo su padre aficionado y amante de la naturaleza, no lo era del riesgo, así que sus atrevimientos no iban mas allá de las largas caminatas por senderos bien habilitados, al menos un domingo al mes, y la contemplación de la magnificencia de las vistas desde las alturas de la isla, que con el espíritu aventurero. Los increíbles paisajes de las cumbres grancanarias, el solape del Roque Nublo con el Teide al fondo, el mar de nubes acariciando los riscos, eso y las castañas asadas en los inviernos de San Mateo, eran de los pocos recuerdos claros que tenía de su familia y su niñez. También lo eran, pero de una manera mucho más dolorosa, María y él correteando y saltando como baifas desquiciadas, su madre recurriendo a los tirones de orejas cada vez que, más las veces que menos, las cabriolas se acercaban al borde de los caminos. Tanto era así, que la cara de María y su risa de nueve años era lo único que lo derrumbaba en las noches de soledad. Pero no lo tenía claro. Su relación con la naturaleza de la montaña desapareció con su familia. 

Fue más tarde, cuando coincidió con Jon en la escuela de arte, donde cursaron los dos el bachillerato artístico, que se dedicaron prácticamente todos los fines de semana a visitar la montaña. Jon inició a Saúl en la escalada, lo guió hasta el reencuentro con la contemplación de los paisajes cumbreros y el disfrute de la otra cara del silencio. También intentó adentrarlo en los secretos de libros que Saúl no llegó a entender jamás, lo que pensara Nietzsche, Hegel o cualquier otro filósofo, le entraba por una oreja y le salían por la otra a la velocidad de la luz. Así nacieron sus fines de semana mudos, tras una amenaza de ruptura si se volvía a nombrar al Ser, la Esencia o cualquier otra majadería semejante. Muchas eran las veces que pasaban la jornada entera de un sábado o un domingo sin dirigirse una sola palabra. Únicamente algún irremediable -¡Cuidado!- salía de sus bocas en medio de una cordada. A menudo siquiera en el viaje de vuelta a casa; Jon, tres años mayor que Saúl, conducía un destartalado Mercedes Benz 240 TD que le había regalado un tío suyo después de retirarlo del servicio de taxi, furgoneta que todavía hoy conservaba Saúl. Todo el viaje callados, cada uno con la mente en un sitio diferente, Saúl en sus retorcidas piezas de barro y Jon en sus libros, la única respuesta a sus íntimos interrogantes era el sonido del motor del viejo tanque. 

Tardaron apenas veinticinco minutos en llegar al aeropuerto, a los dos les pareció una eternidad, como de costumbre, ni una sola palabra. Pero esta vez los dos sabían qué llevaba en la cabeza el otro. Alba no había querido ir a despedirlo, llevaba tiempo enfrentada al mundo, el pronóstico no era bueno, seis meses en el mejor de los casos, y ya habían pasado diez. Además el tratamiento agresivo que le estaban dispensando, en busca de intentar, al menos, ralentizar al máximo el avance de la enfermedad, la estaba dejando sin las pocas fuerzas y ánimo que le quedaban. Pasaba los días enrollada en el sofá recibiendo el calor de mustafá, el gato atigrado que había recogido en el parking de un centro comercial diez años antes, causa de las primeras peleas entre ella y Saúl, él celoso, ella indignada por la falta de empatía animal de su pareja. Cuando entendió que el resultado de la elección entre el gato y él no estaba nada clara, retiró el desafío. El felino tampoco es que mostrara mucha simpatía por Saúl, el desamor era mutuo. Saúl descargó de la furgoneta la mochila y el resto del equipaje de Jon, lo colocó en el carrito y lo acompañó hasta el mostrador de facturación del aeropuerto. Desde la fundación del trío soñaron con el Himalaya. Hacer cumbre juntos era el culmen perfecto a sus peripecias vitales y espirituales ligadas a las cimas. Quince años de esperanzas y año y medio de preparación cuando llegó el dolor en el pecho izquierdo de Alba. El mundo se paró en seco, la fatalidad, la vida, volvía a hablarle a la cara. Saúl la escuchó con atención, como lo había hecho el resto de las veces, en silencio, sin ofrecer réplica, hacía tiempo que sabía que el diálogo era imposible, lo había intentado varias veces a los once años, no hubo respuesta. Jon y Saúl se abrazaron, el primero se cargó la mochila a la espalda y enfiló el camino hacia el embarque. Se habían planteado posponer la expedición para cuando Alba se hubiera recuperado. Pronto quedó claro que ella nunca iría. Para Jon era la primera vez en la vida que se veía en la situación que más dominaba Saúl, a pesar de que los que formaban pareja eran los otros, él, el tercero en discordia, el jueves de todas las semanas, no era capaz de afrontar la pérdida. Así, con la excusa de la oportunidad que difícilmente volvería a aparecer, decidió emprender viaje al K2, pensando en que Alba todavía estaría cuando volviera, serían solo dos meses. En el momento en que Saúl miró fijamente la espalda de su amigo, como se perdía entre el resto del pasaje, jamás hubiera imaginado que sería la última vez que lo viera. 

Hacía dos días, que el grupo de Jon no se comunicaba con el campamento base cuando el médico informó a Saúl de que el tratamiento no había hecho el efecto deseado en absoluto, más bien el contrario, desembocó en la aceleración final. Mientras el grupo de rescate se preparaba para el ascenso el mal tiempo no cejaba en su empeño de impedirlo. Las noticias le llegaban a Saúl casi en tiempo real. Si bien el riesgo en la alta montaña se asume como inherente a la propia actividad, casi resultaba patética la situación, Alba en sus últimos días, Jon muy probablemente en la misma situación, y Saúl indemne. Le venía a la cabeza aquella película protagonizada por Bruce Willlis, El protegido, desastres por todos lados y el bueno de Bruce escapando de todos sin pretenderlo. Alba murió sin saber que Jon había corrido la misma suerte dos semanas antes, aún así Saúl le siguió contando detalles de las aventuras de su compañero mientras ella pudo entenderlas, luego, ya no hizo falta. Lo último con algo de sentido que acertó a salir de su boca fue una petición, le hizo prometer que no abandonaría a mustafá, aquel ser significaba mucho para ella y ella significaba mucho para él, todo, cumpliría, cumplió. Dos años y medio tardó el felino en reunirse con su dueña. 

Las últimas semanas había ocupado la mayor parte del tiempo en dejar sus asuntos en regla, no tenía mucho que decidir, sin nadie en el mundo, le parecía justo dejar lo que tenía a su representante, la persona que durante los últimos años le había evitado su detestada relación con el resto del mundo. Salió de noche, su intención era llegar al pie del Roque Nublo a tiempo de ver amanecer, volver a oír dentro de su cabeza, hoy se cumplían veinte años de la primera vez, la voz grave de Jon: -Aquí está, al alba… Alba-. Se levantó del lecho de rocas cuando el sol lucía completo y el calor empezaba a dominar la cumbre, apenas una ligera brisa lo acompañaba debajo de un cielo limpio. Celebró su suerte, no había nadie por los alrededores, éste año el veintiocho de mayo sería miércoles, día laboral, eso ayudó a su ansiada soledad. El resto del día lo dedicó a la contemplación, fue mezclando los paisajes que le brindaban sus ojos con los que llevaba dentro, los encuentros ocurridos con los que jamás tuvieron lugar: Alba riendo a carcajadas con la pequeña María; Antonio y Teresa compartiendo mesa con Jon, el irredento; Juan y Ana celebrando las bodas de plata en un mirador de los Alpes. A medida que avanzaba el día y el reloj se llenaba de horas Saúl se iba vaciando, faltaba ya poco para el comienzo del ocaso. Guardó todo lo que había llevado en la mochila, incluido el abrigo, no le haría falta. Emprendió la ascensión hasta la cima con calma y los ojos cerrados, habían sido tantas las veces que los agarres buscaban sus manos, la roca se inclinó ante él para elevarlo por encima de su cabeza. Justo coronó cuando el sol empezaba a hundirse en el horizonte, el fuego inundaba el Teide proporcionándole un aura inenarrable, el rojo, el amarillo y el ocre se fundieron y desparramaron cubriendo lo que alcanzaba la vista. Cuando se cernió el negro azul de la noche y ya solo quedaban las titilantes luces colgadas del eterno decorado, Saúl siguió ascendiendo, sesenta y siete metros.


AUTOR: Juanje Frayfregona

viernes, 13 de marzo de 2015

Avísenlos a todos


Avisen al lobo y su manada
A la dentellada del grupo
Al acecho y a la destreza

Avisen a la serpiente y su lengua
Al sigilo extremo
Al colmillo y el veneno

Avisen al cocodrilo y su cola
A las fauces sin medida
Al cepo de las orillas

Avisen al oso polar y al frío
A la zarpa en el hielo
A la fuerza del glacial

Avísenlos a todos
A todos que se escondan
¡Ahora! Ya se ve a los hombres llegar

Aquí están para vestirse con el lobo
Arrojar a la serpiente del paraíso
Alzar el pie disfrazado de cocodrilo

Aquí llegan en inmenso grupo
Acechando sin destreza pero fieros
Arrojando por la boca veneno y fuego

Ahí veis erguidos a los antiguos monos
Alegres matando y cocinando osos
Al fin incendiando del norte y sur los polos.


AUTOR: Juanje Frayfregona

martes, 10 de marzo de 2015

Horizonte interior


Voy corriendo a la máxima velocidad que 
dan mis enclenques piernas
La línea del horizonte es mi meta

Allá
a lo lejos
me espera ondulante por el calor del desierto

Miro a mis pies
No me había dado cuenta hasta ahora de la
cantidad de guijarros que alberga el camino

Sorteo los de mayor tamaño desviándome
momentáneamente de la línea recta trazada
Los de tamaño mediano los dejo atrás de un salto
Los pequeños los voy aplastando aunque el
esfuerzo me comienza a hacer mella

Llevo así bastante rato pero no recuerdo
exactamente cuándo empecé a correr y
la distancia que me separa del horizonte
no parece disminuir

No he visto el hoyo y mi pie izquierdo se ha
hundido en él 

El tropiezo me hace besar la lona
ahora entiendo mejor a Foreman

Giro hacia mis ojos las palmas de las manos
me arden
Infinidad de pequeñas piedrecillas dibujan
constelaciones de rojas estrellas

El golpe es pequeño pero
aún así
la rodilla sangra a borbotones

El polvo se mezcla con el olor a sangre fresca
El vapor empaña mis gafas y no me queda
más remedio que quitármelas para seguir
mirando hacia delante 

Resulta curioso
sin gafas veo mejor
La caliente y ondulante línea se ha transformado
en clarísima y rotunda recta
De hecho
si bien no puedo asegurar que se esté acercando
parece menos distante

A ras de suelo el aire es más limpio
se respira mejor

Creo que me quedaré aquí un rato.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

jueves, 5 de marzo de 2015

Tres letras (tres miradas)


V

En el vértice del vórtice
el viento vuelve vago mi vuelo

Viro avante en vano la vela
No hay viso de vencer al verdugo

Violenta verdad

Veo mis vestigios vacilantes
visiones vacuas
en la vaguada del valle.


D

Desvelar tu dorso desnudo
desaloja la desgana de mis dedos

La decisión de doblar la dosis de ti
me doblega definitivamente

Al darte sin dique
desisto de la defensa
declino dejar de ser dañado

Desafortunado dictado del destino
Demasiado bien dominas el dolor


S

Salvaje sicario su socio
ese sostenido silencio

Sicóticas y sesgadas sospechas
socavan mi sosegado sueño

Suponerla suave sin mí
sobre su sexo otro sujeto 

Simiente de serpiente

Siquiera la sabiduría en la sutura 
sería suficiente sostén sanador

Sereno 
sopeso el suicidio

Sangre sobre sus sábanas.


AUTOR: Juanje Frayfregona.

miércoles, 4 de marzo de 2015

MICRORRELATO'S DAY (2)



Con o sin alas...


Estaba volando.
Esta vez era de verdad y no era un deseo de sus sueños. Ya se lo había visto hacer a demasiados superhéroes en la pequeña y gran pantalla. Ahora era él el que volaba. 
Pensó que iría a visitar a su madre, al otro lado del charco. Ahora sería fácil. 
Pero no quería ser maleducado y antes se despediría de su cuerpo, allá abajo. El que estaba postrado y perforado por infinidad de tubos, con demasiada gente nerviosamente atareada a su alrededor. 


AUTOR: Jesús (Archimaldito)


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En la línea de fuego

Justo cuando abrió la boca en un intento de gritar para pedir auxilio, se le hinchó la lengua, tal era el volumen que incluso empezaba a dificultarle la respiración. Recordó entonces las palabras de su madre: -Cuidado con las abejas, no juegues nunca con ellas, recuerda que eres alérgico-. Su vida era un continuo riesgo. Militar retirado con más de quince misiones en el extranjero a sus espaldas, donde hubieran tiros, allí pedía destino, indemne de todas. ¿El resultado? Tres hijos que no le hablaban y dos divorcios traumáticos. Únicamente lo mantenía en pié la adrenalina, un vicio como otro cualquiera. Ahora, jubilado y solo, apicultor.

AUTOR: Juanje Frayfregona.


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La escopeta

La escopeta me apunta a la cara. Yo se la he puesto en las manos. Yo la he cargado. Noto el líquido bajar por mis piernas. Hoy no tengo miedo. Supongo que el cuerpo lo hace por costumbre. Me insulta. Nada nuevo. El mismo "zorra" aburrido de siempre. No es un hombre original. Pensar, lo que se dice pensar, no piensa. No puedo decir que discutimos porque lo hace él sólo. Le tiembla el pulso ¡qué gracioso! Vamos dispara, valiente. No lo hace. Hoy se va a rajar, faltaría más. Le sonrío. Tengo el poder. Puede olerlo. Lo oye. Ira. Más ira. Rabia. Más rabia. Dispara y...boom. Su cabeza a merced del viento. Si es que pensar, lo que se dice pensar, no pensaba. 

AUTORA: Raquel Ortega


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Un oasis

En el medio, un ojo de agua emerge y fluye, un manantial para aliviar a los seres errantes como tú. Les llaman Petenes, yo les llamo oasis, solo que alrededor no hay arena, es agua salobre, marisma y manglares. Si caminas entre los árboles, puedes escuchar el viento sobre las ramas, es como una ola, una suave caricia que circula a tu alrededor, un lento respirar. Y si te quedas el tiempo suficiente también podrías escuchar el paso de una tropa de monos entre las ramas, el grito agudo del halcón, el chillido de un puerco de monte y el estruendo de un disparo ahuyentando a las aves.

AUTORA: Karol A.


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Un cometa

DESDE ABAJO MIRÓ COMO IBA DESCENDIENDO EN CAIDA LIBRE HACIA EL BOSQUE…, DEJÓ TODO LO QUE ESTABA HACIENDO Y CORRIO HACIA DONDE SU LUZ LE INDICABA QUE TOCARÍA TIERRA. POR SUERTE LLEGÓ JUSTO A TIEMPO PARA TOMARLO EN SUS BRAZOS Y EVITAR QUE SE ESTRELLARA. ERA EL CUERPO CELESTE MÁS BELLO QUE JAMÁS HUBIERA TENIDO EN SUS BRAZOS… LO LLEVÓ A CASA PARA CUIDARLO. AHORA YA TENDRÍA UNA LUZ QUE ILUMINARA SU VIDA.

AUTOR: Carlos A. Suárez G.


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¡Perdóneme Padre!

Los feligreses ya se habían marchado hacía más de dos horas, por eso se asustó al oír cerrarse la puerta del confesionario. –Perdóneme Padre, porque he pecado- La voz era muy joven y el viejo cura ya había tenido demasiados cuernos, mentiras y acusaciones infundadas, por hoy. Su voz tronó ebria dentro del reducido locutorio. – las mujeres me repudiaron demasiadas veces, como para poder ser progenitor de nadie… y, lo más importante, tus pecados no serán jamás redimidos en éste mundo, cuando llegue tu hora tendrás que responder por ellos, así que, tú misma- No había acabado de escuchar los apresurados pasos de la joven alejarse, cuando el cura dijo elevando los ojos. –Perdóname Padre- 

AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 25 de febrero de 2015

La pereza de la existencia



La vida parecía fácil y las instrucciones a
seguir claras y sencillas

El plan consistía en dedicar veinticinco años
a una educación dirigida a un futuro
desarrollo profesional productivo
No suena muy divertido
No pudo ser
Me venció la pereza

Dediqué el tiempo justo a una educación que
no alcanzó para otra cosa
que no fuera comer todos los días y 
tener un techo lo bastante grande
como para cubrir mi cuerpo cuando lloviera

El plan consistía en dedicar cuarenta años 
a sacar rédito de esa educación en una
muy productiva actividad profesional
Tampoco parece muy divertido
No pudo ser
Aquí también venció la pereza

Trabajé en muchas cosas y siempre que pude
no trabajé

El plan consistía en dedicar cincuenta años 
a encontrar una pareja que tuviera análogo plan
formar una familia y acumular descendencia
regar el entorno con legado genético
Podría parecerlo pero no es divertido
No pudo ser
Me daba una enorme pereza

Tuve unos cuantos amores
fueron llegando y partiendo cuando quisieron
algunos se fueron por mi pereza otros por
tener la pereza más grande que la mía
Cuando no quisieron irse
me fui yo

El plan consistía en cultivar con dedicación
durante toda la vida unas amistades que
acompañaran todo lo demás
El objetivo era que estuvieran cuando se les necesitara
Tiene pinta de ser divertido solo a ratos
No pudo ser
Nueva batalla ganada por la pereza

Los amigos fueron entrando y saliendo
de mi vida según les fue pareciendo
ahora quedan menos que dedos en una mano
Extrañamente aparecen cuando se les necesita 
sin llamarlos
Extrañamente estoy cuando me necesitan
sin llamarme

El plan
en definitiva
era tener una vida larga y próspera

Mi vida no ha sido larga ni pretendo que lo sea

Encima y debajo de cada pereza
a ambos costados de cada pereza
en cada espacio entre pereza y pereza
dentro de todas mis perezas
fui mi constante compañía
nunca me abandoné
nunca me fallé

Cuando llegue la hora de abandonarla
lo haré sin más
ese día no tendré pereza




AUTOR: Juanje Frayfregona.