viernes, 10 de abril de 2015

Motel


Me crees dormida por que así lo busco
La tele en marcha
La luz del baño encendida
Los vasos sucios y llenos de dedos
La botella de whisky
vacía sobre la mugrienta moqueta 

Como siempre
lo más sincero de ti es el humo de 
tu cigarro envolviendo la almohada

El saber 
una vez más
que mañana adelantarás tu abandono hace 
que me niegue al sueño aguardando el tuyo
Algo así como que el muerto vele al vivo

Sé que a estas alturas la única manera de 
retenerte quizás uno o dos días más
es hacerme invisible a tus oídos 
Que mis palabras no te espanten
Estar sin estar
Estar sin ser

Sé que tu amor por mí no tiene 
nada que ver conmigo
Mi cara te recuerda otra época
otras gentes
Lo sé por que ya no ríes
Lo sé por que ya no lloras
Estás seco

Mi hermana ya no está y aún así te 
aferras a ella a través de mí
de mis piernas
de mis brazos
de mi boca
de mi sexo

Carne envasada preparada para el 
fuego y mañana…
mañana otra comida más 
otra digestión más 
Otra vez Enero y 
su frío.


AUTORA: Cris SS

jueves, 9 de abril de 2015

Mi rutinario Dejavú: comienza el juego


Mi recorrido mañanero hasta el trabajo se ha convertido en un juego. Un pasatiempo. “Mi rutinario Dejavú” lo llamo.



La hora es muy importante. Si me paso diez minutos más en aparcar, los personajes cambian… Y la puntuación no es la misma.

Sobre las 7:10 comienza. Móvil en mano, me interno en las callejuelas del viejo casco de la ciudad. Sus empedradas calles me dirigen a mi primera gran prueba: la iglesia de Santo Tadeo. El sonido de sus somnolientos rezos matutinos, te cubre como el olor a pan recién horneado, incrustándose en tu oído interno: hasta el martillo. Y entre sus feligreses, una bandada de palomas, limpian las escaleras de acceso, y alguna profana incluso el Templo descaradamente. No puedo imaginar a los que viven en los alrededores de esta iglesia que sean ateos.


Todavía resuenan los “Ave María” en el aire, cuando me someto a la calle más monótona y aburrida de mi recorrido. No antes de insertar 100 puntos en mi Blog de Notas. 

Antes, cuando sus aceras eran mínimas, casi para anoréxicos, y los coches podían aparcar, sobre la acera, incluso, había más gente que ahora. Aunque para sortearlos tuvieras que bajar de la minúscula parte libre que quedaba para los transeúntes, el hecho de ser de libre estacionamiento, la inundaba de vida. Ahora, sus enormes orillas la han desertizado. Bueno, lo importante para el juego es el pedigüeño que dormita en la entrada de uno de los garajes anexos. No creo que haya un lugar peor para pedir limosna en toda la ciudad. Por eso que si está y extiende su mano a mi paso, son otros ciento puntitos.

Al doblar la esquina al final de su cuesta, giro hasta llegar a la pequeña, pero coqueta, panadería donde compro mi desayuno. Sólo caben cuatro personas en fila. Mi llegada coincide con la monja de la mala hostia, la rubia del Croissant y el niño de los chicles. Por ese orden, inmutable la fila. ¿Por qué la llamo la monja de la mala hostia? Por sus respuestas “-¿Quiere bolsa? ¡Ves que llevo alguna! Y son sólo las 7:20. No quiero imaginar su carácter cuando llega la noche. La chica del Croissant: obvio. Sólo, seco, pero bien tostado, eso sí. Y luego el mejor de todos: el niño de los chicles. Él no sabe de sabores, su magnífica memoria solo retiene el color y el dibujo de sus envoltorios: el que tiene las bolitas violetas. ¿El de uva?, no sé, el que es plateado por los bordes. Así puede estar, mientras pregunta si aún le sobra dinero, hasta que se lo gasta todo. Y a veces devuelve alguno añadiendo su gran comentario. ¡te equivocaste! A la que añade su cara de infante cabroncete..Esos son otros 300 puntos más para mi marcador. 

Con mi bocadillo de pan integral con pavo, XXL: estoy a dieta pero tengo hambre, voy hacia mi parte favorita: la chica de las sonrisas. Es la calle más estrecha de todas. Coincidimos, casi al unísono, doblando las esquinas opuestas. Es pequeña pero muy guapa, bien vestida: seguro que trabaja en alguno de los numerosos Bufetes de abogados de la zona. Nunca me mira, siempre va con sus ojos hundidos en las baldosas del suelo. Oyendo su Ipac, imagino que algún programa matinal de humor: de ahí sus recurrentes sonrisas. Pienso que al pasar a su lado me sigue con todos sus sentidos, como yo a ella, menos con el de la vista, claro. A ella le doy siempre 200 puntos ¡se los merece!. ¿Y si sus ojos fueran verdes?, cien más.

Pensado en que algún día se dignará mirarme, salgo de esa callejuela para encontrarme con el niño que intenta educar a su enorme perro. Lo maneja como la barita de una mayoret, pero el perro va a su bola: a sus necesidades, vamos. De pie sería el doble de tamaño que el niño (creo que es un Dogo), pero tiene mucho aguante El quiere correr, pero el niño lo retiene y retiene a su paso, emulando a un adiestrador profesional. Creo que estoy en disposición de contarles, dentro de unos años, si lo ha conseguido. 150 puntos más (cincuenta por el crío)

Tras él llega la jauría, como yo les llamo. Un grupo de estudiantes de uniforme que ríen mucho. Sus divagadas conversaciones siempre derivan en los programas estrellas del momento; en este caso “Acapulco Shore! “las chicas este año están más locas que los Gueys, jajaja” ¡sí, sí!, jajaja, “son unas pinches pendejas, jajaja”. La infantil inocencia de su levedad. Pero me hacen sonreír a mí también. Otros 100 puntos por el grupo.

Ya llego, ya veo la puerta verde de mi oficina. Ahora haré recuento. Acerco la llave a la cerradura y… ¿tienes un cigarrito? ¡Dios! Me olvidaba de él. El vagabundo alcohólico que duerme en los bancos de la plaza de este edificio. Vuelvo a sacar la caja de tabaco y le muestro uno. ¡joder, no querrá que encima se lo acerque hasta allí!. Ni se inmuta. ¡que huevos tiene”, pienso, aunque con este frío y lo duro de la madera de ese banco, creo que esas piernas están más dormidas que él mismo. Bueno, 100 puntos más. 

No ha sido mi mejor puntuación, me han fallado el cura y el señor del caniche: los que sólo hablan del tiempo que hace, si no hay partido de Champion por medio, el agente que juguetea con el móvil y lleva gafas de sol a esas tempranas horas, la señora que tira de los niños como si fueran cometas, el "técnico" de limpieza viaria que obliga a marchar al vagabundo para poder regar las palmeras, incluso después de llover, el anciano que "emula" hacer footing llevando ropa de calle, etc...

1.050 puntos, ¡no esta mal! para un martes. Cierro el móvil. Game Over.


AUTOR: Sergio Suárez.

miércoles, 8 de abril de 2015

El verdugo itinerante



Eusebio González Suquia, era verdugo itinerante de la provincia de Segovia, al servicio de su Majestad la Reina de España. 

Acompañado del guarda y del carcelero, custodiaba al reo, Alonso Segura, hasta el patíbulo. El reo era un furtivo; se le habían encontrado dos venados y tres puercos salvajes en su cabaña. El Marqués, el Excelentísimo Don José­-Ignacio Sánchez-Terán, había sido tajante en su sentencia: "Hay que dar un castigo ejemplar a estos desalmados, para acabar de una vez por todas con la delictiva práctica del furtivismo en nuestras tierras". Eusebio estaba totalmente de acuerdo. ¿Por qué no podían buscarse todos aquellos maleantes una ocupación digna y decente, como el mismo había hecho? Eusebio González, recordaba su infancia y juventud con cierta tristeza y melancolía. Había sufrido muchas fatalidades, pero nunca se había desviado del camino recto. 

De pequeño se deleitaba torturando insectos y otros animalejos, cosas de críos, hasta que el padre Fabián le reprendió: "Eso que haces es pecado, pues todas esas criaturas son criaturas de Dios". Eusebio no entendía que mal podía haber en sacarle los ojos a un gato viejo, o arrancar todas las patitas a una hormiguilla, pero por nada del mundo quería ser un pecador, así que a partir de aquel día dejó en paz a las criaturas de Dios. 

Cuando fue mozuelo, fascinado por las heroicas historias que venían del frente carlista, se alistó en la milicia y fue a luchar contra los traidores. No tardó en darse cuenta de que había cometido un grave error: allí pasó más penalidades de las que nunca había sufrido en su mísera vida, echaba de menos las gachas de su madre y la protección de un techo, aunque fuese con goteras, como el de su casa en Maderuelo. 

Las pocas veces que entró en combate había disparado bajo el estruendo de la batalla sin saber muy bien contra qué. En una ocasión libraron un combate cuerpo a cuerpo; tenía tal miedo metido dentro, que, años después, sólo recordaba haber dado golpes a diestro y siniestro con la bayoneta contra todo lo que se le acercaba a más de dos pasos. 

En una ocasión, poco antes de caer enfermo, el Capitán Sánchez le ordenó repasar un campo después de una cruenta batalla. A las orillas del río Arga habían caído más de cien carlistas, desparramados por los campos de la vega. 

La mayoría de ellos heridos, pues las armas de la época raramente conseguían efectos mortales. Eusebio, siguiendo las órdenes del Capitán, agarró su daga y repasó todo el campo. 

Fue entonces cuando descubrió su verdadera vocación. Se acercó al primer cuerpo, parecía muerto, pero para cerciorarse clavó la daga a la altura del corazón; la clavó con fuerza, cogiéndola con ambas manos, sintiendo como el metal buscaba su camino por las partes blandas entre las costillas; acertó de lleno, un caño de líquido rojo brotó del pecho del caído y la pierna izquierda comenzó a temblar con un espasmo. Un agradable cosquilleo le recorrió la espalda. Se dirigió hacia el segundo cuerpo. Se sentía fuerte, ahora él dominaba la situación, no odiaba a aquellos hombres; no los conocía de nada, así que sus golpes no llevaban rabia ni rencor. Le cogió de los pelos girándole la cabeza, el individuo todavía respiraba, abrió un ojo, "¡Piedad! ¡Piedad!" Eusebio clavó su daga en el cuello justo debajo de la nuez, la voz del hombre se quebró con un sonido acuoso, la sangre cayó cálida por el dorso de la mano de Eusebio, el hombre le miraba con unos ojos como platos mientras la vida se le iba por segundos. Eusebio tuvo una erección, no tenía nada que ver con el sexo; era mucho mejor. 

Para su deleite descubrió que la mayoría de los cuerpos todavía conservaban vida. Saltó de uno a otro, algunos los despachaba de prisa, con un golpe preciso en algún punto vital, con otros se entretenía más; les sacaba los ojos, les cortaba las orejas y los dejaba para volver al cabo de un rato para rematarlos. A más de cien hombres ajustició aquella tarde a orillas del Arga; fue una de las tardes más placentera de su vida. 

Poco después cayó enfermo, lo enviaron a casa con unas fiebres terminales, de las que se salvó milagrosamente, quedando como única secuela una leve cojera que se acentuaría con la edad. Cuando vino a visitarlo el padre Fabián, temió recibir una nueva reprimenda, pues estaba seguro que, de alguna forma, el párroco se había enterado de sus acciones en aquella vega del norte. Pero, para su sorpresa, fue todo lo contrario, el padre Fabián le felicitó por su heroica actitud en el frente, donde había demostrado coraje y valor. 

Con los papeles de su buen servicio como soldado de España, se fue a solicitar la vacante para verdugo en la provincia de Segovia. Era una plaza como verdugo itinerante, eso le gustaba, así conocería diferentes cárceles y mazmorras. Así que allí estaba, con cientos de servicios en su haber, camino del patíbulo de Pedraza, para ajusticiar a un villano. 

Mientras lo conducía al garrote vil, el villano, Alonso Segura, caminaba cabizbajo y callado. Sin duda se sentía culpable por su crimen, pensaba Eusebio, sobre él iba a caer el peso de la justicia de los hombres, y, lo que era peor, la justicia divina, porque su camino hacia el infierno estaba ya trazado. Ató al reo en la silla, le vendó los ojos, se situó detrás y acarició el palo, la vida de un hombre volvía a estar en sus manos, sintió un atisbo de erección, como en otras ocasiones, y finalmente giró el garrote hasta romper el cuello del villano. Ya estaba; había matado a otro hombre, pero no se sentía culpable, contaba con el beneplácito de la sociedad, y con el perdón seguro de Dios; podía dormir con la conciencia bien tranquila.


AUTOR: Rafael Ogalla.

martes, 7 de abril de 2015

Entre olor a pastelitos, té y camomila


09:30 horas. En el ala de servidumbre de la Mansión Cydar Cross se estaba terminando de recoger el servicio del desayuno. En el ambiente todavía flotaban olores a mantequilla, tostadas, pastelitos, té y camomila. Se respiraba el ajetreo de las doncellas y los ayudantes de comedor, absortos en retirar delicadas tazas, platos, cubiertos de plata y teteras, cuando la pequeña campanilla de la biblioteca, comenzó a emitir su particular aviso de llamada: y él ya sabía quién le requería.



Treinta y siete segundos después, sus manos enfundadas en unos guantes blancos como lienzos vírgenes, abrieron las enormes puertas de roble de aquel cuidadísimo archivo, repleto de Tratados y Obras Literarias, de más de trescientos años. 

-¿Quería verme? Señorito Dayton-

Parado estoicamente junto al sillón central de leer, dijo -Hola Dobson, sí, tengo un problema. Sé que es absurdo lo que voy a decir, pero no encuentro la pitillera de oro-

-¿La del escudo de su familia? señor- preguntó -debe valer una fortuna, si me permite el comentario. ¿Dónde la vio por última vez?

-Sí, esa misma. Ayer estaba sobre la mesa de mi despacho, junto a la pequeña bandeja de oro blanco: la de las plumas estilográficas del difunto Señor Cross. No quisiera ser agorero pero ya sabes lo que pasó hace tres años con aquella primera edición, y luego tuve que despedir al “joven” Jackson, como le decía mamá cariñosamente, a pesar de sus sesenta y dos años. Sabes que lleva mal mucho tiempo y a veces se le va la cabeza. ¿No queremos que ocurra otra vez?

-Claro que no, señor, nadie querría pasar por una situación igual, de nuevo- respondió, mientras ladeaba la cabeza en una actitud de empatía, antes de mirarle directamente a los ojos y decir -Ahora que lo nombra, señor, y no quiero ser inoportuno: siempre me he preguntado ¿por qué no lo denunció a la policía?, creo que tenía un valor incalculable.

-Ya, bueno, el valor era más sentimental que monetario, pero no quería hacer pasar a mi madre por ese trance, fue su mayordomo durante casi veinticinco años.

-Ya lo sé, señor, comenzamos juntos al servicio de la familia Cross. Me dio mucha pena verle marchar, aunque George a dado la talla, ¿no cree? señor-

-Sí, por supuesto. Y a mí también me sobrecogió la marcha de Jackson, no creas, casi me crió él-

Ambos se escrutaron la mirada durante unos segundos, hasta que el mayordomo se abstrajo para decir.

-¿Qué quiere que haga en esta ocasión, si no se encuentra? Señor-

Su usual sonrisa: esa misma que mostró al despedir al viejo Jackson, inquietante e inexpresiva, se desplegó de forma mecánica, al recordar.

-Por cierto, he encontrado una noticia en una revista especializada acerca de un libro igual al que se “extravió” en aquella ocasión, señor. Se ha subastado, anónimamente, por doscientas treinta mil Libras. Oh, disculpe de nuevo mi atrevimiento, señor, pero me fascinan esos artículos tan bien impresos: la calidad de los detalles. Si no recuerdo mal he creído ver un ejemplar a los pies de la cama de Lady Cross, pero, dispénseme de nuevo, señor, tienen unas fotografías tan ilustrativas y tan bien realizadas. Menos mal que Lord Cross fue previsor y las marco con una tinta especial traída desde la India: de esas que vuelven a la vida al contacto con el ácido de algunos cítricos -

Volviendo a mostrarla al terminar, más amplia y casi imposible de superar que la anterior.

-Perdón, es mi única pasión, señor. Ah, sí, ¿Cómo procedemos esta vez?-

La respuesta de su interlocutor vino acompañado de varias abruptas toses, antes de decir:

-Nada, nada, no hagas nada, creo que ya sé donde la he dejado-

Sin recordar la última vez que esa sonrisa fue espontánea y sincera, preguntó.

-¿Le sirvo algo al señor? . Un Whisky de Malta, creo que aún quedan dos botellas de aquel reserva especial que le gusta tanto, señor-

-No, Dobson, no tomaré nada. Y ahora déjame, tengo trabajo-

-Bien, señor. ¿Le importaría que me ausentara un par de horas?, señor. Debo devolver dicha revista a su dueño, y de paso ayudaré a mi gran amigo Jackson en la Villa de los Patton, me coge de camino. Necesita ayuda, ¿sabe?, está aprendiendo a leer. Después de tantos años. ¿No es increíble?, señor. ¿Quiere que le dé recuerdos suyos?, señor-

-Sí, Dobson, dele recuerdos, y ahora quiero estar sólo-

El viejo mayordomo, añejo como la sabiduría, esperó a estar cerca de la puerta, antes de sujetar nuevamente los relucientes pomos con sus inmaculados guantes, para volverse y decir.

-Si me permite, señor, le diré que tiene usted mala cara, ¿de verdad, no quiere esa copa? Oh, disculpe, señor, es la campanilla del cuarto de Lady Cross, parece que es urgente, subiré rápidamente antes de salir, estoy seguro que es importante, normalmente suena dos veces nada más-.

09:48 horas, el ala de servidumbre de la Mansión Cydar Cross estaba terminando de recoger el servicio del desayuno envuelta en ricos aromas de los mejores manjares, mientras el personal observaba como la campanilla de la habitación de Milady, parecía estar siendo sacudida por un tornado.


AUTOR: Sergio Suárez.

lunes, 6 de abril de 2015

¡La verdad y nada más!


Los primeros recuerdos que han quedado grabados en mi memoria datan a partir de los seis años.

Trato de alcanzar a mis padres. Es una pesadilla, es una utopía y así me convierto en una niña rebelde. Prendo fuego a una fábrica de productos químicos, me siento en una sillita delante de esta y observo como todo se desvanece en la nada, igual que mis sueños.

Lloro la ausencia de mis padres mientras arrugo entre las manos aquel único recuerdo de mi padre, un retrato.

Lo supe hace poco. Más, ni me acongojó ver aquella foto tan arrugada, ni sentí remordimiento alguno por lo sucedido con la fábrica. No recuerdo nada, simplemente quería saber y aquella mujer, mi tía (una bruja, es mala) que se hizo cargo de mí durante los años de ausencia de ellos terminó contándome la clase de niña que era.

Parece ser que esta señora acostumbraba sacarnos, todos los días, al parque.

Siempre bien limpitos, me bañaba la primera, pero yo corría y me metía debajo de los coches aparcados para llenarme de grasa, no quería verme limpia, así que finalmente tuvo que optar por bañarme la última, no solo por mi gamberrada sino porque no fui la única que terminó bajo los vehículos, siendo niños eso le hizo gracia a alguno más que acabó imitándome aunque también obedeciendo cuando se le dijo que eso no se hacía, lo que no fue mi caso.

No recuerdo la vuelta de esos que son mis padres, no tengo ningún recuerdo.

Antes de su partida parece ser que mi padre se puso enfermo, el me habla, con mucho amor, de como yo le cuidaba, de que estaba a su lado, decía ser su enfermera. Esa época debió ser muy hermosa.

A su vuelta si recuerdo, pero según cuentan no desde el principio, ese padre que regresó imagino no era el que esperaba pues con seis años fue tanta mi insistencia de alejarme de ellos e irme a un internado que es ahí donde he vivido mi existencia hasta los trece años. Evidentemente iba a casa de vez en cuando pero nunca o casi nunca fue bonito, tanto es así que cuando ellos salían con el coche pasaba todo el tiempo apoyada en una ventana esperando para ver si a la vuelta tenían un accidente; nunca sucedió.

A los trece años cuando acabé la EGB y ya no podía permanecer más en aquel que había sido mi hogar y tuve que regresar a casa las cosas no fueron fáciles, aunque supongo que en el mutuo silencio todos pusimos de nuestra parte, no hicieron falta las palabras.

No volví sola, cerraron el internado, mis hermanas, también venían a casa, y si alguien piensa que en ellas tendría en quien apoyarme, no hay mayor mentira, no conozco lugar más roto que esa maldita casa. La guerra estaba servida y desde luego quería lo único que siempre he defendido, ¡la verdad y nada más!

Viví tres años en aquel infierno, palizas por doquier. Si, un padre maltratador y una madre consentidora de tales. Quise matarlo, iba a hacerlo, preparé una buena cantidad de pastillas para envenenarlo con el café; no funcionaría, me sentía frustrada, fingí una apendicitis y al menos salí unos días de ese lugar.

A los 16 años me escapé de casa, no una vez, sino varias, me pillaba, así que me llevé unas cuantas palizas. Finalmente lo logré encontré trabajo, no ha sido fácil, he tenido que volver en varias ocasiones, me da igual, he luchado, he ganado, ahora vivo mi vida, él está solo, ella está sola, se tienen mutuamente, pero simplemente se soportan. Mis hermanas y mi hermano están lejos, estamos lejos los unos de los otros, hemos huido todos de todos.

Los que tenemos hijos sabemos que estos no tienen la culpa mis hijos adoran a sus a sus abuelos, a sus primos, a sus tíos, así que por ellos he aprendido simplemente a estar presente.


AUTORA: Albura Gervilla.

miércoles, 1 de abril de 2015

FLOR DE CEREZO


HERMOSA FLOR DEL JARDIN DE LOS CEREZOS
ES TU BELLEZA LA QUE DESLUMBRA MI MIRADA,
SUBIRÉ PARA ALCANZARTE MI BIEN AMADA
HASTA TU RAMA, EN BUSCA DE TUS BESOS.

FLORIDA PRIMAVERA ES LA ESTACIÓN
QUE A TU VIDA VISTE DE HERMOSURA,
ES EN TU ALMA DONDE HOY PERDURA,
PERMANECE COMO UNA BENDICIÓN.

MUCHAS FLORES DE CIERTO EXISTEN
NO LO NIEGO, MUCHAS TAMBIÉN SON BELLAS,
MÁS ESPECIAL ERES TÚ ENTRE TODAS ELLAS,
PUES DE EFIMERA BELLEZA ELLAS SE VISTEN.

POR TU COLOR, FORMAS Y TEXTURA
ENTONAS EL MÁS BELLO CANTO,
A MIS PUPILAS LLENAS DE ENCANTO
Y A MI MENTE LE ROBAS LA CORDURA.

HOY QUE LAS ERAS TODAS HAN PASADO
Y EL RECUERDO DE LA LOZANÍA FUERA,
LA PRIMAVERA EN TI SE HA QUEDADO
Y EN TU ALMA LA JUVENTUD HA PERDURADO.

LA VEREDA QUE ME HA LLEVADO A TUS BESOS
RECORRERLA HE DISFRUTADO PLENAMENTE,
SIGO ENAMORADO DE TU ALMA ETERNAMENTE
MI HERMOSA FLOR DEL JARDIN DE LOS CEREZOS.


AUTOR: Carlos A. Suárez G.