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miércoles, 20 de mayo de 2015

Al pie, del Verdugo


Hay personas tan lejanas, parapetadas en sabe Dios que desconexión con la empatía, que un día se levantan creyéndose en el derecho de comentar cualquier cosa que se publique en Internet. Y por supuesto que creo en la crítica: en la constructiva anotación o apunte que enseña e instruye, aportando un ejemplo para que visualices las mejoras conllevadas. Por supuesto que sí. ¡Estaría bueno! Lo obvio no tiene respuesta. 

¿Pero me podéis decir que tiene este comentario de instructivo?

"No esta mal, pero estaría mejor que te decidieras, o por la rima, o por el verso libre. Personalmente prefiero el verso libre, aunque en este tuyo, creo que seria mejor rima completa. Cosa de pensarlo un poquillo"

Y digo yo que para algo está el icono del ME GUSTA, o simplemente pasar de largo, o siendo más justos decir. NO ME GUSTA. “Me quedé con la sensación de que el Verdugo me había perdonado la vida a última hora, sacrificando su pie con el hachazo desviado”.

No lo sé, pero estoy casi seguro que la literatura poética lo aguanta todo. ¿O está todo escrito ya como con las matemáticas? Las normas establecidas tienen dos caminos, o seguirlas o abrir una nueva senda. Suelo recordar mucho esta frase, entendiendo que desgraciadamente existe la irrefrenable verborrea, pero “si lo que vas a decir no es más bonito que el silencio, cállatelo”

La respuesta no se hizo esperar, y creo que no vendiendo nada, ni pretendiendo más que liberar mi mente, no pude refrenar mí impulsiva contestación. 


-el día que escriba UNO SOLO de mis textos pensando en cómo le gustaría a alguien que los realizara, creo que me convertiría en una especie de “caníbal”. O sea, que me tendría que comer mi propia “ALMA”. Por cierto, una vez tuve un perro que, mientras le enseñaba a dar la patita, a sentarse, o a hacer sus necesidades en la calle, le decía “no está mal” ¿Sabéis lo que pasó?.... ¡fue muy curioso!…. Todavía lo recuerdan en mi barrio (se comió su alma). A partir de entonces le tuve que llamar “DESALMADO”, ¡creo que nunca le gustó ese nombre!-

Las cosas no se piensan un “poquillo” o se piensan o no se piensan. Llevo 50 años decidiendo cosas, y escribirte esto ha sido mi última decisión de hoy. Ya ves, me estimulas.

Si por un casual, mis palabras hacen brotar una perla desde tus hermosos ojos, házmelo saber. Me encanta cuando algo que escribo conmueve. 

Por cierto, siempre he querido hacerme un tatuaje, ¡qué mejor ocasión! Me grabaré cerca del corazón esa frase (no está mal), cuando alguien me pregunte, la respuesta la tendré clara. Cosas del ALMA. 

Gracias por usar tus dos últimos “comodines” conmigo: el de “hoy me levanté crítico literario” y el de “voy a encaminar la vida a otro puto idiota”. 

Te lo agradezco en el ALMA.

¡Uff, que a gusto me he quedado! Creo que voy a llamar a Ferran Adriá para comentarle que no mezcle alcachofas confitadas con trufas y emulsión de wasabi, si lo va a servir en un sorbete… ¡Jope!…


Ya veis, no es que no me gusten las críticas, lo que no me gusta es la “lejanía y la falta de empatía” de las mismas. 

Bueno, creo que a ella tampoco le gustó mi respuesta.



AUTOR:  Carlos Suárez

martes, 12 de mayo de 2015

El grandioso reino del AMOR


En el grandioso reino del Amor, hay un sinfín de cortesanos sorteando fidelidad y tramando complots. Como su hijastro “Cariño”, nacido bastardo de su unión con la ingenua y joven campesina “Ensoñación”. El Rey quisiera sentirlo como legítimo, pero no da la talla, tan solo revolotean sus sentimientos sin lograr su inmensa majestad. Y libra sus batallas sin conseguir llegar a su corazón, mecido en su imaginario columpio de aprecio.

“Ternura”, la agradable infanta, tampoco obtiene méritos suficientes. Su seductor carácter jamás conseguirá llamar su atención. Ni el calor de sus delicadas manos, ni su encantador rostro, disipan el recuerdo de una Reina.

Sus subordinados “Afecto” y Apego”, intentan atender sus muchas necesidades, pero el Rey está triste y solo, e intenta calmar su afligida alma en los brazos de su madre “Amistad”. La única que le comprende y con la que se sincera sin miedo alguno. En la que apoya su soledad más que evidente.

Ni sus primas carnales, con las que jugaba desde niño, “Simpatía” y Adhesión” que se hallan muy lejos, pueden enjugar sus lágrimas en sus afectuosos brazos.

Y por eso el Rey está solo en su trono. Después de la muerte de la Reina “Pasión”, la que mejor lo entendía, aunque fuera a ratos, y a la que echa muchísimo de menos.

Ninguno se puede medir a él. Es la implícita soledad del Rey en su reino. Donde reina sólo. “Amor” el Coronado.


Rodeando al Amor 
hay muchas cortesanas palabras, 
más solo emiten su rumor, 
mientras ella se alza solitaria.


AUTOR: Sergio Suárez.

jueves, 7 de mayo de 2015

El sueño de todas



Mireia, corre por entre bambalinas mientras Luigi intenta ordenar las alborotadas ondas de su largo pelo rubio. En el Backstage, otras cincuenta personas atienden las necesidades de las exhaustas modelos en el último desfile de la temporada. Los intensos focos, que a saltos la ciegan, emiten un calor insoportable, “aun recuerda la ocasión en que se permitió pedir que bajaran su intensidad, añorando el sol de su evocada Copacabana, para recibir unas expuestas risas que nada añadieron más que indiferencia a raudales”. Quince angustiosas horas en pie la habían llevado a seis escenarios distintos. –Raras son las sombras que no machan un sueño- le decía su abuela para bajarla a la tierra, a la que tanto quería y echaba tanto de menos: varias sesiones fotográficas, pruebas de vestidos y otros tantos eventos publicitarios, sin apenas probar bocado. Todavía, muerta de risa, se revuelve en su enorme bolso la mitad de una barrita energética desechada a media mañana para llegar al peso obligado por esta última Agencia que contrata bajo unas estrictas reglas de tallas.

A Luigi se le quiebra el corazón cada vez que su antebrazo roza el esquelético cuerpo de esa criatura: de esa niña de apenas diecisiete años. ¡A cuantas ha visto!, ¡a cuantas! correr y correr en las maratonianas jornadas de trabajo que promueven estos desfiles de Alta Costura. ¡A cuantas!, “ni el día que naciera su preciosa Irene tuvo que correr tanto”.

La regidora exhibe una vez más la huraña mirada que implica estar atentas y preparadas, mientras ella intenta mitigar la fatiga respirando con pequeñas y entrecortadas inspiraciones el aire revuelto y plomizo que parece faltar entre los nerviosos cuerpos de las niñas pintadas hasta casi sus senos. “¿dónde estarán ahora sus sueños de princesa, los viajes maravillosos con los que fantaseaba en su Río de Janeiro natal?, ¿dónde le fueron extraviados por estas absurdas prisas, saltando de ratonera en ratonera, sin poder ni siquiera disfrutar el sol de tantos lugares que sin duda debieron ser hermosos?, ¿cuántos recuerda apiñadas siete y ocho chicas en apartamentos de mala muerte?”

La luz baja unos instantes. ¡es la señal!, la fatiga se oculta tras el dolor de unos zapatos de vertiginoso tacón, de la incomodidad de un vestido incapaz de llevar con elegancia, de los focos derritiendo el maquillaje, quemando el esmalte de esas, nada prácticas, uñas. La espontaneidad de la adolescencia se disimula, se retrae. Las sonrisas no existen, y si el nerviosismo las empuja, son aplacadas por las órdenes de la regidora.

La música da el pie a la primera sección, empujadas por las rudas manos de la frustrada mujer que un día quiso ser como ellas: que soñó lo que ellas. Y la boca del estómago se comprime aun más, casi se cierra dentro de una talla que no es la apropiada para su complexión. Solo teme caerse, y mira hacia un techo enmarañado de cables y focos, emulando el cielo donde imagina ver como su abuela le sonríe y la anima.

Es su turno, está a un paso de terminar otro día de penurias y poder acabarse su olvidado desayuno. El ingrato nerviosismo que atesora su vigila, intenta enviarle las señales para que su cuerpo deje de doler por unos instantes, pero en ese cuerpo ya nada responde. Y Luigi la sostiene como lo haría un hermano mayor antes de su primera función en la escuela, olvidando por un momento su condición de gran estilista de “Celebrities”. Las únicas manos que estimulan a la niña modelo antes de enfrentarse al irrefrenable y brillante Sol agobiador de la pasarela. Y con el primer paso, los ametralladores flashes imprimen, en sus películas y memorias digitales, otra burla del Pret a Porter francés, sin reparar en la inaudita delgadez de quien está sufriendo el penoso sendero empedrado de la vida de una modelo. Ese sueño de todas.

AUTOR: Sergio Suárez

martes, 5 de mayo de 2015

Lo que nos aleja



¿Hacia dónde fluyen tantos caminos?
¿Adónde, los que ignoramos? 
Dejando heridos en cada insulto
¿Adónde irán los que negamos?

Con la mano alzada pidiendo razón, 
con el puño austero sin dar la palabra.
Queriendo hablar sin pedir perdón,
Sin llorar por ninguna lágrima.

Debo retraerme hasta un pasado atemporal, 
tan lejano que se me escapa del tiempo. 
Expropiado el dolor en el viento, 
y aun así, arraigado en lo carnal.

Nadar en la única dirección, 
insuficiencia de un camino tan errado.
Tocar, tocar, en la ilusión,
nadar y guardar, lo nunca ganado.

Sangre, solo sangre, roja y espesa,
parida o derramada.
¡Sangre!, ¡sangre!, solo nuestra.
por nosotros tan humillada.

Trato de comprender el porqué de tantos errores. 
Quiero saber de dónde emerge el problema. 
No son las diferencias, ni la falta de miedos, 
el amor o el color, lo que nos aleja. 

Quizás, y digo quizás,
habría que quemar el dinero en la hoguera.

AUTOR: Sergio Suárez

martes, 28 de abril de 2015

El peregrino Ateo



Nunca lo he contado, pues soy un convencido incrédulo en vuestros menesteres, pero el acomodo y la amabilidad de esta casa, bien merece la confesión de un peregrino Ateo.


En la mortecina luz del anochecer de un octubre de hace diez u once años, mis fríos dedos palpan el relieve de la concha incrustado en la columna de entrada que daba al jardín. El plano dice que es la más humilde de todas. Ya queda poco para Santiago.

Lo recorro casi a tientas, pero el olor a flores me informa de su exquisito cuidado. Aunque la puerta está abierta, los gruesos muros del marco confirman que no es la original: demasiado delgada, y eso me gusta. Su falta de ostentación no requiere más seguridad que la de esa ínfima portezuela. Es la que necesito, y lo ratifico al entrar.

A la izquierda un modesto confesionario con el espacio justo para certificar el anonimato de sus feligreses me trae recuerdos de la niñez. Al pisar el suelo firme de la primera estancia, mis pies me recuerdan también los duros trece kilómetros de esta última jornada, pero el hecho de haber llegado al lugar recomendado contrarresta cualquier síntoma de cansancio. 

A la derecha, custodiada por dos desnudas columnas, se interna el pasillo hacia el altar. Ocho filas de bancos a cada lado, me guían hasta el sagrario que tiene impostado a ambos lados un simple cirio emitiendo la escasa luz de la que se nutre la humilde ermita. La inmóvil llama se refleja tras su jaula de cera. 

Evito la primera y la última y me siento en la quinta fila. Ni muy lejos ni demasiado cerca, fiel a mi perfil ateo. “Él me escuchará desde cualquier sitio” me insta mi voz interna. Me acomodo evitando estirar mis pies doloridos, “otra imposición de mi niñez”. Y entonces, le explico el motivo del porqué peregrina un ateo.

-Sé que podría hablarte en cualquier lugar del camino, que me escucharías igualmente, pero como tus generales han dispuesto estos espacios como caminos directos hacia ti, he decidido venir a tu casa- confesé, mirando la inmensa cruz pintada tras el altar, la cual, siempre he relacionado con alguien que te espera con los brazos abiertos. -Pienso que a ti te hubiera gustado más cualquier comedor o dormitorio benéfico, según tu mensaje original, que estas opulentas estancias de espaldas a la realidad, pero queda confirmado que aun alguien respeta tu palabra- expresé en voz alta, mientras las llamas de las velas seguían inmóviles emitiendo su humo negruzco hacia el techo de madera. 

-Quiero que sepas que no le hablo a la iglesia, que mis palabras son para los oídos del carpintero que un día decidió enfrentarse a todos y a todo. Vengo de parte del amigo del amigo de un buen amigo, ¡ya sabes!, tiene un cáncer terminal, y antes de que se vaya de este mundo, quería hacer el camino por él. No he encontrado otra forma más inspiradora que haciendo esta penitencia tan emblemática. La cual ya te confirmo que el final no será esa inmensa mole de piedra que dicen guardar los huesos de tu aposto. Pienso que si pesaran todos aquellos que dicen pertenecer a tu discípulo, y que deben estar repartidos por medio mundo, sus pisadas debían oírse a kilómetros. Quiero decir con esto que soy un hombre de ciencias, y aun así respeto a esos millones de fieles que siguen viniendo a escuchar a tus generales tras haber encontrado, ya hace mucho tiempo, los primeros huesos de Dinosaurios. Lo entiendo “la fe del ser humano es incomprensible”, aunque para mi la derrocha en el sitio equivocado-

El silencio en la basílica es amenazante, casi puedo escuchar mis propios pensamientos que ruedan por mi mente segundos antes de que reboten en la increíble acústica del templo. –Aquellos a los que tus mandamases bautizaron con el nombre de “Iluminatis” han dado pruebas, una y otra vez, de que la historia inventada por quienes se autonombraron vicarios tuyos, contradicen sus mentiras una a una. Sintiendo mucho no poder ayudarlos en la medida que hasta este momento, ni Cain, ni Abel hubieran sido capaces de engendrar vida. Como verás mi alma atea no titubea ante su inefable y vergonzosa manera de imponer sus criterios a fuego. Y nunca mejor dicho: si el infierno es el lugar más aterrador y temible previsto para las personas de corazón impuro, ¿por qué tenían tanta prisa en la Santa Inquisición en quitarles tal placer a los demonios que dicen vivir en él- En este momento me paro a reflexionar en mis últimas palabras y reordenar la idea que me ha traído hasta aquí.

-Bueno, he mentido al decir que mi alma nunca ha titubeado. Es ese mismo el motivo que me ha traído ante ti. Y tan sólo para hacerte una pregunta. Ayer noche, casi a rastras y maltrecho, llegue a una pequeña cabaña a trece kilómetros de camino de aquí. Al principio parecía estar abandonada, aunque la luz de su interior, que parecía emitir una llamada silenciosa a mi cansado cuerpo, gritaba a viva voz que alguien estaba haciendo pan. Casi no llegué a tocar la puerta, cuando me recibió un ser humano enorme: pelo largo, largas barbas y una mirada que contenía todo el cariño del mundo. Parco en casi todos sus modos, menos en el de la amabilidad y cortesía al viajero. Pan, vino y todo el alimento que poseía me fueron ofrecidos. Con alegría pude comprobar, que bajo aquellas ropas de Hippie, se escondía un ateo como yo. Nada de lo expuesto, fuera en paredes, mesas, o muebles, podrían decir lo contrario. Ni una referencia a hitos religiosos, ni de cualquier otra índole. Como digo, hablaba escasamente, pero no era la cantidad de palabras que salieron de su boca, como la importancia de todos sus matices, incluso al contarle mi propósito, del que gracias a él he llegado hasta aquí, eran en verdad los que me han hecho reflexionar hasta construir esta pregunta… ¿lo enviaste tú?


Nunca lo he contado, pues lo que ocurrió a continuación, e ignorando todo lo que un buen cristiano podría considerar como herejías e insultos a su iglesia, incluso, alguna inocente mentira, aquel hombre de mirada amable apareció ante mí. De espaldas, mirando la cruz, elevando sus manos a lo alto. Vestido con las mismas ropas del día anterior, se giró hacía mi y me invitó a salir, mientras los cirios se consumían a marchas forzadas. El olor a flores se intensificó por un millar, mis fosas nasales no podían evitar ser agredidas con tal plenitud de incomparables fragancias, y justo de pie en el centro del jardín me señaló el camino a seguir: hacía las luces de Santiago.

A día de hoy puedo decir, ante vosotros hermanos, en esta humilde y austera abadía que ha acogido mi alma de viajero como uno más, que moriré de cualquier cosa menos de cáncer.


AUTOR: Sergio Suárez.

martes, 21 de abril de 2015

El informe



Acababa de acostarme a hacer la siesta pero no podía conciliar el sueño, no antes de leer el informe psiquiátrico que la compañía donde trabajo ha pedido para establecer si soy merecedor de un ascenso. El sector de la Bioquímica está sobrevalorado, tanto en cuanto nos obligan a pasar por estos incómodos estudios, dedicados a apilarse en el departamento de Recursos Humanos, o Dios sabe dónde.



“Según su extrovertida manera de ver la vida, se podría deducir que no habiendo sufrido problemas de gran calado aun, la exposición a ellos está falta de experiencia. La edad es otro hándicap que puede tener consecuencias en el futuro mando de un equipo”



Que va a decir un psicólogo de un joven de veintiún años aficionado al surf, entre otras muchísimas cosas. Pero no fue eso lo que me hizo comenzar a estar nervioso. Una pequeña nota al final dejaba caer, a todas luces, que era una persona que podría matar si se diera el caso. Me acordé entonces cuando le conté al loquero una anécdota ocurrida con mi amigo Mario, donde, en una acampada de montaña: allá donde San Judas perdió las cadenas de las ruedas, tuvimos que matar una cabra poco menos que con las manos. En pleno invierno, sitiados por la nieve. “Sobrevivir” se llama lo que hicimos, ni más ni menos.


Es por eso que me he echado a la calle. Tenía la imperativa necesidad de dar mi paseo diario, aunque no era la hora habitual, pero no podía dormir. Franco lo ha agradecido y tira de mí con su inmutable y alegre caminar. 

Para mí, otra cuestión inalterable es el recorrido. Un paseo que se digne de serlo, tiene que pasar por el puente Milou. Sus artísticas farolas renacentistas le confieren una calma firmemente necesitada, aunque Franco intenta lo contrario, tirando de mí hacia la zona ajardinada de Le´pletoun. No me importa, mientras no decore con su orina las farolas, le perdono casi cualquier cosa. Pero antes de abandonar el puente, siento sobre mi hombro la presión de una mano y su inquietante calor. Me llevé un buen susto, me cogió de improviso, y me giré tan rápido como fui capaz. El susto inicial no fue nada cuando al girar mi rostro allí no había nadie. “el Milou es también conocido por el puente de los amantes, el ochenta por ciento de las personas que lo visitan lo hacen de rodillas, y en aquel momento habría como cuatro peticiones de mano, pero ninguna cerca de mi”.

Franco tampoco reaccionó, indiferente, seguía con su ruta hacia los parterres de tierra batida, entre seto y seto. Que susto, hubiera jurado ante la Biblia que alguien había puesto su mano sobre mi hombro. Con las palpitaciones dignas de una arritmia sacudiendo mi garganta, seguí al pobre animalito que ya comenzaba a aruñar las baldosas del puente.

Después de otros diez metros de frenético recorrido, ocurrió exactamente lo mismo. En esta ocasión giré lentamente, pero sin que la cautela pudiera dejar escapar, otra vez, a quien se suponía volvía a poner su mano sobre mí. Aquello ya no era normal, y temblando me agaché para sujetar a Franco cerca de mí. Su cabeza quedo a un palmo de mi cara, y aunque lógicamente no era la primera vez que eso sucedía, noté algo extraño en su mirada. Como humanamente cercano, y sin pedírselo colocó su pata encima de mi rodilla. En ese momento pude escuchar perfectamente como desde su dentada boca salían las palabras “Levántate, están llamando a la puerta, estúpido”.

El knock, knock, insistía persistente hasta que logré abrirla medio adormilado todavía, estaba temblando, no podía dejar de pensar en la extraña voz que había salido del perro. El cartero tenía cara de cabreo y ni siquiera saludó. -¿El Sr. Dupont?- - Sí – contesté. – un Certificado. Firme aquí, aquí y aquí- Cuando cayó en mi mano, mi cerebro terminó de despertarse. ¡EL INFORME!. Tardé cinco segundos todavía en descubrir que había estado soñando. Destroce el sobre buscando aquella nota tan inquisitiva. Y la encontré.

“Para su corta edad, es una persona culta y refinada, requisitos, si no indispensables, muy importantes a la hora de formar equipo y su posterior liderazgo. Solo una observación; a la par que inteligente, es una persona dada a fantasear, cuestión que a priori no vierte ningún elemento negativo para poder ejercer un trabajo superior”.

-¿No se lo han creído?, ¡Hijos de p…..!  No sé qué me cabreó más: que creyeran que soy Antoñita "La Fantástica” o el susto que me ha dado Franco.


AUTOR: Sergio Suárez.

martes, 14 de abril de 2015

El destino no sabe de días calurosos.



Sentada en el frío suelo de aquel caluroso pasillo: el que acababa de limpiar, sus tristes lágrimas se perdieron bajo los zapatitos de los niños que se intercambiaban de clase, ajenos a su dolor. -Quiero mis ocho minutos- gritó su muda voz después de ver aquel susurrante aleteo. Esos mismos que recorre la luz del sol hasta que es real, hasta que llega a tus ojos y calienta tu piel. Los que necesita ahora para no encarar la dura realidad: gritó su cansado corazón, hincada de rodillas.


-¿Por qué ahora?,- se preguntó, sin dejar de mirar aquel rostro perfecto. Ahora que ya no tengo fuerzas para volver a revivir aquella falta de madurez, aquel involuntario abandono. Rota de dolor, no podía dejar de mirarla, ni la marca de su antebrazo en forma de ala: la que le llamó incesantemente. 

-No hay razones para llorar. La vida es muy corta- le dijo con la sencillez de sus apenas diez años de vida, sin saber que escuchar su voz por primera vez, encogería aun más su destrozado corazón, haciendo hincapié en sus abatidas lágrimas. 

La delicadeza de su voz, su forma exquisita de hablar: aquel colegio tan caro, le aconsejaban no darse a conocer. -¿qué podrías ofrecerle? Le decía su voz interior. ¿Un amor escondido durante tantos años? Del que nadie sabe nada, oculto, avergonzado, en lo más recóndito de su mente. 

Pero el destino no sabe de secretos. Y fue entonces, cuando ya había decidido seguir ocultando el por que de su amargo llanto, ella le ofreció su mano. El contacto de su piel volvió a arrancar las recurrentes lágrimas de sus últimos diez años, desde que la vio desaparecer tras la puerta corredera del paritorio del orfanato, donde la despidió con aquellas palabras, susurrantes y ahogadas: vuela alto alegre pajarillo, deja tras tu canto una bella estela, azul como tu tierna mirada, que ciegue mis grises días de espera.

-Levanta, por favor. Cógete a mi- fueron las palabras que escuchó antes de presenciar como unas insipientes lágrimas brotaban de sus hermoso ojos azules. Cuando se volvieron a unir ambas alas al juntarse sus brazos. Las que formaban aquel ave que no debió separarse nunca. Las que ni la mente, ni el corazón, ni cualquier fuerza humana o divina, podrían apartar ya desde ese preciso momento.

Ninguna dijo nada, no hacía falta. El alegre pajarillo, por fin encontró su otra ala.

Madre e hija, aferradas en un caluroso abrazo, caminaron llorando hasta la oficina de Dirección de aquel colegio tan caro, tan respetable y tan bien uniformado, aquel caluroso día de verano, aquel en que apetecía ir en manga corta. En aquel colegio de canto, tan refinado.


AUTOR: Sergio Suárez.

jueves, 9 de abril de 2015

Mi rutinario Dejavú: comienza el juego


Mi recorrido mañanero hasta el trabajo se ha convertido en un juego. Un pasatiempo. “Mi rutinario Dejavú” lo llamo.



La hora es muy importante. Si me paso diez minutos más en aparcar, los personajes cambian… Y la puntuación no es la misma.

Sobre las 7:10 comienza. Móvil en mano, me interno en las callejuelas del viejo casco de la ciudad. Sus empedradas calles me dirigen a mi primera gran prueba: la iglesia de Santo Tadeo. El sonido de sus somnolientos rezos matutinos, te cubre como el olor a pan recién horneado, incrustándose en tu oído interno: hasta el martillo. Y entre sus feligreses, una bandada de palomas, limpian las escaleras de acceso, y alguna profana incluso el Templo descaradamente. No puedo imaginar a los que viven en los alrededores de esta iglesia que sean ateos.


Todavía resuenan los “Ave María” en el aire, cuando me someto a la calle más monótona y aburrida de mi recorrido. No antes de insertar 100 puntos en mi Blog de Notas. 

Antes, cuando sus aceras eran mínimas, casi para anoréxicos, y los coches podían aparcar, sobre la acera, incluso, había más gente que ahora. Aunque para sortearlos tuvieras que bajar de la minúscula parte libre que quedaba para los transeúntes, el hecho de ser de libre estacionamiento, la inundaba de vida. Ahora, sus enormes orillas la han desertizado. Bueno, lo importante para el juego es el pedigüeño que dormita en la entrada de uno de los garajes anexos. No creo que haya un lugar peor para pedir limosna en toda la ciudad. Por eso que si está y extiende su mano a mi paso, son otros ciento puntitos.

Al doblar la esquina al final de su cuesta, giro hasta llegar a la pequeña, pero coqueta, panadería donde compro mi desayuno. Sólo caben cuatro personas en fila. Mi llegada coincide con la monja de la mala hostia, la rubia del Croissant y el niño de los chicles. Por ese orden, inmutable la fila. ¿Por qué la llamo la monja de la mala hostia? Por sus respuestas “-¿Quiere bolsa? ¡Ves que llevo alguna! Y son sólo las 7:20. No quiero imaginar su carácter cuando llega la noche. La chica del Croissant: obvio. Sólo, seco, pero bien tostado, eso sí. Y luego el mejor de todos: el niño de los chicles. Él no sabe de sabores, su magnífica memoria solo retiene el color y el dibujo de sus envoltorios: el que tiene las bolitas violetas. ¿El de uva?, no sé, el que es plateado por los bordes. Así puede estar, mientras pregunta si aún le sobra dinero, hasta que se lo gasta todo. Y a veces devuelve alguno añadiendo su gran comentario. ¡te equivocaste! A la que añade su cara de infante cabroncete..Esos son otros 300 puntos más para mi marcador. 

Con mi bocadillo de pan integral con pavo, XXL: estoy a dieta pero tengo hambre, voy hacia mi parte favorita: la chica de las sonrisas. Es la calle más estrecha de todas. Coincidimos, casi al unísono, doblando las esquinas opuestas. Es pequeña pero muy guapa, bien vestida: seguro que trabaja en alguno de los numerosos Bufetes de abogados de la zona. Nunca me mira, siempre va con sus ojos hundidos en las baldosas del suelo. Oyendo su Ipac, imagino que algún programa matinal de humor: de ahí sus recurrentes sonrisas. Pienso que al pasar a su lado me sigue con todos sus sentidos, como yo a ella, menos con el de la vista, claro. A ella le doy siempre 200 puntos ¡se los merece!. ¿Y si sus ojos fueran verdes?, cien más.

Pensado en que algún día se dignará mirarme, salgo de esa callejuela para encontrarme con el niño que intenta educar a su enorme perro. Lo maneja como la barita de una mayoret, pero el perro va a su bola: a sus necesidades, vamos. De pie sería el doble de tamaño que el niño (creo que es un Dogo), pero tiene mucho aguante El quiere correr, pero el niño lo retiene y retiene a su paso, emulando a un adiestrador profesional. Creo que estoy en disposición de contarles, dentro de unos años, si lo ha conseguido. 150 puntos más (cincuenta por el crío)

Tras él llega la jauría, como yo les llamo. Un grupo de estudiantes de uniforme que ríen mucho. Sus divagadas conversaciones siempre derivan en los programas estrellas del momento; en este caso “Acapulco Shore! “las chicas este año están más locas que los Gueys, jajaja” ¡sí, sí!, jajaja, “son unas pinches pendejas, jajaja”. La infantil inocencia de su levedad. Pero me hacen sonreír a mí también. Otros 100 puntos por el grupo.

Ya llego, ya veo la puerta verde de mi oficina. Ahora haré recuento. Acerco la llave a la cerradura y… ¿tienes un cigarrito? ¡Dios! Me olvidaba de él. El vagabundo alcohólico que duerme en los bancos de la plaza de este edificio. Vuelvo a sacar la caja de tabaco y le muestro uno. ¡joder, no querrá que encima se lo acerque hasta allí!. Ni se inmuta. ¡que huevos tiene”, pienso, aunque con este frío y lo duro de la madera de ese banco, creo que esas piernas están más dormidas que él mismo. Bueno, 100 puntos más. 

No ha sido mi mejor puntuación, me han fallado el cura y el señor del caniche: los que sólo hablan del tiempo que hace, si no hay partido de Champion por medio, el agente que juguetea con el móvil y lleva gafas de sol a esas tempranas horas, la señora que tira de los niños como si fueran cometas, el "técnico" de limpieza viaria que obliga a marchar al vagabundo para poder regar las palmeras, incluso después de llover, el anciano que "emula" hacer footing llevando ropa de calle, etc...

1.050 puntos, ¡no esta mal! para un martes. Cierro el móvil. Game Over.


AUTOR: Sergio Suárez.

martes, 7 de abril de 2015

Entre olor a pastelitos, té y camomila


09:30 horas. En el ala de servidumbre de la Mansión Cydar Cross se estaba terminando de recoger el servicio del desayuno. En el ambiente todavía flotaban olores a mantequilla, tostadas, pastelitos, té y camomila. Se respiraba el ajetreo de las doncellas y los ayudantes de comedor, absortos en retirar delicadas tazas, platos, cubiertos de plata y teteras, cuando la pequeña campanilla de la biblioteca, comenzó a emitir su particular aviso de llamada: y él ya sabía quién le requería.



Treinta y siete segundos después, sus manos enfundadas en unos guantes blancos como lienzos vírgenes, abrieron las enormes puertas de roble de aquel cuidadísimo archivo, repleto de Tratados y Obras Literarias, de más de trescientos años. 

-¿Quería verme? Señorito Dayton-

Parado estoicamente junto al sillón central de leer, dijo -Hola Dobson, sí, tengo un problema. Sé que es absurdo lo que voy a decir, pero no encuentro la pitillera de oro-

-¿La del escudo de su familia? señor- preguntó -debe valer una fortuna, si me permite el comentario. ¿Dónde la vio por última vez?

-Sí, esa misma. Ayer estaba sobre la mesa de mi despacho, junto a la pequeña bandeja de oro blanco: la de las plumas estilográficas del difunto Señor Cross. No quisiera ser agorero pero ya sabes lo que pasó hace tres años con aquella primera edición, y luego tuve que despedir al “joven” Jackson, como le decía mamá cariñosamente, a pesar de sus sesenta y dos años. Sabes que lleva mal mucho tiempo y a veces se le va la cabeza. ¿No queremos que ocurra otra vez?

-Claro que no, señor, nadie querría pasar por una situación igual, de nuevo- respondió, mientras ladeaba la cabeza en una actitud de empatía, antes de mirarle directamente a los ojos y decir -Ahora que lo nombra, señor, y no quiero ser inoportuno: siempre me he preguntado ¿por qué no lo denunció a la policía?, creo que tenía un valor incalculable.

-Ya, bueno, el valor era más sentimental que monetario, pero no quería hacer pasar a mi madre por ese trance, fue su mayordomo durante casi veinticinco años.

-Ya lo sé, señor, comenzamos juntos al servicio de la familia Cross. Me dio mucha pena verle marchar, aunque George a dado la talla, ¿no cree? señor-

-Sí, por supuesto. Y a mí también me sobrecogió la marcha de Jackson, no creas, casi me crió él-

Ambos se escrutaron la mirada durante unos segundos, hasta que el mayordomo se abstrajo para decir.

-¿Qué quiere que haga en esta ocasión, si no se encuentra? Señor-

Su usual sonrisa: esa misma que mostró al despedir al viejo Jackson, inquietante e inexpresiva, se desplegó de forma mecánica, al recordar.

-Por cierto, he encontrado una noticia en una revista especializada acerca de un libro igual al que se “extravió” en aquella ocasión, señor. Se ha subastado, anónimamente, por doscientas treinta mil Libras. Oh, disculpe de nuevo mi atrevimiento, señor, pero me fascinan esos artículos tan bien impresos: la calidad de los detalles. Si no recuerdo mal he creído ver un ejemplar a los pies de la cama de Lady Cross, pero, dispénseme de nuevo, señor, tienen unas fotografías tan ilustrativas y tan bien realizadas. Menos mal que Lord Cross fue previsor y las marco con una tinta especial traída desde la India: de esas que vuelven a la vida al contacto con el ácido de algunos cítricos -

Volviendo a mostrarla al terminar, más amplia y casi imposible de superar que la anterior.

-Perdón, es mi única pasión, señor. Ah, sí, ¿Cómo procedemos esta vez?-

La respuesta de su interlocutor vino acompañado de varias abruptas toses, antes de decir:

-Nada, nada, no hagas nada, creo que ya sé donde la he dejado-

Sin recordar la última vez que esa sonrisa fue espontánea y sincera, preguntó.

-¿Le sirvo algo al señor? . Un Whisky de Malta, creo que aún quedan dos botellas de aquel reserva especial que le gusta tanto, señor-

-No, Dobson, no tomaré nada. Y ahora déjame, tengo trabajo-

-Bien, señor. ¿Le importaría que me ausentara un par de horas?, señor. Debo devolver dicha revista a su dueño, y de paso ayudaré a mi gran amigo Jackson en la Villa de los Patton, me coge de camino. Necesita ayuda, ¿sabe?, está aprendiendo a leer. Después de tantos años. ¿No es increíble?, señor. ¿Quiere que le dé recuerdos suyos?, señor-

-Sí, Dobson, dele recuerdos, y ahora quiero estar sólo-

El viejo mayordomo, añejo como la sabiduría, esperó a estar cerca de la puerta, antes de sujetar nuevamente los relucientes pomos con sus inmaculados guantes, para volverse y decir.

-Si me permite, señor, le diré que tiene usted mala cara, ¿de verdad, no quiere esa copa? Oh, disculpe, señor, es la campanilla del cuarto de Lady Cross, parece que es urgente, subiré rápidamente antes de salir, estoy seguro que es importante, normalmente suena dos veces nada más-.

09:48 horas, el ala de servidumbre de la Mansión Cydar Cross estaba terminando de recoger el servicio del desayuno envuelta en ricos aromas de los mejores manjares, mientras el personal observaba como la campanilla de la habitación de Milady, parecía estar siendo sacudida por un tornado.


AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Un infierno


Esos rostros ungidos de lágrimas,
desprovistos de futuro,
cabizbajos, inseguros,
vagando sin destino.
¿cómo los podría calmar?
¿cómo revivir su indulgencia?
moradores de su ausencia,
apartados del camino.

Esas almas contrariadas,
acalladas entre la multitud,
que quebrada su virtud,
han olvidado sus sentidos.
¿cómo avivar su fortaleza?
¿Cómo retener sus ilusiones?
para que no les abandonen,
ni se sientan tan perdidos.

Quisiera tantas respuestas,
quisiera tanta humanidad.
quisiera conocer la verdad
Y no estar tan afligido.
¿No cabemos ya en la tierra?
¿No hay suficiente comida?
¿Son tan grandes las heridas?
¿O es que el mundo se ha podrido?

Sólo tengo mil preguntas,
y ni una maldita repuesta.
Pues abramos en par la puertas,
y al infierno todos juntos.


AUTOR: Sergio Suárez.

viernes, 20 de marzo de 2015

Venganza


El imponente patio interior, de lo que hasta hacía sesenta años antes fue la mayor abadía hispánica en el mundo, sucumbía bajo la primera tormenta del invierno de 1994.


El ensordecedor y repetitivo golpeteo de las frías gotas de agua sobre su majestuoso suelo de piedra, apagaron el sonido de las campanas, que repiqueteaban al marcar las doce de la noche en el sencillo reloj de su torre norte.

Santa Soledad, era el nombre que había adoptado al convertirse en la primera clínica psiquiátrica que abría sus puertas, a aquella inhóspita enfermedad, en el primer tercio del Siglo XX .

Aún siendo la primera tormenta que azotaba la comarca desde hacía nueve meses, era, sin ninguna duda, la más tenebrosa y oscura de la última década.

La luz de la moderna linterna que sostenía alzada en su mano derecha, la enfermera Silvia Verona, no podía escudriñar más allá de diez metros bajo la espesa lluvia. Cuando, tras haber terminado su dura jornada de trabajo de aquel viernes Santo, en el interior de su estéril cuarto e incomodada por el infernal ruido que emitía el agua golpeando la enorme ventana acristalada de su estancia, creyó oír los más aterrados gritos que un ser humado podría expresar nunca.

–es imposible- se repetía mientras recorría el estrecho e interminable pasillo que unía el ala de servicio con el edificio principal.

Cuatro pisos más abajo, el gélido aire que entró al abrir la puerta de la cocina central, que daba justo al rincón sur del enorme patio, agravó su estremecido estado de ánimo. Forzando la vista a izquierda y derecha, intentaba recorrer todo el perímetro bajo la tupida cortina de agua que había aparecido desde media tarde. Las piernas se le aflojaron cuando creyó ver una oscura silueta en el centro del patio a unos setenta metros de distancia. “Nada ni nadie debería estar bajo aquella intemperie, y menos a aquellas horas”.

Reticente y asustada, cogió un chubasquero de detrás de la puerta, decidida a averiguar si sus ojos la habían engañado. Y tras recorrer unos veinte pasos, volvió a escuchar el infrahumano y terrorífico alarido que jamás escuchara antes.

Paralizada bajo aquel aguacero, no podía creer que aquella oscura figura, de la que ahora incluso podía entender  su infernal queja, repitiera su nombre, como en un quejoso bucle.

Mientras su cerebro le decía que se diera la vuelta, su corazón no podía creer estar escuchando las inconexas suplicas de, Joe, el celador nocturno.

Poco a poco, recorrió la distancia que la separaba de aquella figura, convencida que la voz que acababa de escuchar era del joven Joe Simentos: la nueva adquisición de la Institución desde la jubilación de su anterior vigilante nocturno. En un instante rememoró el poco aguante del que había hecho gala, en el mes que llevaba como encargado de los casos más graves y peligrosos, y de su enorme incompatibilidad con la esencia de aquel sanatorio.

Al llegar por su espalda, no pudo ver con claridad porqué estaba sentado, inmóvil, bajo la tempestad más salvaje que viera en los cincuenta años de su contrato como asistente del Doctor Meyers, en aquel longevo edificio.

Cuando al quedarse enfrentado a él, y ver en su rostro, primero: el miedo que reflejaba al mirar la única ventana encendida de las habitaciones de los pacientes, y, segundo: el dolor que padecían sus pies clavados al suelo y a la silla de madera, que empezaba a hincharse debido a la enorme humedad expuesta. Incluso con la cruel realidad que tenía ante ella, no pudo más que quedarse mirando hacía la luz que emitía la única habitación encendida del edificio secundario, donde Samuel Bergara, el enfermo más difícil y peligroso de los ciento tres que debían estar sedados y durmiendo a aquellas horas, parecía saltar y bailar junto a la ventana de su cuarto…

La tormenta prosiguió lanzando agua contra las frías piedras del patio interior, mientras los servicios médicos despegaban de su suelo a Joe Simentos, nuevo celador de la veterana Institución Psiquiátrica “Santa Soledad”.


AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Allí se despidió


Siendo los postreros días de un verano inusualmente fresco, no se resistió a darse un último chapuzón de despedida. La mar brava, golpeando con fuerza las verdosas piedras de la costa, no inferían apenas reticencia a aquella escuálida muchacha subida a la roca más alta. Aquella atalaya prohibida en pocos días, donde las autoridades ya comunicaban, en escuetos panfletos pero con claras advertencias, su decisión de obstaculizar cualquier nuevo salto una vez acabado el verano.


Sus huesudos pies, anclados a la base horadada por otros cientos de valientes saltadores, temblaban de impresión. La altura era considerable y la vista espectacular y magníficamente estremecedora. Incluso desde su base, en las extensas losas que rodeaban la reducida cala que batían las olas con total impunidad, donde se agolpaban casi una docena de bañistas habituales, sabedores de que los más atrevidos se retarían una vez más antes de acabar el verano y de ver impedidos definitivamente sus libres y espectaculares saltos desde “La palma del Rey”

Todos aquellos ojos la miraban incrédulos, mientras ella intentaba acompasar rítmicamente su respiración con las sincronizadas olas que volvían a la costa en series regulares de tres, seis y seis. Melancólicas desde lo alto, pero armadas y tenaces desde la cota más baja.

Inspirando y espirando un aire enrarecido por el insipiente nerviosismo que la vertiginosa altura hacía presa en todos los primerizos. Mirando al lejano horizonte, allá donde el mar parecía haber muerto, intentando relajar sus tensos y casi inexistentes músculos, pensando en el verano más esquivo de su joven vida: esquivo de amores, de furtivas relaciones o de inagotables fiestas. En aquel verano tan pobre de sensaciones nuevas, de amistades o de trascendentales conversaciones de las que venía en busca cada año, cada verano.

Donde fue abandonada por enésima vez, donde nunca había provocado ningún revuelo respetable de ser contado de boca en boca, donde callara en demasiadas ocasiones, donde su huella se olvidaría tan rápido como eran borrados sus pasos en la fina arena de playa pequeña, de donde, en esta ocasión, no quería irse sin que la recordaran para siempre, tan débil e insulsa, como atrevida y valiente a la vez, pero para siempre.

Contando las olas, mirando a los pacientes pescadores de “punta gorda”, respirando, observando como era observada, esperando más público y recordando, tristemente, este último verano. Tomó definitivamente la decisión.

Cayendo al vacío mientras se recuperaba la ola que tanto había estudiado, disfrutando del aire en su rostro, oyendo la aclamación de unos desconocidos que la recordarían ya por siempre. Allí, donde vivió su último chapuzón. Allí se despidió.


AUTOR: Sergio Suárez

viernes, 6 de marzo de 2015

La trampa


La trampa estaba lista, y él sabía que llevaba su nombre. Ya se lo había advertido el teniente Galdós. -nada dura para siempre. Y tu tiempo se agota- Y tenía razón, pero la impoluta blancura de aquella pared era un reto difícil de eludir… de ignorar. 

Cada vez que la observaba, a través del Tags* de BUR-SQL, que decoraba el cristal del vagón central de la línea 7 del tren de cercanías, su inspiración revolvía su quebrantable prudencia. Sabía que lo estarían esperando, y que si lo pillaban con el spray en la mano se cumpliría su tercer delito, o sea… cárcel incondicional. Dos años probablemente. Injusto para quien inunda la ciudad de Arte, ¡urbana!, pero Arte a lo sumo. Ya no le valdría, ni siquiera, cambiar de Tags, su perfil y sus obras hablaban por si solas. Ni las excepcionales y elaboradas letras de su Roma, o su Roma-DK, según lo cerca que estuviera la pasma, ya cumplían el objetivo tan deseado cuando empezó hace cinco años. Su estilo hablaba un lenguaje propio, reconocible incluso sin el ansiado Tags que los que empezaban ahora tanto anhelaban conseguir.

Lo que no sabía el teniente era que su vida había cambiado, que ya no le motivaban las artísticas protestas nocturnas contra el sistema, asaltando vagones, autobuses, o fachadas gubernamentales, que había otra prioridad más importante: de vivos ojos color almendra e inquietas y revoloteadoras manos, que ansiaba tocar cada tarde tras su aburrida jornada laboral. Ojos inmensos, como los de su madre, su hermosa Danielle, la que había volcado su oculto mundo, por la que dejaría sin dudarlo lo que forjó su leyenda en las abyectas calles de su ciudad. No, no lo sabía… pero lo conocía muy bien, y una pared de diez metros de largo por tres de alto, oliendo a recién pintado, de blanco lienzo, era un regalo demasiado apetecible para dejarlo pasar sin rematar su leyenda.

Por eso el primer spray que utilizó esa noche fue el del somnífero que dejó KO, seis horas, a los agentes de patrulla que el teniente Galdós había ordenado hacer guardia aquel viernes. Nadie lo vio llegar, nadie lo vio grafitear, nadie lo vio marchar. Lo que si vieron claramente, con las primeras luces de aquel sábado, fue su nueva marca, su único y último Graffiti. 

Aun con los ojos lagrimeando, y sin poder quitar la mirada de la inmensa pared, ahora llena de color y vida, el agente tuvo que llamar al teniente para comunicarle que viniera urgentemente.

La sonrisa en su rostro lo delató, estaba seguro de quien había sido, aun sin sus Tags, aun sin sus acribillados muertos, ni sus zombies vestidos de traje y chaqueta, incluso sin los misiles que emulaban siempre juguetes en manos de poderosas multinacionales de reconocidísimos logos. Pero su justa intuición no valdría nada en contra de lo que tenía delante, y por primera vez vio el Arte urbano, la esencia artesanal que moviliza irremediablemente a esos ingentes ejércitos de grafiteros.

Ni la sabia naturaleza podría soñar con crear unas flores de tal belleza. Un enorme jardín, imposible de acabar en seis horas si no está claro en tu mente, sin espacio para la improvisación, sin espacio para que el teniente, ni nadie, pudiera eludir disfrutarlo. Hasta las cuatro áreas vacías, las que ni rozaron los sesenta sprays utilizados, dejaron impasible al agente Galdós. Cuatro letras de un blanco inmaculado, hundidas en aquel mar floral, rodeadas del mayor vergel que había visto nadie nunca, permitirían apartar la vista de tal mensaje, el último mensaje. Su ya legendario Tags… visto al revés: A M O R.

Extasiado, el teniente no se sentía capaz de dejar de mirar aquellas cuatro radiantes letras, y se llenó de ellas “AMOR… AMOR…. AMOR”. Las que, inmersas en aquel bello y único jardín, serían a partir de ahora punto de encuentro de todos los que amaban su ciudad. 

A media hora de carretera de allí, alguien sonreía al coger en sus brazos a su pequeña, mientras su esposa, Danielle, conducía, y apretaba, con mucho AMOR, la mano manchada de Roma.

(*) Los Tags son las firmas de los grafiteros


AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 4 de marzo de 2015

MICRORRELATO'S DAY (2)



Con o sin alas...


Estaba volando.
Esta vez era de verdad y no era un deseo de sus sueños. Ya se lo había visto hacer a demasiados superhéroes en la pequeña y gran pantalla. Ahora era él el que volaba. 
Pensó que iría a visitar a su madre, al otro lado del charco. Ahora sería fácil. 
Pero no quería ser maleducado y antes se despediría de su cuerpo, allá abajo. El que estaba postrado y perforado por infinidad de tubos, con demasiada gente nerviosamente atareada a su alrededor. 


AUTOR: Jesús (Archimaldito)


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En la línea de fuego

Justo cuando abrió la boca en un intento de gritar para pedir auxilio, se le hinchó la lengua, tal era el volumen que incluso empezaba a dificultarle la respiración. Recordó entonces las palabras de su madre: -Cuidado con las abejas, no juegues nunca con ellas, recuerda que eres alérgico-. Su vida era un continuo riesgo. Militar retirado con más de quince misiones en el extranjero a sus espaldas, donde hubieran tiros, allí pedía destino, indemne de todas. ¿El resultado? Tres hijos que no le hablaban y dos divorcios traumáticos. Únicamente lo mantenía en pié la adrenalina, un vicio como otro cualquiera. Ahora, jubilado y solo, apicultor.

AUTOR: Juanje Frayfregona.


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La escopeta

La escopeta me apunta a la cara. Yo se la he puesto en las manos. Yo la he cargado. Noto el líquido bajar por mis piernas. Hoy no tengo miedo. Supongo que el cuerpo lo hace por costumbre. Me insulta. Nada nuevo. El mismo "zorra" aburrido de siempre. No es un hombre original. Pensar, lo que se dice pensar, no piensa. No puedo decir que discutimos porque lo hace él sólo. Le tiembla el pulso ¡qué gracioso! Vamos dispara, valiente. No lo hace. Hoy se va a rajar, faltaría más. Le sonrío. Tengo el poder. Puede olerlo. Lo oye. Ira. Más ira. Rabia. Más rabia. Dispara y...boom. Su cabeza a merced del viento. Si es que pensar, lo que se dice pensar, no pensaba. 

AUTORA: Raquel Ortega


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Un oasis

En el medio, un ojo de agua emerge y fluye, un manantial para aliviar a los seres errantes como tú. Les llaman Petenes, yo les llamo oasis, solo que alrededor no hay arena, es agua salobre, marisma y manglares. Si caminas entre los árboles, puedes escuchar el viento sobre las ramas, es como una ola, una suave caricia que circula a tu alrededor, un lento respirar. Y si te quedas el tiempo suficiente también podrías escuchar el paso de una tropa de monos entre las ramas, el grito agudo del halcón, el chillido de un puerco de monte y el estruendo de un disparo ahuyentando a las aves.

AUTORA: Karol A.


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Un cometa

DESDE ABAJO MIRÓ COMO IBA DESCENDIENDO EN CAIDA LIBRE HACIA EL BOSQUE…, DEJÓ TODO LO QUE ESTABA HACIENDO Y CORRIO HACIA DONDE SU LUZ LE INDICABA QUE TOCARÍA TIERRA. POR SUERTE LLEGÓ JUSTO A TIEMPO PARA TOMARLO EN SUS BRAZOS Y EVITAR QUE SE ESTRELLARA. ERA EL CUERPO CELESTE MÁS BELLO QUE JAMÁS HUBIERA TENIDO EN SUS BRAZOS… LO LLEVÓ A CASA PARA CUIDARLO. AHORA YA TENDRÍA UNA LUZ QUE ILUMINARA SU VIDA.

AUTOR: Carlos A. Suárez G.


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¡Perdóneme Padre!

Los feligreses ya se habían marchado hacía más de dos horas, por eso se asustó al oír cerrarse la puerta del confesionario. –Perdóneme Padre, porque he pecado- La voz era muy joven y el viejo cura ya había tenido demasiados cuernos, mentiras y acusaciones infundadas, por hoy. Su voz tronó ebria dentro del reducido locutorio. – las mujeres me repudiaron demasiadas veces, como para poder ser progenitor de nadie… y, lo más importante, tus pecados no serán jamás redimidos en éste mundo, cuando llegue tu hora tendrás que responder por ellos, así que, tú misma- No había acabado de escuchar los apresurados pasos de la joven alejarse, cuando el cura dijo elevando los ojos. –Perdóname Padre- 

AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Autómata



Una vez conocí a un Autómata… y debo reconocer que me dio miedo. Descubrir en sus ojos su extraño mundo, paralelo al real, donde parecía vivir totalmente complacido y ermitaño, me produjo una sensación grotesca y fascinante a la par.


Trabajador eficiente. Nieto, hijo y padre abnegado, le conferían la apariencia de un ser humano normal, aunque no lo era; no podía serlo. 

Las preguntas que surgieron de mi boca, no parecían inmutarlo: ¿qué sientes?, ¿eres feliz así?, y solo obtuvieron una anodina e irónica mueca, adscrita a la mínima expresión del dibujo de una sonrisa, por respuesta. Ahora sé que no es el único.

Las normas establecidas eran el bastón donde apoyaba su mecánica vida, sin salirse un ápice de la ruta impuesta. Efectivo y obstinado como el reloj que parece dirigir nuestro universo. Irreal pero partícipe afiliado del ¡tic tac! que gobierna hoy a la raza humana.

Los días los pasaba admitiendo solo el calculo matemático primigenio; (1, 2, 3...) y las sensaciones, los sentimientos, la empatía, los atesoraba cual avaro contable dispuesto a recaudarlos como simples tributos bien administrados de un tercero.

Nada parecía tener el valor o la necesaria fuente de inspiración para sacar de él más que lo requerido por la obligatoriedad del sistema; y aún así creo haber hecho un amigo. Insultante a veces, pero inquisitivo de la necesaria confirmación de su existencia, hemos suscrito una especie de contrato amistoso: del que se guarda en Diarios, Cajas de Pandora o silenciosas condenas.

Siempre tengo frío ante su presencia, sus ojos emiten un magnetismo difícil de eludir, difícil de esconder. E inmediatamente, nuestras profundas conversaciones enervan la temperatura de mi volcán interno, del yo más sincero, cuando no parece acatar más que su equilibrada sinrazón.

Agnóstico, ateo, atemporal, se sirve de mis miedos para reafirmarse en su arcaica doctrina. No le conmueven ni mis lágrimas internas: las que provocan la maldad que anida, a diario, en este mundo tan frágil y obstinado. Ni guerras, ni hambres, ni intransigencias doblegan el armado muro que ha construido alrededor de su corazón, y tan sólo la pequeña ventana, dejada para atender a los suyos; cual reja de claustro y en la que yo me asomo a veces para confirmar que sigue ahí, le confunden, como a mi su apariencia humana.

Me he prometido insistir, intentar, lograr, que se desconecte de esos imaginarios cables que lo anclan a su rancio futuro. Al que nos llevan con las manos atadas, líderes autómatas como él.

Ahora recuerdo la primera vez que nos encontramos… ante el espejo. Y debo reconocer ... que tuve miedo.


Nota: para cualquiera que se sienta presa de esos hilos invisibles, si no se libera, el futuro siempre será decidido por otros.


AUTOR: Sergio Suárez Hernández.

martes, 10 de febrero de 2015

Cuando el hambre nos acalla (relato, a modo de los antiguos fotomatones cinematográficos)


La señora Grimmbauer rebusca por entre los escombros de la destrozada Berlín algo que echarse a la boca. A unas decenas de metros a su derecha, Marta Ernst, lo intenta bajo el montículo de ladrillos de la última casa demolida por los bombardeos aliados la noche anterior, mientras porta su pequeño recién nacido, Pierre, en su espalda sujeto por una raída colcha: joya, artesanalmente elaborada, del ajuar de su abuela materna.

La señora Grimmbauer cree reconocer a quien pertenecen los muros derruidos donde Marta insiste, piedra a piedra. La hermosa y coqueta residencia de los Baumann tenía el porche más envidiado de la manzana: las bellas hortensias, de azules, rosas y malvas pálidos, crecían dentro de sus exquisitos maceteros de mármol, añadiendo fulgor y alegría a la madera pintada de un blanco impoluto, rematada por una señorial escalinata de acceso. ¿Qué habrá sido de ellos, tras ser enviados al gueto?, se pregunta, dedicándole apenas un segundo. El mismo que empleaba en cruzar la calle cuando se los encontraba al comienzo del nuevo Estado Ario.

El rostro de la señora Grimmbauer, recobra la fea mueca de asco, firma de su despótica y remilgada familia, cuando el pequeño Pierre comienza a berrear al ser inclinado vertiginosamente, mientras su madre intenta levantar una enorme baldosa de la antaña escalinata de los Baumman. Y en su mirada nace una interrogante sobre la paternidad del atemorizado crío, no habiendo ni un solo hombre en toda Alemania desde hace tres años. ¡Bastardo! le apunta su mente. Recuerda que su madre trabajaba en el campo de prisioneros que acondicionaron para retener a los franceses rendidos en los primeros combates en el libertino país bolchevique. 

Ahora, la señora Grimmbauer, se aprieta la barriga, cruzando con sus frías manos las puntas de la rebeca, regalo de aniversario del suboficial de submarinos del escuadrón “manada de lobos”, señor Grimmbauer. Del que no sabe nada desde hace casi un año… casi medio ya, que no se relaciona con nadie, evitando acercarse a ningún alma de las que salen a diario, tras los eficientes bombardeos aliados, y con las que tiene que luchar por su subsistencia: le avergüenza que puedan oír los indomables rugidos de su estómago: ahora, vacío desde hace cuatro días. 

La señora Grimmbauer, mira a su izquierda, comprobando que, a unos cien metros, la figura del señor Boerman sigue erguida frente a la parada del tranvía que lo llevaba a las 07:30h, cada día, a la casa de su viuda hermana. El orgulloso y estricto oficial prusiano, tan germano como la enfermedad que empieza a corroer su mente. 

Minutos después de abstraerse en sus más bellos recuerdos de otrora y mejor época, la señora Grimmbauer y el señor Boerman, girán sus cabezas hacia Marta y Pierre Ernst, cuando desaparecen al agacharse tras el montículo, pero vuelven a perder interés cuando se incorporan de nuevo y las manos de Marta siguen vacías.

Mientras el radiante sol no consigue descomprimir el depresivo día, el señor Boerman se lleva la mano al pecho antes de caer fulminado. El infarto le ha sobrevenido sin que nadie le preste la más mínima atención. Ni la señora Grimmbauer, ni Marta Ernst se han percatado de la nube de polvo levantado tras golpear el amarillento suelo de la parada del tranvía que no llega nunca.

La señora Grimmbauer, distraída en calmar los implacables lamentos de su estómago, no ha reparado en que Marta y Pierre Ernst se acercan por su espalda, y cuando están apenas a un metro de ella, la horrenda mueca de su boca quiere iniciar lo que para ella es ya su saludo más sincero. Pero al ver aparecer, por entre las raídas ropas de Marta Ernst, medio famélico gato aplastado bajo los restos de la escalinata de los Baumann, el clamor de su vientre acalla el huraño gesto de su rostro. No así el de Marta, que arquea las cejas del suyo, dibujando un insipiente mohín de una ínfima alegría olvidada hace mucho tiempo.

Marta Ernst, disfruta, notando como baja por su garganta el orgullo de la señora Grimmbauer… y como se lo traga irremediablemente.

La señora Grimmbauer, gira un segundo la cabeza para encontrarse con el espacio vacío que ha dejado el señor Boerman, antes de seguir tras los sollozos del pequeño Pierre y los pasos de su satisfecha y henchida madre…

Ninguna de ellas sabe que el ejército rojo está a unas horas de entrar en Berlín… ni que el señor Boerman ya ha cogido su último tranvía. 



AUTOR: Sergio Suárez Hernández.

viernes, 30 de enero de 2015

MICRORRELATO'S DAY (1)




Daos fraternalmente la... ?



El Sacerdote está a punto de decir: "daos fraternalmente la paz", un estornudo proviene de atrás y una dentadura sale rodando por el pasillo que va a parar a los pies del Sacerdote que ha bajado a dar la mano a los feligreses. El Sacerdote, sin pudor algo, la recoge y llegado a una mujer mayor que busca desesperadamente por el suelo su dentadura, ésta le dice al Sacerdote: ¡La paz sea con Usted!; y el Sacerdote le responde: ¡Y para ti también! y toma la dentadura, y deja de jugar con ella...

AUTOR: Javier María Martí M.


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Los gemelos


Eran un par de gemelos. Uno se distinguía del otro por el agujero que tenía en una extremidad. Habían pasado toda la vida en una casa humilde. Pero ahora ya no se diferenciaban. Así que acabaron en la basura de una gran ciudad. Echaban de menos a sus dueños aunque los nuevos les dieron la oportunidad de andar la calle por primera vez. Por fin eran unos calcetines libres.

AUTORA: Raquel Ortega.


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No tiene idea...



-¿Qué? ¿Como está el café? le pregunta el propietario al cliente. Este mira con perplejidad al hombre que tiene en frente y sin parpadear le contesta. 
-Es usted increíble. Llevo entrando en esta cafetería dos años y ahora ¿se preocupa? No tiene idea... No le deja hablar y continua hablando.
-No es por su café, que a veces me lo he tomado frío, ni por el servicio que es nefasto, ni por el lugar que ya le toca una reforma. Si quiere saber la verdad, mi mujer está ingresada en el hospital de la esquina y no saldrá seguramente .Lo que si sé seguro, es que su repentino interés es por la posible competencia que le dará el local de en frente.

Le tira el dinero del café en la mesa y sin mediar palabra prosigue su camino.

AUTORA: Carmen Palencia.


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y tenían razón...


Michael rondaba los treinta cuando montó por primera vez. Y le agradó tanto su suave grupa y su salvaje fuerza, que salió a galopar, día tras día, los siguientes cinco años. Los amigos le decían que estaba loco, que su obsesivo comportamiento no era sano. Y en verdad no lo era. Él no lo reconoció hasta que casi destrozó su cuerpo. Ahora reconoce que el nombre ni siquiera le pegaba… y tenía razón. “Heroína, no es un buen nombre para ese caballo”

AUTOR: Carlos Sergio Suárez Hernández.



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Impuntual


Sabía que llegaba tarde. ¡Tarde!. Yo, que siempre soy puntual. Y llegué tarde. Las puertas del teatro estaban abiertas, pero ya no había nadie fuera. Todos dentro. Había empezado y un chico muy amable se apresuró a informarme de que no se podía acceder a la sala durante la función. En la pausa, eso sí. Dentro de una hora.

Me había pasado media hora decidiendo qué traje ponerme. Formal, informal, coquetón, negro clásico, rojo llamativo… Ay, Dios mío. Las mujeres.

Me quedé con cara de “¿Y ahora qué hago? “. Y solo se me ocurrió hacerme la moderna y preguntar a ese chico tan solicito: “¿Hay un bar?”

Me casé con él diez meses después. Y continúo. Al fin y al cabo no fue en vano la media hora que tardé en vestirme.

AUTORA: Victoria Monera M.



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Final de la Champion’s 2014, minuto 50: Atletico de Madrid 1 - 0 Real Madrid.



María se asomó a la ventana de la cocina, nerviosa, encendió un cigarrillo intentando despistar a su esfínter. Las ganas de ir al baño empezaban a ser mayores que su prudencia. Su mayor deseo en ese instante era un gol del Real Madrid. Sabía que era el único escenario en el que ella podría pasar por delante del televisor sin correr el riesgo de que Antonio le pusiera morado el otro ojo. 

AUTOR: Juanje Frayfregona.




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Sabana 


Él, armándose de valor, se acerco a ella y con un suave movimiento de cabeza le dijo que la amaba. Ella, en respuesta lo envolvió en un fuerte abrazo de trompa que no se soltaría jamás. Y caminaron juntos por la sabana, en busca del lugar donde harían florecer la manada. Batiendo alegremente las orejas y haciendo temblar la tierra al paso de su amor! 

AUTOR: Carlos A. Suárez G.



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Goodbye stranger 


Era un andariego, uno más de esos, tenía ojos sesgados y boca escondida. Una guitarra sobre el hombro, una canción ocasional y el placer de las avenidas desiertas por la madrugada. Era una intrusa, una más escondida entre los libreros de una vieja biblioteca en un pueblo olvidado. Y como dos kamikazes se lanzaron al vacío, solo que su explosión no tendría más consecuencias que la de dos náufragos sucumbiendo a las olas del mar.


AUTORA: Karol A.