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miércoles, 20 de mayo de 2015

Al pie, del Verdugo


Hay personas tan lejanas, parapetadas en sabe Dios que desconexión con la empatía, que un día se levantan creyéndose en el derecho de comentar cualquier cosa que se publique en Internet. Y por supuesto que creo en la crítica: en la constructiva anotación o apunte que enseña e instruye, aportando un ejemplo para que visualices las mejoras conllevadas. Por supuesto que sí. ¡Estaría bueno! Lo obvio no tiene respuesta. 

¿Pero me podéis decir que tiene este comentario de instructivo?

"No esta mal, pero estaría mejor que te decidieras, o por la rima, o por el verso libre. Personalmente prefiero el verso libre, aunque en este tuyo, creo que seria mejor rima completa. Cosa de pensarlo un poquillo"

Y digo yo que para algo está el icono del ME GUSTA, o simplemente pasar de largo, o siendo más justos decir. NO ME GUSTA. “Me quedé con la sensación de que el Verdugo me había perdonado la vida a última hora, sacrificando su pie con el hachazo desviado”.

No lo sé, pero estoy casi seguro que la literatura poética lo aguanta todo. ¿O está todo escrito ya como con las matemáticas? Las normas establecidas tienen dos caminos, o seguirlas o abrir una nueva senda. Suelo recordar mucho esta frase, entendiendo que desgraciadamente existe la irrefrenable verborrea, pero “si lo que vas a decir no es más bonito que el silencio, cállatelo”

La respuesta no se hizo esperar, y creo que no vendiendo nada, ni pretendiendo más que liberar mi mente, no pude refrenar mí impulsiva contestación. 


-el día que escriba UNO SOLO de mis textos pensando en cómo le gustaría a alguien que los realizara, creo que me convertiría en una especie de “caníbal”. O sea, que me tendría que comer mi propia “ALMA”. Por cierto, una vez tuve un perro que, mientras le enseñaba a dar la patita, a sentarse, o a hacer sus necesidades en la calle, le decía “no está mal” ¿Sabéis lo que pasó?.... ¡fue muy curioso!…. Todavía lo recuerdan en mi barrio (se comió su alma). A partir de entonces le tuve que llamar “DESALMADO”, ¡creo que nunca le gustó ese nombre!-

Las cosas no se piensan un “poquillo” o se piensan o no se piensan. Llevo 50 años decidiendo cosas, y escribirte esto ha sido mi última decisión de hoy. Ya ves, me estimulas.

Si por un casual, mis palabras hacen brotar una perla desde tus hermosos ojos, házmelo saber. Me encanta cuando algo que escribo conmueve. 

Por cierto, siempre he querido hacerme un tatuaje, ¡qué mejor ocasión! Me grabaré cerca del corazón esa frase (no está mal), cuando alguien me pregunte, la respuesta la tendré clara. Cosas del ALMA. 

Gracias por usar tus dos últimos “comodines” conmigo: el de “hoy me levanté crítico literario” y el de “voy a encaminar la vida a otro puto idiota”. 

Te lo agradezco en el ALMA.

¡Uff, que a gusto me he quedado! Creo que voy a llamar a Ferran Adriá para comentarle que no mezcle alcachofas confitadas con trufas y emulsión de wasabi, si lo va a servir en un sorbete… ¡Jope!…


Ya veis, no es que no me gusten las críticas, lo que no me gusta es la “lejanía y la falta de empatía” de las mismas. 

Bueno, creo que a ella tampoco le gustó mi respuesta.



AUTOR:  Carlos Suárez

martes, 19 de mayo de 2015

Los monstruos del romanticísmo


Siempre que cae en mis manos un texto del Romanticismo acuden a mi mente sus monstruos. Y me sorprenden. Esa mente agitada, esos momentos históricos que llevaron a los escritores decimonónicos a crear a Fausto, a Frankenstein, a Dorian y a don Juan. ¿Podríamos conocer todo un movimiento artístico y cultural tomándolos como base? Porque nunca antes la literatura había creado a seres tan extremos.

Empezó Goethe, anticipando un atormentado siglo y su búsqueda de libertad. Insaciable aprendiz de todo y con una curiosidad sin fin. Goethe y su Fausto, deseoso de conocimiento, de sabiduría. Un decepcionado con la ciencia que busca en el amor la felicidad. ¡Conocimiento total! ¡Como si eso fuera posible! Y ahí el diablo. Presente. Siempre acechando a los insatisfechos, a los que siempre “quieren más”, dispuesto a comprar su alma y convertirlos en sus esclavos.

Y Frankesntein nació de la pluma de una mujer; una jovencísima Mery Shelly que nos legó unos de los personajes de ficción del que más interpretaciones se han hecho. Literarias, cinematográficas, en cómics, en filosofía. ¿Qué ansia corroía al doctor Victor Frankenstein, para llevarlo a desafiar a Dios? ¿Vida de la muerte? Lo consiguió. Eso sí, con la ayuda de la ciencia (no por la magia de los milagros como le ocurriera a Lázaro o a Jesús). Su bravuconería debía ser castigada y “el hijo” se volvió contra “el padre”. “¿Quién te crees que eres, Victor?”.

Y nos queda otro insatisfecho. ¿Por qué Dorian Grey no se contenta con nada? ¿Por qué todo es para él insuficiente? Ni lujuria, ni poder, ni dinero logran aplacar su sed. Sed… ¿de qué? La eterna juventud que ve como todo y todos a su alrededor se desmoronan y Dorian… en pie. Cada vez más bello mientras su imagen se denigra hasta lo imposible en ese cuadro en el desván. Óscar Wilde solo escribió una novela; esta. ¡Qué personaje nos dejó! Tan encantador como una serpiente. Nos muestra la lucha interior de su autor siempre sostuvo entre la luz y la oscuridad. El bien y el mal.

Y en España Zorrilla no crea, sino más bien “se recrea” con la figura de don Juan (que Tirso de Molina nos regaló allá por el siglo XVII) y lo populariza hasta convertir esta obra en la más representada del teatro español. Don Juan Tenorio; ese burlador irreverente, insolente y desafiante; orgulloso de sus fechorías y dispuesto a enfrentarse con Dios con su “¡Cuán largo me lo fiáis!”

Dios y el demonio están profundamente presentes en estas obras. Y en la vida de sus autores, por supuesto. Los cuatro personajes desafían a Dios. Los cuatro pecan. La insatisfacción es su cruz. ¡Quiero más! Y son castigados severamente. No hay perdón posible. Pero uno se salva. El amor de una mujer logra salvar a don Juan al filo del abismo. Quizá es este quien anuncia el fin del Romanticismo; sin castigo no hay pasión y sin pasión se acabó este movimiento.

Fausto, ¿cómo osas querer poseer la total sabiduría?

Victor, ¿pretendes convertirte en creador de vida?

Dorián, ¿qué te hace pensar que podrás librarte del destructor paso del tiempo?

Juan, ¿estás seguro de que alguna deuda puede quedarse sin pagar?


AUTORA: Victoria Monera

jueves, 30 de abril de 2015

Seré


Con tan solo saber que me miras, se me eriza la piel, se activan las alarmas, mi cuerpo se prepara para buscar tu mirada.

Al encontrarnos entender, sin palabras todo lo que callamos tiempo atrás, escucharás mis gritos desde mi silencio perpetuo, al fin sabrás lo que tanto tiempo escondí.

Te escondí poesías que mi alma recita cada vez que te recuerda, callé por todo el miedo que me provocabas.

Ahora las tornas cambiaron, ya no soy la que bajaba la mirada cuando sonreías, suspirando porque no me hayas visto, ahora dejaré que mis impulsos afloren y no dejaré que quedes en la ignorancia de todo lo que te guardo.

Seré tu rival en un cruce de miradas, seré la serpiente que no parpadeará, no seré yo la que sienta miedo, temerás la profundidad en mis ojos y seré yo la que te haga temblar por no saber qué pienso.

AUTORA: Sara Suárez Palencia

lunes, 20 de abril de 2015

Resistencia


Todos los de mi generación (o sea, los ahora cincuentones, por muy mal que nos suene) hemos tenido una relación….cómo decirlo…de odio-amor, de cierta antipatía, de resistencia, con el ordenador. Yo tuve mi primer encuentro con él cuando tenía treinta años y dos hijos. Del mamotreto inicial fui conociendo diferentes modelos hasta llegar al portátil que uso hoy (heredado de mi marido, o sea, último modelo no es). Recuerdo mis primeras frases. Frases de resistencia expresada en voz alta y clara. “Pues si he estudiado una carrera sin ordenador, bien podré seguir así otros años. La técnica acabará con las letras, con el papel y la tinta. Que no, que no, que yo no lo necesito”

Esa fue mi resistencia inicial. Inútil. Pasaron los años y esas frases (que había dicho con absoluto convencimiento) empezaron a sonarme estúpidas. “Qué bien esto de escribir y poder corregir, guardar, copiar y pegar. Fíjate, hasta puedo saber las pelis del cine, con su argumento y todo. Artículos de cualquier tema aquí, a mano. Coger el diccionario para consultar un significado… una pérdida de tiempo”.

Con el teléfono móvil más o menos lo mismo. Resistencia inicial y adoración final (igual que a la cerveza). Creo que incluso más amor que los jóvenes porque ellos no saben lo que es ir a una biblioteca, sacar un libro, señalar las páginas, ir a una fotocopiadora, pagar, devolver el libro y, ¡por fin!, poder leer un artículo. O pasar horas esperando a tu novio porque no podía avisarte de que el tren llegaba con retraso. 

He aprendido a apreciar lo que la técnica me ofrece. Con mucho trabajo, eso sí, porque mi habilidad es casi nula. Me he esforzado. Pero he aprendido dos cosas. Una, que nadie sabe casi nada de este muevo mundo que tan pronto cambia y avanza. Dos, que todo es cuestión de sentarte y teclear; al final (y muchas veces por casualidad) encuentras lo que buscas.

¿Cómo pudimos quedar con nuestros amigos, viajar al extranjero, estudiar en la universidad sin Internet o sin móvil? Un misterio, sí señor, todo un misterio.



AUTORA. Victoria Monera.

martes, 24 de marzo de 2015

Un bocadillo de jamón

"BODEGÓN" Carmen Calvo
Ingredientes. Pan, jamón, tomate madurito (opcional) y aceite de oliva.

Preparación. Abrir el pan, echar un poco de aceite, restregar (acabo de buscar el verbo “restregar” y sí, es correcto) medio tomate, poner el jamón y servir.

Dificultad. Ninguna.


Tras leer lo anterior, ¿me puede alguien explicar por qué es tan difícil comer un buen bocadillo de jamón? O de queso, que también es una odisea.

A ver. Valencia. Ciudad de las Artes y las Ciencias. Uno de sus edificios. El Palacio de la ópera Reina Sofía. “Lo más” de esa ciudad. Tres horas de ópera con un intermedio de veinte minutos a las nueve y media. Público hambriento de bocadillo y necesitado de baño. Salimos a tropel. Mi marido tiene una envergadura que impone y logra salir de los primeros, situarse delante de una de las dos minibarritas (instaladas de manera algo ruin, a mi modo de ver) donde puedes elegir de un “extenso” surtido que consiste en “vino, cava, cerveza o agua” y “mix japonés, bocadillo de jamón o de tortilla”. Vale, no hay que pensar mucho. Dos copas de vino tinto y dos bocadillos de jamón. Los precios… ni os digo lo que nos gastamos porque me da vergüenza. Vale. Un día es un día. Al fin y al cabo tampoco vamos a la ópera todas las semanas (ni todos los meses).

¿Copas de vino? Que no. Que copas no. Un vaso de esos planos que se han puesto de moda. ¿Para el vino? Sí, para el vino. Y… a mí que no me digan, pero es que no sabe igual, es que pierde parte del sabor. La estética está muy relacionada con la comida en nuestra sociedad; una sociedad de “excesos y sobras”, en la que “comer” ha pasado de ser una necesidad a una afición. Y un vino en un vaso… pues no.

¿Bocadillo de jamón? Una “pulguita” con un testimonio de jamón dentro. Aceite y tomate… ¡por favor! ¡Esos lujos no!

A nuestro alrededor vimos a varias personas que sacaban (algunos sin ningún disimulo) unas empanadillas de sus bolsos. Antes me habría atrevido a criticarlos. ¡Desde luego, llevarse comida a la ópera, qué vulgar! En ese momento me dieron envidia. Y si vuelvo, me plantearé seriamente imitarlos.

Estamos en el país del vino y del jamón. Preparar un bocata con un pan crujiente, un buen tomate y un sabroso jamón… ¡no es tan difícil, cojones!

A lo mejor si le pusieran un poco de amor…


AUTORA: Victoria Monera.

lunes, 23 de febrero de 2015

El mejor piropo

Título del dibujo "BRINDIS" de Carmen Calvo

Hay piropos que nos llegan al alma. Que nos emocionan. Aunque no nos lo digan a nosotros.

Hace pocos días fui con mi marido a un concierto aquí, en Denia. Unos estudiantes de música que han formado un grupo. Uno de ellos un exalumno de mi marido.


Durante la pausa, una señora se acercó a nosotros:

-Hola. Disculpa, ¿tú eras profesor de mi hijo Edu?

-Sí. Fui su profesor.

-Pues te he reconocido y simplemente quiero darte las gracias porque, gracias a ti, a mi hijo le ha llegado a gustar la historia. Después de años de escuela e instituto repitiéndole que era una asignatura interesante, que era importante… Nada. Ni caso. Siempre la odió hasta que te tuvo de profesor. ¡Qué cambio! Muchísimas gracias.

-Gracias a ti por decírmelo.


La conversación fue breve y, aparentemente, sin importancia.

Cuando salimos y ya de vuelta a casa le dije a marido: “Creo que esa señora te ha echado el mayor piropo que se le puede hacer a un profesor. Me ha emocionado. De verdad que debes sentirte orgulloso. Te envidio”.


Y es verdad.


AUTORA: Victoria Monera.

martes, 27 de enero de 2015

Los tintes y las croquetas

Dibujo de Carmen Calvo " Mujer 8"

Hace ya unos años que me veo obligada a usar tintes, para el pelo, claro, tratando así de aminorar en lo posible el paso del tiempo. O al menos que no sea tan evidente ante los ojos ajenos y los míos. 

Bueno… a lo largo del tiempo he probado diferentes colores y marcas. Cuando te lo ponen en la peluquería…un alivio, porque generalmente la afable peluquera (y dicharachera, todas las peluqueras del mundo son parlanchinas, por naturaleza; cuando una persona habla mucho y está en el momento crucial de si vida de elegir oficio, siempre pienso: “Con lo que habla, sería una peluquera perfecta”) Te ayuda a elegir o lo hace ella, sin más, por ti. ¡Cuánto agradezco ese gesto! 

Pero la cosa cambia cuando tienes que comprarlo tú. Vas a la perfumería y te enfrentas a una espléndida estantería repleta de atractivas cajitas. Muchas marcas. Muchos colores. Chicas guapísimas en todas ellas. Melenas lisas o rizadas, siempre preciosas. A ver. Primer escollo. ¿Coloración permanente? ¿Con o sin amoniaco? ¿Para las canas? Vale, el último. Que tape las canas y que las tape bien. Segundo escollo. Los tonos. ¡Los tonos! Qué vocabulario más espléndido e imaginativo se desarrolla en este punto. Los que no quieres están claros. Negro azabache. No. Rubio platino. Venga ya. ¿Escandinavo? Nada, nada. ¿Rojo fuego? Excesivo. Después viene el dilema. ¿Castaño claro o rubio oscuro? ¿Caoba? ¿Cobrizo rojizo? ¿Con un toque de chocolate? ¿Con leche, sin leche, puro?

Yo he pasado gran parte de mi tiempo delante de estos estantes, leyendo y releyendo con absoluta concentración y tratando de encontrar ese color ideal, radiante. Y después de todo he llegado a una conclusión. Da igual. Lo que cambia es la caja. Dentro siempre hay lo mismo. Si eres valiente y te decides por el “rubio claro ceniza”, o más tradicional y te quedas con el “castaño natural”, o si quieres innovar con el “rubio dorado”, o venga, seamos lanzadas por una vez, el “madrás” o el “kenia” (suena a exótico, ¿no?). Bien… al final tienes siempre castaño, sin más. Quizá si miras con mucha atención y te pones a contraluz puedas llegar a vislumbrar un pequeño matiz, seguramente el que el producto anunciaba. Seamos justos.

Esas horas que una tarda en tomar tamaña decisión son una lucha perdida. Los tintes y las croquetas. Porque digan lo que digan con las croquetas pasa exactamente igual. Cambian el envase, pero el contenido… Yo, cuando presento una sabrosas croquetas en la mesa, siempre guardo la caja hasta el final, porque cuando alguien me pregunta (después de haberlas probado, claro) eso de “¿de qué son?” necesito echar un vistazo rápido al nombre. Si no… solo por el sabor… es imposible adivinarlo. Podéis hacer la prueba.

Ir a la peluquería a que te pongan el tono es una sabia decisión. No comer croquetas congeladas…también.


AUTORA: Victoria Monera.

miércoles, 14 de enero de 2015

Mi gran viaje..., a Shangri La



La línea de transportes número diecisiete es la única que llega tan lejos. El distrito donde vivo está a quince kilómetros del centro de la ciudad y es la manera más factible y barata que me puedo permitir en estos momentos. No me importa pasar por las innumerables paradas que debe realizar antes de salir del núcleo urbano: antes de enfilar hacia la costa, pero las situaciones que tengo que vivir cada día, en su particular recorrido, hacen que ese viejo autobús me imponga tanto respeto utilizarlo.

Nunca me hubiera imaginado decir esto, pero pienso que es un micromundo en el que viven los mismos usuarios, una y otra vez, cincuenta minutos, dos veces al día, como transitar un espacio extraterrenal donde nada es común ni previsible. Un agujero de gusano hacia un particular Shangri La.

Llevo un año utilizándolo, desde que empecé a trabajar en el periódico más insignificante de Durango; desde que perdí mi trabajo en la Televisión Nacional. La hora y cuarenta minutos más extrañas de mis últimos trescientos sesenta y cinco días.

Al principio me daba apuro que todos me reconocieran al subir en él: tras perder el trabajo donde mi labor se realizaba cara al público, he tenido que volver a la casa familiar, no podía mantener una casa de tres plantas con mi sueldo actual; el de un articulista de personas desaparecidas. Pero, después de una semana dando explicaciones sobre mi despido, te acostumbras. Aunque pensándolo bien, no fue una semana tan mala comparado con lo que llegó después.

Ya conozco sus trabajos, sus amores y desamores, sus anhelos, virtudes, temores… incluso las deudas que tienen todos y cada uno de los que me acompañan en ese obligatorio tránsito diario. Y eso me ha hecho una persona más observadora y reflexiva. Tengo que reconocerlo, antes no sabía escuchar. El éxito se vive en una burbuja tan exclusiva, que las personas a tu alrededor casi se vuelven invisibles e, irónicamente, insignificantes.

Tras dejarles aclarado que mi despido no tuvo nada que ver con que le pusiera los cuernos a la presentadora estrella de la cadena con su becaria adjunta, como tan bien se encargó de promulgar ella, casi todos se replantearon mi afamado carácter, huraño y déspota, con el que he tenido que cargar después de dejar mi sección de noticias internacionales.

Y digo casi todos, porque el señor de la cazadora azul y  barba de tres días que siempre sube en la parada número nueve; la de la Avenida Normandía, no ha dejado aun de mirarme con esa especie de turbadora e inquisitiva manera de excrudiñarme, con la que me obsequiaron todos aquella primera semana. Pero incluso permaneciendo tan ajeno a los demás, me cae bien. Es el último que sube siempre para completar esta singular tripulación antes de adentrarnos en lo que yo llamo ¡el gran viaje!

Sí, el gran viaje. Un viaje de sentimientos, sinrazones y descubrimientos, que ya comparo a uno de esos éxodos interestelares tan manidos por las multinacionales cinematográficas.

Después de dejar aclarada mi presente situación, intenté abstraerme de sus vanas conversaciones leyendo a Dickens, apartado en la última fila del autobús. Pero fue imposible. Un error, que no me perdonaré nunca.

Pero como eludir esas intensas conversaciones con la mirada: con esa chica que viaja enfrente de tí, a la que ni siquiera conoces. 

Cuando el pequeño Oliver Twist era iniciado en el hurto al prójimo, las historias que no me dejaban concentrarme comenzaron a hacer mella en mi ermitaño retiro de la última fila. Como abstraerme de la situación de desahucio que estaba viviendo Dª. Margarita, la entrañable anciana que baja en mi misma parada, o los amagos de depresión que sufre Rita, la empleada de hogar que se enfunda sus gafas negras y sus auriculares, regalándonos una sesión completa de las más ñoñas baladas de amor a las que no puedes eludir oír, incluso desde la última fila. La respiración intensamente asfixiante, acompañada de una explosiva tos, de León el mecánico que trabaja en la empresa de transportes, quién ha resuelto las innumerables averías de esa vieja bañera que nos traslada hasta el distrito veintitrés. Incluso los apagados lloros de Rubén, el chofer, que está amonestado por la compañía por faltar al trabajo cuando su pequeño de tres años tiene uno de sus accesos febriles tan frecuente en él. Es imposible.

Todos y cada uno de los catorce pasajeros de la línea diecisiete, tienen una historia parecida a la mía, y en el año transcurrido, he conocido y padecido cada una de ellas. Ahora es cuando comienzo a conocer a las personas: interesantes como Marcelo, que intenta abrir un refugio para los más pobres del barrio; los que ni siquiera se pueden permitir pagar este autobús para ir al colegio, o las anodinas como la del eremita y reticente de la cazadora azul, que sólo habla, bueno, llama por el móvil, a su ex mujer, pretendiendo que ninguno le oigamos, para intentar volver con ella.

Y es por eso que me impone tanto subir cada día a éste autobús. Porque tras trescientos sesenta y cinco día, les he cogido cariño. Un cariño que antes ni siquiera hubiera estimado: ni hacia la becaria que anhelaba mi puesto y se inventó un affaire para largarme.

Será la línea de transportes que llega más lejos, pero también es la nave nodriza que nos aísla de la rutinaria y bulliciosa ciudad, dejándonos incluso unos diez últimos minutos, en un apacible silencio, para reflexionar. En los cuales he podido pensar en todo esto, y que creo, a más de uno le puede estar pasando lo mismo en este mismo instante.


Ahora ya veo la costa, queda poco para llegar, pero mañana volveremos a subir a él y comenzará de nuevo ¡mi gran viaje..., a Shangri La!


AUTOR: Sergio Suárez Hernández

lunes, 12 de enero de 2015

Aunque no sea más que una idea


Lo he intentado, he intentado no sumirme en una oleada de pensamientos trágicos, he intentado dar el brazo a torcer cuando no sabía si mi opuesto se lo merecía, he intentado ser aquella persona que vela por la felicidad que no es precisamente la suya, no he dejado de intentar que no me afecten sus acciones pero aún sin perder la esperanza veo muchas ocasiones fallidas.


Solo se que uno no debe dejar escapar las buenas oportunidades, unos dicen que debes luchar por lo que quieres y otros que el amor no es una guerra, unos dicen que lo mejor que puedes hacer por alguien es que su atención se centre en quienes desean y otros que la mayor prueba de amor es dejarlos ir, unos y otros no tienen medios iguales pero su fin es estar en paz con esa persona, aunque unos obtengan lo que quieren y otros no.


Es difícil explicar muchas veces qué sentimos cuando el miedo nos corroe, la debilidad para muchos es inevitable y para pocos una opción, la debilidad nos hace ver muchas cosas, ver personas irse, ver personas acercarse, quien se va es porque no somos capaces de pararla, quien se acerca es porque comprende que la mejor manera de solucionar las cosas no es alejarse.


El amor es una idea, muchos utilizamos diferentes medios para explicar que se siente cuando llega esa idea a nuestra cabeza, algunos hasta no saben como explicarlo pero saben que esta ahí como una corazonada que no sabes por qué pero sabes que pasará. Aunque el amor no sea más que una idea, a muchos nos ha hecho hacer cosas al igual que el odio pero el odio solo existe por la ausencia de amor.


Uno siempre intenta entender que es lo que le pasa, cuando consigue entenderlo empieza a no entender a quien le hizo tener ese sentimiento, cuando intenta entenderlo se frustra por no saber como conseguirlo, cuando consigue saberlo es cuando se da cuenta de muchas cosas, cuando entiende a su opuesto solo quiere que el otro pueda hacer lo mismo, al llegar a esa etapa, los dos experimentan el amor en plenitud y hasta que el entendimiento se acabe, los enamorados serán lo que son.


AUTORA: Sara Suárez

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ese oscuro objeto de deseo



"No sé quién inventó los tacones altos, pero todas las mujeres le debemos mucho."
Marilyn Monroe


Hace poco un par de situaciones tragicómicas me hicieron recordar esa escena de Quién mato a Roger Rabbit (1988), donde Jessica Rabbit canta de manera sensual, Why Don´t you do Right. Según recuerdo, la escena inicia con su voz de fondo y en un movimiento lento deja entrever, tras el telón, su pierna izquierda y sus pantorrillas ataviadas con unos preciosos tacones rojos. 

De esa película me gustó la combinación de personajes reales y animados, de los cuales Jessica Rabbit destaca por su caracterización de femme fatale con un cuerpo exuberante. Se dice que su personaje fue creado a partir de las características principales, de tres actrices famosas de la época de oro del cine estadounidense: Verónica Lake, Lauren Bacall y el símbolo sexual de los 40´s Rita Hayworth.

¿Y porqué recordé a Jessica Rabbit? En realidad fue esa escena con sus tacones rojos y su relación con algunas situaciones tragicómicas donde el papel principal lo protagonizaron mis tacones. Y es que, los tacones para fortuna o desgracia, forman parte de nuestra vida. Son objetos que poseen una fuerte carga erótica, estilizan la figura y nos hacen ver “bellas y elegantes”. Además ¿A qué hombre no le gusta ver a una mujer con tacones? Y la pregunta del millón ¿A qué mujer no le gusta sentirse admirada? El asunto con los tacones, es que gracias a ellos nuestro andar se acentúa, semejando el movimiento de un péndulo, lo cual tiene un efecto visual hipnótico. Si además le asociamos que los tacones “alargan las piernas, resaltan los glúteos y el busto; dando un toque estético, elegante y femenino”. El resultado es una mujer-imán, una mujer que irradia seguridad y sensualidad. 

En estos términos, Jessica Rabbit es la representación de la mujer sensual que todas llevamos por dentro (o queremos llevar). Y los tacones son ese objeto de deseo de hombres y mujeres. Más que un objeto banal, los tacones son en realidad un símbolo del poder sexual de la mujer.

Sin embargo no todo es así de bello y elegante; la otra cara de usar tacones, la muestra Rosario Castellanos en su libro Mujer que sabe latín (1972):

… “La mujer bella se extiende en un sofá, exhibiendo uno de los atributos de su belleza, los pequeños pies, a la admiración masculina, exponiéndolos a su deseo. Están calzados por un zapato que algún fulminante dictador de la moda ha decretado como expresión de la elegancia y que posee todas las características con las que se define un instrumento de tortura…”

Mucho se ha escrito sobre el efecto negativo de usar tacones en la salud de la mujer y el costo que conlleva. A pesar de ello, esa sensación de poder que otorga el saberse sensual y femenina suele ser más fuerte. Quizá es por esa misma razón que Marilyn Monroe acostumbraba visitar a un zapatero para que cortara un centímetro de uno de sus tacones y así, lograba obtener un movimiento más acentuado de sus caderas. Marilyn disfrutaba usar tacones y representar la imagen de mujer sensual, al grado de ser esclava de esa misma imagen y que, irónicamente, aun después de su muerte sigue viva.

Pero ¿Qué pasa cuando usar tacones deja de ser un acto sensual y se convierte en un episodio del programa de comedia de las tardes o en la pesadilla en la calle del infierno? La mayoría de las mujeres tenemos en nuestro historial anécdotas relacionadas con los tacones, en lo personal no soy la excepción. Además, también he hecho todo lo posible por sacar la Jessica Rabbit en mí. Sin embargo, andar en tacones no es precisamente mi estilo, así que he sido protagonista no de escenas sensuales, sino de escenas dolorosas y cómicas. 

Una de ellas ocurrió una mañana soleada, bastante aburrida. Traía mis tacones favoritos, con la altura justa para mi comodidad. Regresaba de la tienda y me dirigía a la oficina, de pronto vi aparecer a lo lejos un tipo guapo. Decidida a hacerle la competencia al pavo real más osado, empecé a contonear las caderas delicadamente y con cierto disimulo. Estaba concentrada en no perder el movimiento sensual de mis caderas, cuando se me va de lado el pie y escucho un ¡crack! cerré los ojos y me preparé mentalmente para continuar mi camino arrastrando el pie, disimulando lo del tacón, pero fue una labor bastante difícil así que opté por arrancar el tacón y seguir al estilo sube y baja el resto del camino. Eso si, esbozando la mejor de mis sonrisas.

Definitivamente querer ser Jessica Rabbit y tener diferentes actividades cotidianas, es siempre un reto. No es nada fácil correr bajo la lluvia, con dos bolsas encima y un par de zapatillas mojadas. Y en más de una ocasión he bajado del auto rumbo a la puerta de mi casa, con los tacones en la mano. Entonces es cuando me pregunto ¿Cómo se vería Jessica Rabbit sin tacones? O mejor aún ¿Es Jessica Rabbit esa femme fatale que aparenta? Quien ha visto la película sabe que tras esa mujer aparentemente frívola, existe una mujer sensible a su entorno, amorosa y delicada. Que se ríe como enana de los chistes de Roger Rabbit.

No soy de las que dicen no a los tacones, aunque tampoco me apuntaría a una carrera de lucha contra el cáncer en tacones, aun cuando se trate de 50 metros. Más bien hice una especie de tregua con ellos: pueden ser ese obscuro objeto del deseo, solo si no superan los diez centímetros de altura.


AUTORA: Karol A.

viernes, 12 de diciembre de 2014

¿Y SI HUBIERA…?


¿Y si hubiera…? Desde aquí os animo (más, os conmino) a que borréis esa estructura de vuestro español.

Reflexioné por primera vez sobre ella hace ya años, al explicársela a mis estudiantes de español para extranjeros. Atención. Yo digo “si hubiera tenido dinero, me habría comprado un coche”. Explicación: “ni tuve dinero ni me compré un coche”. ¡Qué triste!


07.30h. Suena el despertador. En español tenemos ese pluscuamperfecto de subjuntivo que nos permite elaborar una hipótesis pasada imposible. Y… ¿para qué?, ¿para qué nos sirve? Pues para amargarnos la vida al pensar “si hubiera…habría…”

Ya es bastante difícil decidir. Las decisiones nos acosan, nos persiguen sin tregua. Cada minuto de nuestra vida, un dilema.

¿Me levanto ya o me quedo cinco minutos más?
En la ducha.

¿Me echo el suavizante ahora o después el bifásico sin enjuague?
Delante del armario.

¿El jersey verde me hace más delgada que el lila?
Frente al espejo.

Para los labios, ¿rosa pálido o fucsia?
Sentada en la cama.

¿Me pongo ya sandalias o todavía hace fresco?

¡Qué presión! Media hora y ya estoy agotada. Y el día sigue.

¿El yogur desnatado o normal?

Al conserje de mi oficina, ¿lo saludo o no? Ayer fue un poco estúpido. Me mira mucho.

El periódico, ¿nacional o el de la comarca?

¿Cómo patatas con alioli o no?

¿Tarta o fruta de postre?

Y más y más y…

Y entonces llega el “si hubiera…”. Si me hubiera levantado antes habría podido poner la lavadora. Si me hubiera puesto el jersey lila no habría tenido que cambiar de bolso. Si no hubiera comido tarta no me sentiría tan llena.

Arrepentimiento. Y eso es sadismo. Y del duro. Además de tomar la decisión, nuestro cerebro nos obliga a pensar en la otra decisión que no hemos tomado. Maldad.  Crueldad. Tortura.


Así pues, tenemos que intentar borrar de nuestro español ese “si hubiera…”. Al final y al cabo los otros idiomas no lo tienen…. ¡y viven! Intento que cada vez que mi mente empieza por un “si hubiera…” suene un off. Creo que si alguna vez lo consigo, seré más feliz. De verdad.


AUTORA: Victoria Monera Martínez

jueves, 11 de diciembre de 2014

Olvidando mis huellas hacia mi destino



Recuerdo el día que percibí como se comunica mi alma conmigo. ¡Y no habló, ni invocó, ni siquiera susurró! Con la calma de un “glaciar” se fue mostrando, y quebró mi mundo, como cuando la inmensa mole de hielo se arroja al mar para convertirse en un imponente y aventurero iceberg, Ahí, cuando no puedes evitar que te salpique su presencia.



Recuerdo que fue sobrecogedor, y más siendo tan descreído. Nunca me hubiese planteado el hecho de pensar en ello. Jamás antes hubiera reparado en todo lo que a posteriori mi mente me mostró, en una inevitable regresión, enseñándome todas las veces que había intentado infructuosamente hacerme ver su necesidad de contactar.

Recuerdo reconocer que estaba perdido y que, ¡pobre de mí!, la vida había pasado en un suspiro, anodina y conllevada como quien acompaña un féretro unos cientos de metros antes de su sepultura. Así me sentí al descubrir lo sordo y distraído que había vagado por este mundo.

Recuerdo sentir una inmensa pena, que luego convertí en inquisidora rabia. Contradichas sensaciones que más tarde tuve oportunidad de reflexionar con calma, pero que en ese momento surgieron como fuegos de artificio subiendo por mis venas. No creo haber sentido antes nada tan claramente. 

Ahora recuerdo vagar por la playa olvidando mis huellas hacia mi destino. La brisa marina invitaba al paseo, mientras mis pensamientos se dividían entre el reflejo de la luna en las tranquilas aguas y la visión de otros paseantes disfrutar de aquella tarde tan especial. 

Y recuerdo oir el furtivo chapoteo de algo que alguien arrojaba al mar para luego alejarse apresuradamente. La escena no se hubiese diferenciado de otras tantas, a las cuales se acostumbra uno, quiera o no, si no se hubiera producido un movimiento extraño dentro de aquella bolsa que palpitaba convulsa sobre las resacadas olas introduciendola mar adentro.

Recordaría como me introduje en el mar al darme cuenta que algo vivo luchaba por no hundirse, si mi nerviosísmo no hubiera borrado aquellos desesperantes segundos hasta que logré alcanzarla a nado. Sé que no fue fácil asumir la frialdad de aquella persona, al romper apresuradamente el duro plástico. 

No recuerdo haber visto nunca nada tan hermoso. La carita más dulce que he visto en mi vida, luchaba freneticamente por volver a tomar un poco de aire puro, mientras mi alma, sí, mi alma, me mostró el mayor sentimiento de amor que había vivido hasta entonces.

Recuerdo que no dudé al ponerle nombre, Sirena. Ya ella no está conmigo, pero su recuerdo sigue presente en mi, por muchas razones. Fueron diez años de inolvidables momentos, donde, la perrita más agradecida del mundo, me devolvió, con creces, todo el amor que yo le había dado desde el primer segundo que nos mirarnos a los ojos.

Recordaré toda mi vida aquel día de descubrimientos: por mi pasión por los animales desde entonces, y por poder por fin escuchar a quien clamaba desde dentro de mi.

He tenido grandes conversaciones desde aquel día con ella, y ninguna me ha dejado indiferente. Mi alma me intentaba mostrar a los pobres que deambulan por mi ciudad, a los que ni tenía en cuenta, sin percatarme siquiera de su presencia. Ahora ya nada se escapa a mi vista… ni a mis sentimientos.

Han pasado treinta años, los mejores de mi vida, desde aquel extraño día. Y ahora puedo deciros cómo se comunica nuestra alma con nosotros.

Cada vez que percibas algún sentimiento en tu corazón, es ella que intenta comunicarse contigo. 


Y ya sólo puedo añadir...  ¡Siente!… tú, sólo siente.



Sergio Suárez Hernández

viernes, 5 de diciembre de 2014

Reflexión detenida


Y SI…, Y SI NOS DETUVIÉRAMOS A LEVANTAR ESA ENVOLTURA DE PAPEL QUE ESTÁ TIRADA EN NUESTRO CAMINO…
¿NO HABRÍA MENOS BASURA EN NUESTRAS CALLES?

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS A PLATICAR CINCO MINUTOS CON EL ANCIANO DE LA ESQUINA, QUE ESTÁ EN SILLA DE RUEDAS, CALLADO, CABIZBAJO Y SOLITARIO…
¿NO LE DARÍAMOS DE NUEVO UTILIDAD A SU VIDA? ¿CUÁNTAS HISTORIAS NOS CONTARÍA? ¡CUÁNTA EXPERIENCIA Y SABIDURÍA ACUMULADA….,  PERO DESPERDICIADA!

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS A AYUDAR AL CONDUCTOR DE ADELANTE NUESTRO, QUE TIENE PROBLEMAS MECÁNICOS CON SU AUTO Y ESTÁ IMPIDIENDO EL TRÁNSITO LIBRE…, EN VEZ DE SOLO TOCAR INSISTENTEMENTE LA BOCINA…
¿NO PASARÍAMOS MÁS RÁPIDO Y LLEGARÍAMOS A NUESTRO DESTINO MUY SATISFECHOS Y ORGULLOSOS DE NUESTRAS ACCIONES?

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS…, A PENSAR ANTES DE HABLAR, A LLORAR JUNTO AL QUE SUFRE, A REÍR CON EL ALEGRE, A SOÑAR CON EL QUE ESTA LLENO DE ILUSIONES Y AÑORA UN MUNDO MEJOR…

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS EN ESTE MUNDO VERTIGINOSO,
DETENERNOS UN POCO, TAN SOLO UN POCO…, 
EL MUNDO CAMINARÍA MAS LENTO, PERO SERÍA UN MUNDO MEJOR.

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS A MEJORAR NOSOTROS PARA QUE EL MUNDO PUEDA MEJORAR, TAL VEZ MAÑANA LOGREMOS TENER ESE MUNDO MEJOR.

“UN SOLO GRANO DE ARENA
 PUEDE INICIAR UNA GRAN DUNA
Y UNA PEQUEÑA PIEDRA
DIO INICIO LA GRAN PIRÁMIDE


AUTOR: Carlos A. Suárez G.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Qué sucede cuando morimos?




Es como una nube en el cielo, cuando la nube ya no esta, no significa que haya muerto, ella continúa en otras formas, en lluvia, nieve o hielo, así que uno puede reconocerla en sus nuevas formas. Si amas con toda tu vida a una nube hermosa y ya no esta más, no deberías estar triste, tu amad@ nube pudo haberse convertido en lluvia, llamándote; ¡cariño!, ¡cariño!, ¿no me ves en mi nueva forma? y entonces no serás golpead@ por la pena y la desesperación, tu ser amado continúa siempre, y la meditación te ayuda a reconocer su presencia constante en nuevas formas. 


Nuestra naturaleza es sin nacimiento y sin muerte, la naturaleza de la nube también. Una nube no puede morir nunca, una nube puede volverse nieve, granizo, lluvia... para una nube pasar de 'ser' a 'no ser' y eso es verdadero para tu ser amado. Ella no ha muerto, ella continúa en muchas formas nuevas y uno puede mirarla profundamente y reconocerla en uno y alrededor de uno.



AUTORA: Loly González Marrero

jueves, 30 de octubre de 2014

El regreso del astronauta


Parece el mismo pero no lo es. No, el que se marchó hace veinte años. Aquel chico de veintisiete años que era el portador de ilusiones inagotables, persistente defensor de los sueños. El que parecía haber salido de un cuento infantil cualquiera, donde es habitual que los protagonistas sean, cuanto menos, promiscuos entre quimeras y una profunda búsqueda de posibilidades inoportunas a lo establecido.

Parece el mismo, pero es otro. Su rostro ha cambiado, como su mirada, lánguida y perdida a través del cristal que nos separa. Perenne atributo a quien tenía puestas demasiadas esperanzas en que el ser humano es superior, de ello, su supremacía en el planeta tierra. Una superioridad que ahora ha quedado en entredicho.

Lleva casi dos meses encerrado. Ya lo sabía cuando se marchó, cuando le expusieron todos los inconvenientes de ese largo viaje del que ha regresado sin regresar. De ese agotador periplo por otros mundos, sabiendo que al volver se tendría que enfrentar a éste duro examen que, creo, le esta minando. Pero que era factor, sine qua non, el que, como los buzos necesitan un periodo de descompresión al terminar una larga inmersión, él estaba obligado a participar en su propia descompresión emocional.

Veinte años fuera de la tierra, visitando y descubriendo mundos nuevos, donde me hizo entender, a través de la ranura que nos sirve de único punto de contacto, con sus hermosos dibujos, que llegaba empapado de nuevas maneras de hacer vida, de encarar el hábitat, de comunicarse. Ahora debía adaptarse otra vez a su viejo planeta. A entenderse con su prójimo conversando, recordando, explicando, concibiendo, por qué hay mundos donde no hace falta hablar, donde hay cielos de color esmeralda:
donde había visto a los árboles hacer el amor, donde un pez podía transitar su vida entre líquidas superficies desconocidas para terminar comiendo de esos mismos árboles tan cariñosos.

Y por eso, aunque parece el mismo, no es así. Tengo la sensación de que quiere leer mi mente cuando se abstrae absorto mirándome durante esos eternos minutos. Haciendo pausas interminables, donde creo que intenta hurgar en mi cerebro para saber si lo que le pregunto, verdaderamente, es necesario para mí saberlo. Donde veo físicamente al hombre que compartió mi vida hasta su marcha, pero no encuentro a la persona que participó en que nuestras vidas fueran casi perfectas.

Parece el mismo, pero no es ni su sombra. Dentro de dos días volverá a casa, me lo devolverán después de dos décadas de misión. Espero poder hacer que también aterrice su mente. Volver a la tierra para encontrarse el estéril lugar que hemos creado desde su partida, tiene que ser duro de asimilar. Ver, a través de las ventanillas de su módulo de aterrizaje, que sólo quedan capsulas intermitentes de áreas pobladas, esferas dispersas donde nos tenemos que proteger de ese aire envenenado que nos rodea, debe ser un duro golpe para quien fue en busca de la divergencia.

Aún recuerdo el primer día de su regreso, cuando volvieron a encontrase nuestros ojos de nuevo, nada dijo, sólo observó mi rostro, mi expresión de alegría desbordada, para asentir lagrimeando. Donde pude discernir que el personaje protagonista de aquellos cuentos de ficción ya no estaba, que sólo me iban a devolver una carcasa de navegante espacial sin el hombre que dejó éste planeta lleno de vida. Y ahora, soy yo quien tiene que hacer aterrizar al astronauta.



Sergio Suárez Hernández

viernes, 24 de octubre de 2014

Lucía de día, Lucía de noche



LUCÍA DE DÍA

Lucia era una mujer muy devota. Hasta tal punto era su fe en Cristo, que sus vecinos la llamaban “La Blanca Paloma”. Dadivosa con los pobres y con los necesitados, a los que nunca juzgó por sus creencias ni por su parlanchina soez. Costurera de oficio, vestía a los ricos. A los que miró de igual, sin juzgar su vanidad. Sin considerar mal a los reos que caminaron al cadalso, su enorme corazón nunca durmió con falsedad. Esforzada defensora de causas injustas, que por tutelar sarracenos, desafió al patrón.

Entusiasta de la caminata diaria, que ejercía en el paseo marítimo, sus largos paseos culminaban con un rezo arrodillado ante la figura de la virgen marinera que, en su día, llegara como barco de derivado proceder. A ella le pedía siempre comprensión de mente, salvación de espíritu, humildad y sencillez. Esa era su vida tras veintitrés años de luchadora existencia y cumplidor percibir.

La mañana del 14 de febrero de su décimo sexto aniversario, lo vio llegar con varios tomos bajo el brazo, de recio negro, un pelín desfasado y con brillante mirada que conmovió su estrechez. Desde ese momento, su aletargada coexistencia interior, abrió la puerta de olvidada la llave. A partir de entonces, sus paseos vespertinos, tuvieron doble sentido: el rezo diario y verlo de nuevo tal vez.

Llevando sus votos hasta límites insospechados, se sinceró con el párroco que no entendió el por qué de su inmadurez. La edad era justa y era buena mujer. Expresando su agrado a salir del letargo, que con buenos ojos vivió su infancia.


LUCÍA DE NOCHE

Lucia era una ferviente lectora, que hasta sus dieciséis, sólo de religioso leer. Nunca sospechó que al conocer a Rodrigo, las noches urdieran la desazón del opinar. Amante descarnado y de mente profano, en los libros aprendió las artes del querer. Vivía en dos mundos, de entender separados, la noche de pasión y de día la fe.

Despertada al amor y a sus otros encantos, los libros de Rodrigo comenzó a razonar. Hablaban del gozo y de la oscura ciencia, cuestiones que ella comenzaba a asimilar. Ya sus paseos no eran tan largos, con cierta prisa por, en los libros, volver al saber. Incluso al párroco tenía asustado, por cuestionar lo mundano en contra del dogma de féminas ser.

La mañana del 14 de febrero de su vigésimo tercer aniversario, la echaron en falta a la primera misa antes de amanecer. La seductora noche de pasión consumada, empezaba al día quererse desayunar. Escribiendo poemas hasta altas horas, del amor, la pasión y vuelta a la fe. Aún cumpliendo con sus diarios compromisos, las gentes debatían su raro resplandecer. Ya ni el párroco quería escucharla, pues del espiritual camino reconocido, bifurcaba en arroyuelos del nuevo beber.

Por lo que la “Blanca Paloma” llamada Lucia, renombraron sus arropados no entendiendo su nueva vida de placer, que pasaba igual por rezar, ayudar, y coser, a la par de vivir y disfrutar como mujer. Y así Lucia fue recordada desde aquellos días tan puritanos y herméticos, sólo de mostrar fe, que “La Modestita Amante” pintaron en su frontis, ilustrando lo que ellos nunca hubieran podido, ni reconocer.


Lucia de Día, Lucia de Noche: la misma persona, sin doblez, ni reproche.

Sergio Suárez Hernández

miércoles, 22 de octubre de 2014

Pusilánimes Gobiernos





Informes: J25431-S0 y O31557-S-4, leyó en la portada del dossier que sujetaba entre sus manos, antes de preguntar:


— ¿Está todo?

— Sí, señor — informó el agente Michel a su superior.

— ¿Es un plagio?

— Ambos lo son, señor.

— Sea concreto Michel, tengo otros veintisiete informes que resolver hoy, ¿Conclusiones?

— Debería leerlo, señor.

— ¿Conclusiones? — volvió a inquirir, observando indagador sus apáticos ojos azul turquesa.

— Creo que ambos basan su origen en la misma fuente, señor.

— ¿Cree?

— Sin tener más información, anterior a estos periodos, me baso en la falta de datos para no hacer confirmaciones rotundas, señor.

— O sea, ¿Qué usted cree que ambos acontecimientos podrían haber bullido en un caldo más antiguo?

— No lo sé, señor, conjeturo por falta de datos.

— Hágame un resumen.

El agente especial Michel Sonora, acomodándose en la penosa silla que quedaba enfrentada a la mesa del jefe supremo de su departamento, en la que no recordaba haber permanecido más de dos minutos en sus anteriores reuniones, carraspeó antes de comenzar.

— Tanto una como otra leyenda, que así las llamaré si me lo permite.

— Al grano, Michel.

— Tienen enormes similitudes y pequeños deslices, estos últimos, no por menores, dejan de mostrar grandes socavones en el argumento general. Bien, la diferencia de años, cuatro mil quinientos para ser exactos, otorgan al segundo y más cercano a nuestra época, mayor grado de implicación en la reproducción de dicha tesis, aún con la falta de pruebas que comentaba antes, ya tan sólo por su posterioridad.

«En el caso del primero, la leyenda del faraón Osiris, reseña, casi punto por punto, el mismo patrón que la leyenda de Jesús de Nazaret y el cristianismo. Incluso fallan en las mismas e importantísimas referencias iniciales en cada historia, “los hijos”. El Dios Faraón de los egipcios: engendró dos parejas que se entrelazaron para poder procrear la futura civilización, no obstante y esa es la contradicción o fallo, recrea un pueblo existente ya al que gobernar. En el caso del Dios de los cristianos: una pareja inicial, que inexplicablemente sólo tiene hijos varones, imposibilitando la consecución de la estirpe. En éste último caso, bebiendo de la jarra primigenia de una religión, apelando a la fe, sus discípulos o seguidores son los que asumen o no, esta incongruencia inicial. Otro significativo paralelismo es: el idéntico suceso de asesinato entre hermanos en ambos casos.


«Si nos situamos en la capacidad intelectual de las gentes de dichas épocas, no es de extrañar asumir creencias más antiguas como propias. Un ejemplo, los griegos tenían a Hércules y los cristianos a Sansón. La misma poderosa figura mítica con la que hacer soñar a sus humildes e incultos pueblos.»

— ¿Recomendaciones? — preguntó, poniendo a su subordinado en un verdadero apuro.

— ¿Señor?

— Sí. ¿Qué recomienda en este caso? Asumir dichos informes como válidos y similares, o?…

— No hacer nada, señor. Nada en absoluto.

— Es imposible, éste tema preocupa mucho a la cámara. Hay facciones enfrentadas, y quieren que el gobierno desmienta unas u otras.

— Han pasado dos mil años ya, desde que comenzara esta fábula para niños de otros tiempos, pero desestimarla por falsa o plagiadora, ¿De qué serviría? ¿Qué iba a cambiar? Toda esta información está al alcance de cualquiera, además desde hace mucho tiempo ya, quien quiera hacerse preguntas, que se las haga, y quien no, que siga viviendo ese sueño.

— ¿Y qué le digo al presidente?

— ¿Mi sincera opinión?

— Sí, antes de pasar al siguiente informe, que por cierto, estoy deseando leer. Tengo mucho interés en saber, qué demonios pasó en Roswell, aquel verano de 1947.

Pasmado y tragándose la rezumante incredulidad, a tenor de lo escuchado, que destilaba el gobierno de su país, intentó calmarse para decirle finalmente.

— Yo le preguntaría primero si es creyente.


Sergio Suárez Hernández